27 Los pactos del cansancio
Hubo un momento, en los días que siguieron al escándalo, en que pareció que el amor había dejado de ser el centro de la historia, no porque hubiera desaparecido, sino porque ya no bastaba.
Ahora estaban los compromisos, las reputaciones, los vientres observados como si fueran documentos, los periódicos, los hombres reuniéndose en despachos para decidir por otros con voz de sentencia.
El amor seguía ahí, sí, pero como una llama encerrada en vidrio: visible, inútil, cada vez más peligrosa para quien se acercara.
Y fue entonces cuando Thiago decidió protegerse de la única manera que todavía le quedaba: volviéndose un hombre correcto. Citó a Elettra en el pequeño salón azul de la casa Charpentier.
No era una habitación íntima, eso le convenía, tenía dos ventanas altas, una alfombra persa descolorida por los años, estanterías bajas y un piano cerrado que nadie usaba ya.
A esa hora de la tarde la luz entraba fría, con el invierno empezando a recortar los muebles en gris y oro pálido.
El aire olía a carbón bien llevado y a un ramo de camelias ya pasadas en el jarrón del rincón.
Elettra llegó con el abrigo todavía puesto.
No se sentó enseguida, había aprendido ya que las conversaciones importantes la encontraban siempre de pie al principio, como si el cuerpo supiera que, si uno se acomoda demasiado pronto, después cuesta más levantarse para soportar la frase siguiente.
Thiago tampoco se sentó.
La observó un momento, no con dureza, sino con una clase nueva de cansancio. El de los hombres buenos cuando comprenden que su bondad, por sí sola, ya no los salva de la humillación.
—He pensado en nuestra situación —dijo.
La frase salió serena, eso fue lo primero que inquietó a Elettra.
—No sabía que hubiera una forma amable de llamarla así.
Thiago casi sonrió. Casi.
—No la hay.
Hubo un segundo de silencio, luego él dio un paso hacia la ventana, no para alejarse de ella, sino para hablar desde un sitio donde el cuerpo no delatara tanto lo que le costaba sostener la voz.
—No tendremos un matrimonio de verdad.
Elettra sintió el golpe con una claridad casi física, no porque no pudiera haberlo imaginado, sino porque al oírlo en voz de él adquiría una forma más triste.
Thiago siguió, mirando la lluvia tenue sobre el cristal.
—Viviremos bajo el mismo techo y cumpliremos con lo que haya que cumplir de cara al mundo. —La mano se le cerró apenas sobre el borde del respaldo de una silla—. Pero no voy a tocarte. No voy a exigirte nada. No voy a invadir lo que no me has dado. Cada uno llevará su vida a su manera.
La frase, dicha así, sin melodrama, dejó el cuarto entero más frío.
Elettra lo miró.
Había honor en esa propuesta. Honor, consideración, la voluntad obstinada de no convertirla en esposa por fuerza cuando ya sabía que su corazón estaba en otra parte. Y, sin embargo, algo en ella —algo más hondo que la razón— sintió también una punzada de pérdida.
—Eso no es un matrimonio —murmuró.
Thiago volvió por fin la cabeza hacia ella.
—No. —La honestidad le salió intacta—. Es lo más decente que puedo ofrecerte sin dejar de tener orgullo.
La frase cayó donde debía, porque ahí estaba la parte que Elettra tardó un segundo en comprender del todo: no se trataba solo de protegerla. Se trataba también de protegerse él, de no seguir entrando a una vida donde sería siempre el hombre bueno, útil, correcto, pero nunca el elegido de verdad.
—Thiago…
Él negó apenas.
—No me des las gracias. Eso lo empeoraría.
Ella bajó la vista.
No tenía lágrimas, nunca le habían gustado en las conversaciones importantes, pero sintió una tristeza nueva, más sorda que la que le provocaba Brand, más limpia, quizá por eso mismo más grave.
—Es honorable —dijo al fin.
Thiago dejó escapar una exhalación breve.
—Sí. —La mirada se le volvió más dura, sin perder la tristeza—. Y te va a doler más de lo que crees.
Elettra alzó la vista.
No entendió del todo la frase, no entonces, solo más tarde comprendería que la distancia pactada, cuando viene de un hombre capaz de ternura, puede herir mucho más que la cercanía forzada.
Porque obliga a convivir todos los días con lo que nunca va a tocarte aunque habría sabido hacerlo con cuidado.
—No quiero lastimarte más —murmuró ella.
Thiago la sostuvo un instante largo.
—Ya no estamos en el territorio donde una quiere o no. —La voz se volvió casi cansada—. Ya estamos en el lugar donde se sostiene.
Y no hubo nada más que decir sin volverse más crueles.
Por su parte, Elizaveta dejó de parecer una mujer herida.
Eso descubrió Brand con un malestar cada vez más difícil de nombrar, habría sido más sencillo.
Una mujer herida todavía lucha, todavía exige, todavía se quiebra hacia afuera.
Elizaveta, en cambio, empezó a volverse algo más extraño.
Una cáscara elegante. Un cuerpo que seguía cumpliendo con los vestidos, las visitas del médico, el té apenas tocado y las frases correctas, pero al que ya parecía no llegarle nada del todo.
