El viento del Laird (Las Hermanas Macleod 3)
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PRÓLOGO
La feria de Cairnmor se levantaba una vez al año en la campa que separaba tres valles, cuando las cosechas estaban dentro y antes de que el frío cerrara los caminos, y a ella bajaban tratantes, pastores y lairds de medio norte a comprar, vender y mentir sobre el ganado con la misma devoción con que otros rezaban.
Olía a humo de turba, a cuero engrasado, a estiércol y a la sidra agria que despachaban en pellejos junto al cercado grande.
Había vacas de cuernos largos, ovejas de cara negra, gallinas en jaulas de mimbre y, al fondo, donde la campa se alzaba un poco y el viento llegaba limpio del mar, los caballos.
Isla MacLeod bajó del suyo de un salto, antes de que el mozo terminara siquiera de sujetar las riendas, y respiró aquel desorden como quien vuelve a casa.
Había cumplido veinte inviernos aquella primavera, era la pequeña de las tres hijas del laird de Dun Ailean, y desde que un mes atrás había visto a Fiona marcharse del brazo de Lachlan MacThane camino de Ironhold, el castillo de su padre se le había quedado tan grande y callado que cualquier excusa para salir le parecía un regalo de los santos.
La compra de sementales para la cría del clan era una excusa excelente, y, además, no había en treinta leguas a la redonda nadie que entendiera de caballos como ella.
—Mirad sin tocar la bolsa, milady —le había advertido Boyce, el más viejo de los cuatro hombres que su padre había mandado con ella—. El laird dijo dos sementales jóvenes y nada de caprichos.
—El laird dijo que decidieras tú, Boyce, porque sabes de cuentas, y que decidiera yo, porque entiendo de caballos. —Isla le palmeó el hombro sin dejar de mirar al frente—. Tú reza para que no nos crucemos. Yo iré a trabajar.
Y se fue a trabajar.
Recorrió los cercados como paseaba siempre los establos al alba: deprisa, en diagonal, parándose donde nadie se paraba y pasando de largo donde los tratantes querían que mirase.
A un bayo de buena estampa lo descartó en tres pasos, porque cargaba el peso en los cuartos delanteros y a los dos años estaría cojo.
A una potra que todos rodeaban la dejó atrás sin pena, porque tenía el ojo demasiado blanco y el corazón demasiado caliente para una yegua de cría.
Pasó la mano por el cuello de un castaño que coceaba a cuanto se le acercaba, le dijo dos palabras que nadie oyó, y el castaño aflojó los cuartos y le buscó la palma con el belfo como un perro grande.
El tratante que lo vendía abrió la boca para subir el precio. Isla ya se había marchado.
Fue así, paseando, como llegó a la parte alta de la campa, donde un solo hombre tenía apartados sus animales del barullo general, en un cercado limpio, con paja seca y un mozo por cada tres cabezas, y allí Isla MacLeod clavó los pies en la hierba.
Eran los mejores caballos que había visto en su vida.
Lo supo de un vistazo, como reconocía siempre lo que importaba: por la línea del lomo, por cómo apoyaban, por esa quietud alerta que solo tienen los animales bien criados y mejor tratados.
No eran muchos. No hacía falta que lo fueran.
Cada uno de ellos valía por seis de los de abajo.
Isla se acercó a la valla despacio, por primera vez en toda la mañana, y se olvidó del precio, de Boyce y del mundo.
No se dio cuenta de que, desde el otro lado del cercado, un hombre llevaba un buen rato mirándola a ella.
Grant MacRhane había bajado a Cairnmor a vender, no a entretenerse, y llevaba la mañana entera despachando a compradores con la paciencia seca de quien preferiría estar en sus establos.
Era laird de los MacRhane desde nueve años atrás y viudo desde dos atrás, y a las dos cosas se había hecho a la idea con el mismo silencio.
Criaba los mejores caballos de Escocia y lo sabía, y por eso no necesitaba alabarlos: dejaba que hablaran ellos.
