El veredicto del multimillonario (Multimillonarios Despiadados nº 2) CAPÍTULO 43
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CAPÍTULO 43

«La añoranza llega con una maleta pequeña y va ocupando las habitaciones. Cuando se marcha, no avisa —y no devuelve la llave.»

CHIARA FERRARI

Mi padre volvió a casa un jueves de sol, y el viernes por la mañana me entregó la caja de pastillas como quien entrega un arma.

—Compruébalo tú. —Me puso la caja en la mano y cerró mis dedos por encima—. Yo miento.

—Papà...

—Miento, Chiara. Está probado ante notario y en electrocardiograma.

—Arrastró la silla con cuidado de convaleciente y se sentó despacio, venciendo—.

Así que a partir de hoy la casa funciona así: tú compruebas la medicina, yo compruebo que has comido.

Ninguno de los dos se cree al otro. Es el sistema más honesto que ha tenido esta familia.

Puse los ojos en blanco para no reírme, pero me reí de todos modos.

Reaprender a vivir con mi padre era eso: un tratado de paz negociado sobre la mesa de la cocina, cláusula a cláusula, con la verdad haciendo de notario.

Y estaba la otra novedad: había vuelto a trabajar.

No en un laboratorio, no con acreditación. En el mercado de antigüedades, tres mañanas por semana, en un puesto prestado entre un vendedor de platería y una señora que juraba vender «reliquias etruscas» de 1987.

Tasaba lo que aparecía: camafeos de herencia, broches de abuela, alianzas de empeño. Cobraba poco, en efectivo, y allí nadie leía la prensa económica ni sabía mi apellido.

La lupa de la nonna trabajaba conmigo. El mango de latón se calentaba en mi mano como si nunca se hubiera parado.

Me quitaron el nombre, el cargo y el suelo. El ojo no me lo alcanzó nadie.

Bianca llegó el sábado sin avisar, con una maleta de fin de semana en un hombro, dos litros de vino en la otra mano y la pose de quien se baja de un tren regional como si fuera una alfombra roja.

—Vengo a hacer el inventario de tu tristeza —anunció en la puerta, besándome las dos mejillas—. Punto por punto. He traído equipo técnico.

Levantó los dos litros de vino.

Mi padre apareció en el pasillo, evaluó la escena y decretó que se iba a dormir pronto, «porque conversación de mujeres con vino es territorio minado para cardíacos». Antes de irse, le besó la frente —la conocía de años de llamadas— y se llevó la radio al cuarto.

Nos quedamos las dos en la cocina de la nonna.

Cociné su salsa —la de domingo, la de los botes con la etiqueta escrita a mano— y Bianca se sentó encima de la encimera como si la cocina fuera suya, los pies balanceándose, el vaso lleno. Detrás del vapor de la olla, mi amiga me estudiaba con aquel radar que nunca se apaga.

—Estás bien —dijo, cuando el segundo vaso se quedó por la mitad—. Inventario oficial. Suelta de una vez lo que te está carcomiendo.

—El proceso. Mi padre. La vida.

—Mentira en tres tomos. —Giró el vaso despacio—. Todo eso te pone triste, y la tristeza la estás gestionando. Yo he dicho lo que te está carcomiendo. Es otro bicho.

El vapor subía de la olla vacía. Fuera, un vecino cerró una ventana. Y la frase que llevaba semanas encerrando eligió aquel preciso momento para forzar la puerta.

—¿Y si es verdad, Bianca? —Mi voz salió baja, extraña—.

Lo que la víbora me mandó decir en la comisaría.

Que me aceptó de vuelta para vigilarme de cerca.

¿Y si es verdad? ¿Y si desde el pacto fui solo...

la sospechosa mejor vigilada de Roma? La mesa de trabajo, el ático, Amalfi. Una celda bonita con sábanas caras.

Ya está, estaba fuera. El veneno, dicho en voz alta, en la cocina de mi nonna.

