El violín (Pactos y Conjuros nº 1) Capítulo 9 — El intermediario
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Capítulo 9 — El intermediario

Felipe se detuvo a mitad del pasillo. No fue el cansancio lo que lo obligó a hacerlo, sino una sensación distinta, más honda, como si el cuerpo hubiera decidido, por primera vez en semanas, hacerle notar su peso.

—Estoy exhausto —dijo al fin—. No es simple fatiga. Sé que he mejorado… lo sé. Pero no basta. Algo se me va y no vuelve.

El Barón permanecía de pie, con las manos cruzadas a la espalda, observándolo con una atención serena, casi clínica.

—La música le ha respondido —dijo—. Eso no lo discuto.

—Sí —replicó Felipe—, pero a un costo. Siento el cuerpo vacío. La mente… dispersa por momentos. Y aun así, cuando toco, todo se ordena.

Guardó silencio un instante antes de continuar.

—Usted habló de Paganini. De lo que entregó. ¿Lo sabe de verdad… o solo repite historias?

El Barón no pareció sorprendido.

—Lo sé —respondió—. Y no por los libros.

Felipe lo miró con atención renovada.

—¿Entonces…?

—Fui el intermediario.

La frase cayó sin énfasis, sin dramatismo. Precisamente por eso resultó insoportable.

Felipe dio un paso atrás. En ese momento advirtió algo que hasta entonces no había querido ver: la casa estaba en silencio absoluto.

No el silencio habitual de la noche, sino uno distinto, suspendido.

Andrés, sentado junto a la mesa, parecía inmóvil.

Mamá Inés, de pie en la puerta, miraba sin parpadear. Nadie hablaba. Nadie se movía.

—¿Qué pasó? —preguntó Felipe, en voz baja—. ¿Qué les hizo?

El Barón lo observó con paciencia.

—Nada —dijo—. Trate de explicarlo bajo la racionalidad.

Felipe abrió la boca para hacerlo. Pensó en concentración colectiva, en sugestión, en fatiga compartida. Ninguna explicación alcanzó a formarse del todo. Las palabras se le quedaron a medio camino.

Entonces comprendió.

No con miedo, sino con una claridad incómoda.

—Es real —dijo—. Lo sobrenatural.

—Lo es —respondió el Barón—. Pero no como suele imaginarse.

Felipe respiró hondo, intentando recuperar el terreno conocido.

—Pero eso contradice todo —dijo—. Según las leyes naturales, a menor vitalidad, menor capacidad ejecutiva. El cuerpo se agota, la mente se resiente. Nada puede mejorar cuando la energía se pierde.

El Barón inclinó levemente la cabeza.

—En el mundo natural, eso es cierto. El desgaste conduce al deterioro. La habilidad se marchita cuando la fuerza se extingue.

Dio unos pasos lentos por la sala, como quien mide un espacio que conoce de memoria.

—Pero lo que usted ha comenzado a rozar no se rige por esas leyes. Aquí, la vitalidad no se pierde en vano: se transfiere. Lo que el cuerpo entrega, la habilidad lo absorbe. Lo que la mente cede, la ejecución lo gana.

Felipe sintió un nudo seco en el estómago.

—Por eso tantos genios terminan extraviados —continuó el Barón—. No porque el talento los enloquezca, sino porque el intercambio no se detiene. La música crece. El arte se afina. Y el hombre que lo sostiene… se vacía.

Guardó silencio un instante.

—La locura no es el origen —añadió—. Es el saldo.

Felipe apoyó una mano en la mesa.

—Paganini… —murmuró—. Entonces no supo lo que entregaba.

—No del todo —respondió el Barón—. Supo que ganaba algo. No comprendió cuánto perdía. La vitalidad se fue apagando con los años. La cordura, después.

Felipe levantó la vista.

—Pero yo sí lo sé.

El Barón lo miró con atención nueva.

—Eso cree.

Felipe avanzó un paso.

—Usted intermedió por él. Puede hacerlo de nuevo.

El Barón negó despacio.

—Puedo advertirlo. Puedo retrasarlo. Pero no decidir por usted.

—Dígame cómo lo consiguió —insistió Felipe—. No hablo de supersticiones. Hablo de lo que usted hace.

—Conozco ciertas artes —respondió el Barón—. Prácticas antiguas. No buscan explicar lo inexplicable, sino operar allí donde la razón ya no alcanza.

Felipe cerró los ojos un instante.

—Hágalo por mí —dijo—. Intermedie. Como lo hizo con él.

El Barón guardó silencio largo. Luego habló con una firmeza inesperada.

—Le daré un mes para pensarlo. Un mes sin asomarse a más umbrales.

Felipe asintió.

—Pasado ese tiempo —continuó el Barón—, si su decisión sigue siendo la misma, me encontrará en Cahuachi. Allí procedemos.

Felipe sintió que algo se cerraba a su alrededor, no como una trampa, sino como una puerta que solo se abre en una dirección.

—Entiendo —dijo.

—No —corrigió el Barón—. Aún no.

Cuando el Barón se marchó, el silencio se disipó. Andrés se movió, Mamá Inés respiró hondo, la casa volvió a ser casa.

Felipe se quedó solo, de pie, con la certeza —ya imposible de negar— de que la música que buscaba no pedía talento ni estudio.

Pedía vida.