Era alto, ancho de hombros, de melena cobriza recogida a medias y barba corta, y tenía esa manera de estar quieto que hace que la gente baje la voz a su alrededor sin saber por qué.
A la muchacha la había visto cruzar la campa de lejos, y al principio se había fijado en ella como quien mira a una mujer hermosa en una feria, que es decir poco y olvidar pronto.
Pero no había podido apartar los ojos, y cuanto más la observaba, menos le encajaba.
No andaba como una dama venida a comprar adornos.
Caminaba como un tratante viejo dentro del cuerpo de una muchacha de veinte años: descartando, eligiendo, sin perder un segundo en lo que no servía.
Había visto cómo calmaba al castaño que llevaba toda la feria intentando partirle la crisma a alguien, y lo había hecho sin esfuerzo, casi sin mirarlo, como quien aparta una rama del camino, y, aunque se dijo que era cosa del viento de mar, el aire parecía moverse alrededor de ella de una manera que no se movía alrededor de nadie más; un mechón de aquel cabello entre rubio y cobre se le levantaba a destiempo, contra la brisa, en una dirección que no tenía sentido.
Grant MacRhane no creía en cosas sin sentido. Pero tampoco las ignoraba. Las archivaba.
Cuando la muchacha se detuvo ante su cercado y clavó la vista en sus animales con la cara de quien por fin encuentra algo que merece la pena, Grant dejó al mozo con la palabra en la boca y cruzó hacia ella.
—¿Deseáis adquirir alguno de mis ejemplares, milady ?
Isla volvió la cabeza, y fue entonces, por primera vez, cara a cara, cuando se miraron.
Él tenía los ojos de color avellana, serios, y una manera de sostener la mirada que no era descaro ni cortejo, sino atención pura, como si estuviera tomando medidas.
Isla, que llevaba toda la vida deshaciéndose de la atención de los hombres con una broma, se encontró sin broma a mano.
Así que recurrió a lo otro que sabía hacer: sonrió.
—Estaba decidiendo si me los merezco. Son buenos. Muy buenos.
—Lo son.
—No lo decís con orgullo.
—El orgullo se lo dejo a quien carece de caballos así. —Grant inclinó apenas la cabeza—. Yo solo los tengo.
A Isla aquello le gustó más de lo que dejó ver, que no fue nada.
Siguió recorriendo el cercado con los ojos hasta que, en un aparte, junto al abrevadero, descubrió a un animal que no estaba con los demás: un semental tordo, magnífico de cabeza y de pecho, atado solo, con una venda limpia en la cuartilla de la mano izquierda.
—¿Ese también es vuestro? —preguntó.
—Lo es.
—¿Y por qué lo tenéis en venta, y aparte, como si os avergonzara?
Grant tardó un instante en contestar.
—Sufrió un accidente en una pata el invierno pasado. Quedó algo corto de ese lado. Ya no me sirve. —Lo dijo sin dramatismo, como quien recita una pérdida ya asumida—. Un caballo de cría debe poder cubrir a una yegua sin claudicar. Ese ya no puede sostener su propio peso como es debido.
Isla fijó los ojos en él, desvió la atención hacia el tordo, regresó a él y se echó a reír.
No fue una risita de dama. Fue una carcajada franca, de las que vuelven la cabeza de medio mercado, y el viento, en ese mismo instante, levantó una ráfaga repentina que hizo restallar las lonas de los puestos de abajo y arrancó el sombrero a un tratante tres cercados más allá.
—¿Queréis decir —preguntó Isla, cuando pudo— que, si vos os quedáis cojo de una pierna, ya no servís para engendrar hijos?
Grant MacRhane, que llevaba dos años sin que nadie le sacara una expresión que no hubiera decidido poner, enmudeció con la boca entreabierta.
—No es... —empezó—. No es lo que yo...
—Porque os aseguro que la cosa no funciona así —siguió ella, ya lanzada, porque Isla era directa como el filo de un cuchillo y no había aprendido nunca a ser de otro modo—.
Lo que a ese animal le falta en la cuartilla le sobra en todo lo demás.