Bianca no respondió enseguida. Se bajó de la encimera, me llenó el vaso sin prisa, se sentó frente a mí —y cuando habló, no había ni pizca de azúcar en su voz.

Era la otra Bianca.

—Vamos por partes, que el veneno se desmonta por partes.

—Levantó un dedo—. Primero: ¿quién te contó esa historia?

Su prima, por boca de una abogada pagada, el día exacto en que necesitaba romperte.

Segundo: un hombre que vigila recoge información.

¿Qué información sacó de ti, en meses, y usó contra ti? Cítame una.

Abrí la boca, pero la cerré enseguida.

—Tercero. —Se inclinó, los codos en la mesa de la nonna—.

Yo os vi juntos, amiga. En la trattoria.

Un hombre que vigila no deja que lo veas reír.

Aquello no lo escenifica nadie. Yo vivo de separar el original de la falsificación —y aquella risa era original.

Datada, autenticada y, en mi opinión profesional, irrecuperable.

El nudo en el pecho vino sin pedir permiso, y odié su puntualidad.

—Eso no borra lo demás. Lo supo y se calló. Decidió por mí otra vez.

—No lo borra. Ni debe. —Bianca me cogió la mano por encima de la mesa—.

No he venido a defender a un reo confeso.

He venido a decir una sola cosa, y la vas a escuchar porque he cruzado Italia con dos litros de vino.

—Me miró a los ojos—. Cuando aparezca, y va a aparecer, no decidas por el corazón ni por el orgullo.

Los dos mienten en situaciones de estrés.

Decide por el nombre: lo que limpie tu nombre, lo haces.

El corazón ya lo juzgamos después, con calma y con vino.

—¿Y si no aparece?

—Entonces vuelvo con cuatro litros.

Esta vez me reí de verdad, y la risa se llevó con ella dos lágrimas que no pidieron autorización. Bianca fingió no verlas, porque una amiga de verdad sabe cuándo tocarle ser ciega.

Se durmió en el sofá, vencida por el vino y por el viaje.

Yo me quedé despierta en la cama estrecha, mirando el póster de minerales, con el teléfono en el pecho, subiendo y bajando con la respiración.

A las tres y diez de la mañana abrí la pantalla. Busqué el nombre que no borré de la agenda —no por sentimiento, me mentí a mí misma, por logística.

Abrí la ventana de mensaje. El cursor parpadeando, paciente, cómplice.

Escribí: Mi padre ha mejorado.

Palabras verdaderas, neutras, inofensivas. Una tregua del tamaño de un telegrama.

Las miré hasta que me ardieron los ojos.

Si lo envío, contesta en un minuto. Si contesta, contesto. Y dentro de diez mensajes estoy otra vez donde el veneno me encuentra.

Borré letra a letra y apagué el teléfono. No lo dejé en la mesa: lo guardé en el cajón, debajo de los calcetines, donde se guardan las cosas que muerden.

El lunes, en el mercado, el viejo Lenzi, el del puesto de platería, me trajo un café y una charla insustancial —su verdadero oficio.

—La dottoressa aquí, tasando broches de viuda... —Negó con la cabeza, teatral—. Un desperdicio. Con ese ojo, debería estar cazando cosas grandes. Y mira que las hay, en el monte. Dicen por ahí que hay una piedra gorda durmiendo allá abajo, en la Costa, esperando a que baje el polvo.

La sangre se me paró de circular educadamente.

—¿Qué piedra? —pregunté, con la voz más desinteresada de mi repertorio, limpiando la lupa que no necesitaba limpieza.

—Yo qué sé. Una piedra con historia, dicen. —Se encogió de hombros, soplando el café—. Pero una piedra así no duerme para siempre, dottoressa. El dueño endeudado se despierta pronto.

Volvió a su puesto, ajeno al terremoto que había dejado en el mío.

Me quedé inmóvil, la lupa de la nonna fría en la mano, el corazón latiendo en otro huso horario.

La piedra va a moverse. Y cuando se mueva, tengo que estar en la sala.