Capítulo 48
Capítulo Cuarenta Y Ocho
No había pasado ni un mes completo cuando recibí la llamada telefónica de la tía de Annie en Berkeley. Estaba sentado en mi oficina, revisando la declaración de no culpabilidad presentada por los abogados de Paul Wexler cuando entró la llamada.
—Hola, habla Michael Gresham.
—Michael, habla Geraldine Tybaum —dijo, usando su apellido de soltera.
—Hola, señora Tybaum. ¿Cómo está estos días nuestra niña favorita de doce años?
—Necesitamos hablar, señor Gresham. He llevado a Annie al consultorio de mi propio psiquiatra tres veces. Se negó a hablar con el Dr. Witham, pero sí le escribió una carta.
—¿Y qué dijo en la carta?
—La esencia de la carta es que extraña a su familia. Tanto, que llora cuando nadie la ve. Pero sobre todo le va a encantar esto, lo echa mucho de menos a usted y quiere estar con usted.
—Éramos muy unidos, señora Tybaum.
—No me ha dirigido la palabra ni una sola vez desde que llegó.
Si usted no hubiera enviado su lista de comidas favoritas, ya se habría muerto de hambre.
Es inútil. Y la quiero lo suficiente como para concederle su deseo.
Se la voy a enviar de vuelta, Michael. Y voy a cederle la custodia para que pueda firmar documentos por ella y demás, como cualquier padre.
Quedé atónito.
¡Annie volvía a casa!
—Un requisito antes de que acepte, señora Tybaum.
—¿Cuál es?
—Usted deberá consentir que adopte a Annie. Quiero que sea mi hija.
—¿Se me permitirá visitarla si ella está dispuesta?
—Por supuesto. Nunca intentaría alejarla de su sobrina.
—Entonces renunciaré a cualquier derecho que tenga. Ella ya es su hija, señor Gresham. Hágalo oficial con mi bendición.
—Hoy mismo redactaré la documentación.
—Se la enviaré este sábado cuando salga del trabajo. ¿Le parece bien?
—Iría a por Annie en plena noche —dije—. ¡El sábado está perfecto!
—Adiós, señor Gresham. Y buena suerte.
Dos horas después, recibí la confirmación de su vuelo y hora de llegada. Annie volvía a casa el sábado a las tres en punto, exactamente cuatro sábados después de que la subiera al avión para que se fuera. No podía estar más feliz y llamé de inmediato a Verona para darle la buena noticia.
—Los niños y yo tendremos lista su habitación —dijo Verona—. Tal vez hasta compre una litera para que Dania pueda dormir con su hermana mayor de vez en cuando. Habla de eso cuando dice que su hermana va a volver, ¿sabes?
—No, no lo sabía.
—Oh, los niños me han dicho todo este tiempo que la tía no se quedaría con Annie. Decían que Annie no la aguantaría mucho tiempo. Y mira: así fue.
Al mediodía de ese sábado siguiente, todos fuimos al Reagan International para recoger a Annie y darle nuestra calurosa bienvenida.
Y, en efecto, al salir por la pasarela, al verme, aceleró el paso y luego corrió, con su bolso del portátil golpeándole la cadera.
Corrió hacia mis brazos y se aferró a mí.
Entonces empezó a llorar en silencio y yo también empecé a llorar.
Seguimos así durante varios minutos antes de que Verona nos juntara y nos encaminara hacia el aparcamiento.
En el camino a casa, dije mirando por el retrovisor:
—Bienvenida a casa, Annie.
Por primera vez en un mes, habló.
—Gracias por aceptarme de nuevo, Michael. Te quiero.
—Bueno, nosotros también te queremos y estamos encantados de que estés con nosotros.
—También estoy lista para seguir trabajando contigo en el caso del asesino de mi papá.
—Acaban de acusar a un hombre del crimen. Se llama Paul Wexler.
Hubo un minuto de silencio y luego dijo:
—Pensé que ya te lo había dicho. El vicepresidente mató a mi familia.
—Bueno, las pruebas ante el gran jurado simplemente no respaldan eso, Annie.
—Entonces es que aún no han encontrado todas las pruebas. Te digo que tengo razón, Michael.
—Bueno, seguimos buscando.
—Segundo punto: quiero que me enseñes a disparar un arma.
La miré por el espejo.
—¿Quieres aprender a disparar? ¿Por qué?
—¿Nivea Young sigue suelta?
—Sí.
—Entonces, ¿tú no querrías saber disparar también si fueras yo?
—Probablemente sí.
—Por favor, encuéntrame un instructor. Ya estoy lista.
—De acuerdo, creo que sé a quién usaremos.
—Bien. ¿Nombre?
—Rusty Xiang.
—¿Tu otro hijo?
Silencio de mi parte. ¿Cómo podía saberlo?
—¿Cómo lo supiste?
—Sabía que estuviste en Moscú el año pasado por un juicio. Así que lo busqué en TASS. Todo está ahí. Leyendo entre líneas, no habrías estado allí si no fuera porque defendías a tu hijo.
—¿Quién es Rusty, papá? —preguntó Dania.
—Es mi hijo.
—¿Cuándo lo vamos a conocer?
—Muy pronto. Esta semana, probablemente.
—Asegurémonos de que eso suceda, Michael —dijo Annie, más exigente de lo que la había oído nunca.
—Está bien.
—Hablo muy en serio sobre tomar medidas para protegerme. Necesito ese entrenamiento con armas de fuego sin demora.
Estuve de acuerdo. Annie merecía saber cómo defenderse, dado el grave fallo de seguridad que había sufrido en Evanston. Tenía todo el derecho a estar preocupada.
Todos lo teníamos.
Al día siguiente, Annie fue a practicar tiro con Rusty.
—Este es el cargador, esta es la boca del cañón, esto es…
Annie miró impaciente a su guía.
—Enséñame a apuntar y a disparar. ¿No es por eso que estamos aquí?
Estaban en el campo de tiro de National Guns el pecho no. Así que incapacitas al objetivo con ese disparo al pecho y luego te acercas y le metes dos en la cabeza.
—En la cabeza de ella.
—En la cabeza de ella, entonces.
—Entonces déjame intentar con unos cientos de disparos al pecho. Vamos a perfeccionarlo.
—Trato hecho.