Mirad esa cabeza. Mirad ese pecho. Una pata corta no se hereda; un pecho como ese, sí.
—Se apartó del tordo y señaló, al fondo del cercado, a tres yeguas que pacían juntas, una alazana, una ruana y una baya oscura, tres capas distintas —.
Cruzad ese macho con esas tres. Con las tres, ojo, no con una.
De capas distintas, para no cerrar la sangre, y dentro de dos años no habréis criado tres potros: tendréis el principio de una estirpe nueva en toda esta costa.
Fuertes. Veloces. Con esa cabeza. Caballos que nadie más tendrá, milord, y por los que los demás lairds os pagarán lo que les pidáis mientras os reís de ellos por dentro.
—Se encogió de hombros y dio media vuelta—.
O vendedlo barato porque cojea. Vos sabréis.
Y, dicho aquello, Isla se marchó campa abajo a buscar a Boyce, sin esperar respuesta, sin volver la vista, dejando tras de sí un olor a aire limpio que no pegaba con el de la feria y a un laird del norte plantado junto a su mejor caballo descartado, pensando.
Grant la siguió con los ojos hasta que la perdió entre los puestos.
Después permaneció un rato inmóvil, como hacía siempre antes de anunciar algo que ya había decidido.
Llamó al fin al mayor de sus mozos, un hombre que llevaba con él desde niño y que rara vez lo veía cambiar de planes a media feria.
—El tordo y las tres yeguas del fondo —ordenó Grant—. La alazana, la ruana y la baya. Apártalos de la venta. No se venden.
El mozo lo miró desconcertado.
—Pero, mi señor, las yeguas estaban apalabradas para...
—No se venden. —No alzó la voz. Nunca la alzaba—. Y manda a Tàmhas a que averigüe, antes de que levantemos el campo, quién es esa mujer.
El mozo, que sabía distinguir una orden de un laird de una conversación, asintió y se fue a hacer las dos cosas.
Tàmhas regresó cuando el sol ya caía y los puestos empezaban a recogerse, con el recado cumplido y la cara de quien trae más de lo que fue a buscar.
—Es la tercera hija del laird MacLeod, mi señor. De Dun Ailean. —Tàmhas contaba con los dedos, por no olvidarse de nada—. La mayor se casó hace un mes con el laird MacThane, el de Ironhold; dicen que fue boda sonada. Queda otra hermana en medio, aún soltera, y esta, la pequeña...
—¿Qué de la pequeña?
—Que es ella la que lleva los caballos de su clan, mi señor.
Ella sola, y que los caballos de los MacLeod son los mejores de toda esta parte del norte.
—Tàmhas bajó un poco la voz—. Eso lo cuenta todo el mundo al que he preguntado.
Que esa muchacha tiene un ojo para el ganado que ya quisieran los viejos, y algo más, dicen, pero eso ya no me lo han sabido explicar.
Grant MacRhane no preguntó qué era ese algo más.
Miró hacia el norte, hacia el camino por el que la comitiva de Dun Ailean ya se perdía entre las colinas pardas, con el cielo de la tarde virando a malva y dorado sobre el mar.
El viento, que en Cairnmor soplaba siempre del oeste, llevaba un buen rato empujando, sin que nadie reparara en ello, justo en esa dirección.
Después dio orden de levantar el campo. Se marchó de la feria con sus caballos sin colocar, con un semental cojo que ya no pensaba vender, con tres yeguas de tres capas distintas que tampoco, y con una idea metida entre ceja y ceja que no se parecía a ninguna que hubiera tenido en dos años.
A muchas leguas de allí, en Dun Ailean, su madre le había dicho una vez a Isla, cuando era niña y el viento le tiraba las trenzas sin motivo, que el don de su sangre no era como el de sus hermanas; que el fuego ardía y el agua calaba, pero que el viento era distinto, porque el viento no se quedaba donde lo ponías.
El viento, le había dicho Margaid, siempre sabe a dónde va. Aunque tú lo ignores todavía.
Isla había cumplido veinte años y acababa de conocer, sin saberlo, al hombre con el que el viento ya había decidido llevarla.