Ni la irritaban las necedades de las tías, ni la conmovían las flores nuevas en la sala de invierno, ni discutía con las criadas cuando éstas colocaban mal las cortinas.
Ni siquiera se enfurecía ya cuando oía el nombre de Elettra.
Eso fue lo que terminó inquietando a Brand.
La encontró así una tarde, sentada en el invernadero de la casa Rostov, con un libro abierto del revés sobre el regazo y la mirada fija en la humedad del cristal, como si hubiera olvidado no solo leer, sino habitar la habitación en la que estaba.
Llevaba un vestido de lana gris, sobrio, sin adornos.
La luz invernal le hacía el rostro más translúcido.
—No has comido —dijo él.
Elizaveta volvió los ojos hacia la bandeja, luego hacia él.
—¿Y?
La respuesta no tuvo ironía, eso fue lo insoportable.
Brand se quedó inmóvil un instante.
No sabía lidiar con aquella forma de apagamiento.
Estaba acostumbrado a su veneno, a la agudeza, a la crueldad que al menos le daba a la relación una temperatura visible.
Esto, en cambio, era otra cosa. Como si el sufrimiento hubiera atravesado ya la rabia y hubiese llegado a un sitio más hondo, más agotado.
—Beaulieu dijo que no podías saltarte el almuerzo.
—Beaulieu habla demasiado.
Brand dejó la bandeja sobre la mesa y se sentó frente a ella, no como marido, no como amante, ni siquiera como amigo. Como un hombre que de pronto empieza a comprender con horror cuánto no sabe de la mujer con la que va a casarse.
—¿Qué te pasa? —preguntó.
Elizaveta sostuvo su mirada un segundo, no parecía sorprendida por la pregunta, solo levemente cansada de que llegara tan tarde.
—Nada.
—No.
—Entonces algo —dijo con voz plana—. No sé cuál de las palabras te resulta más tranquilizadora.
Brand la observó, por primera vez en toda esa historia, la sensación dominante no fue el rechazo.
Fue ignorancia. No sabía qué había sufrido ella, no sabía de qué estaba hecha exactamente su necesidad de poseer el centro; no sabía por qué Delaila, después de todo lo que había tenido que soportar cuando se casó con Alekséi, seguía siendo capaz de mirarla con compasión en vez de con simple desprecio.
Comprendió entonces que quizá nunca la había conocido en realidad, solo había conocido la parte que se convertía en arma cuando él estaba cerca.
—No te reconozco así —dijo.
Elizaveta giró la cabeza hacia el cristal otra vez.
—Tal vez porque nunca me miraste lo suficiente como para reconocerme de otra manera.
La frase quedó entre ambos con una tristeza tan limpia que Brand no supo cómo defenderse de ella sin volverse miserable y por eso hizo algo nuevo en él: no se defendió.
—Puede ser —admitió.
No respondió, no parecía esperar ninguna redención de su boca y Brand, sentado frente a esa figura cada vez más ausente, entendió por primera vez que el daño que había hecho juntos no era solo moral. Había producido en ella una clase de cansancio que ni siquiera su odio sabía cómo sostener.
Camille llevaba dos días encerrándose cada vez que podía.
No por delicadeza romántica, sino por la humillación.
El rumor, una vez echado a andar por París, había encontrado todas las rendijas posibles: las miradas más largas de las tías, los silencios incómodos en la mesa, la brusquedad nueva de su padre, la vergüenza dolorosa en la voz de su madre cuando mandó decir que la señorita no recibiría visitas.
No importaba que Nick no hubiera terminado de abusar de ella, no importaba que la calle entera hubiera interrumpido la escena, lo único que importaba era que la habían visto, que alguien había escrito sobre ello y que ya no había manera de caminar por una habitación sin sentir que otra gente estaba imaginando mal lo ocurrido.
Lloraba por eso y lloraba también por algo peor: por el derrumbe de una imagen. Había querido a Nick durante demasiado tiempo como para no sentir ahora que se había equivocado no solo en el hombre, sino en su propia mirada.
La habitación donde se escondía pertenecía al ala vieja de la casa de sus padres. Era una recámara secundaria, con paredes color crema, una cama estrecha, un escritorio pequeño y cortinas demasiado pesadas para el tamaño de la ventana. Allí la encontró Thiago.
No la buscaba a ella, había ido a ver a su padre, que se encontraba reunido con William.
El servicio, nervioso, lo envió por error al corredor equivocado y al pasar frente a aquella puerta entreabierta oyó el sonido.
No un llanto grande, sino uno contenido y eso, quizá por afinidad, lo obligó a detenerse.
Empujó la puerta.
Camille estaba sentada en el borde de la cama, con el rostro escondido entre las manos y los hombros temblándole del modo preciso en que tiemblan las mujeres bien educadas cuando ya no pueden sostener del todo la compostura pero tampoco han aprendido a llorar con libertad.
Al oír la puerta, se tensó de inmediato.
—No quiero verte —dijo, levantándose de golpe y retrocediendo.
Fue entonces cuando lo miró de verdad.