13 Las manos equivocadas #2
La escalera se movió, no fue un gran resbalón, apenas una pata mal apoyada en la madera lisa del suelo, pero bastó para que el cuerpo de Elettra perdiera un segundo entero de equilibrio.
Brand reaccionó antes de pensar.
Una mano fue a la cintura, la otra al antebrazo.
La bajó de la escalera en un gesto rápido, preciso, sin brusquedad, de una eficacia casi brutal.
Cuando los dos recuperaron la quietud, Elettra estaba de pie frente a él, aún con la respiración un poco más alta de lo normal, el borde del armario a la espalda y las manos de él todavía sobre ella.
No era un abrazo, no tenía nada de tierno, precisamente por eso fue más íntimo.
La palma de Brand le ceñía la cintura con una firmeza que no parecía conquista, sino reflejo.
Elettra sentía el calor de sus dedos incluso a través de la tela.
La otra mano seguía apoyada en su antebrazo, a la altura exacta donde el pulso se reconoce si uno no teme tocar demasiado.
Ninguno habló.
La sala de costura se quedó en silencio, salvo por la lluvia tardía contra el cristal y el zumbido apagado de la lámpara.
Elettra levantó la vista hacia él.
De cerca, Brand tenía el rostro menos severo de lo habitual.
No más amable. Más desnudo. La preocupación le había quitado un grado de dureza y le dejaba al descubierto la línea del cansancio, la tensión del cuello, la respiración todavía algo contenida por el movimiento de haberla sujetado.
Por un momento, no vio en él al hombre del vals, ni al hombre que había cedido a Elizaveta, ni al Charpentier recto, lleno de deber y culpa.
Vio solo esto: un hombre sosteniéndola con una atención absoluta, como si dejarla caer hubiera sido la única indecencia verdaderamente intolerable.
—Ya puedes soltarme —murmuró ella.
La voz le salió más baja de lo que esperaba.
Brand no apartó las manos de inmediato.
—Lo sé.
Pero siguió sosteniéndola un segundo más, lo bastante para que el silencio dejara de ser accidente.
Elettra sintió ese segundo entero recorrerle la piel como una forma de calor que no tenía nada de conveniente.
La tentación de inclinarse apenas hacia él, de apoyar la frente en la línea grave de su hombro o de dejar que sus dedos subieran solo un poco más sobre la manga del abrigo, fue tan absurda que la avergonzó y, al mismo tiempo, le dijo la verdad.
Esa era la diferencia entre Thiago y Brand, pensó con una punzada limpia.
Con Thiago había calma, consideración, esa bondad seca y noble que a veces parece una casa.
Con Brand había esto: un segundo de peligro quieto en el que el cuerpo pedía quedarse antes de saber si el corazón podía sobrevivirlo.
No era justo. No era bueno. Pero la justicia y la bondad rara vez gobiernan el deseo.
Brand soltó primero el antebrazo. Después la cintura. La piel de Elettra sintió el frío en el mismo sitio donde había estado el calor, como si el cuerpo llevara más memoria que el ánimo.
—Perdón —dijo él.
Elettra tragó saliva.
—No te estaba acusando.
La frase salió casi antes de que la hubiera pensado y en cuanto estuvo entre ambos, entendió el tamaño de la rendija que acababa de abrir.
Brand también. La miró con esa quietud atenta que empezaba a resultarle aún más peligrosa que su dureza.
Alargó el brazo hacia el armario, alcanzó sin esfuerzo la caja correcta y la dejó sobre la mesa.
—Era esta.
La normalidad del gesto casi la hizo reír.
—Presumido.
Una sombra, apenas una sonrisa, pasó por la boca de él.
—Eficiente.
Elettra bajó de la escalera del todo y abrió la caja. Dentro estaban los sellos, el tampón de tinta y los sobres que necesitaban para dejar listo el último juego de documentos. Brand se quedó a su lado. Ya no tocándola. Pero demasiado cerca para que el aire pareciera inocente.
Trabajaron así durante un rato. Sin hablar más de la escalera.
Sin hablar del vals. Sin hablar del invernadero.
Sellaron papeles. Numeraron sobres. Alinearon listas.
Sin embargo, la escena anterior se había quedado entre ellos con la insistencia de una música que nadie ha decidido admitir, pero que ya llena la habitación.
Fue Elettra quien terminó rompiendo ese nuevo silencio.
—Cuando Thiago me habló… —empezó, sin dejar la vista del sello.
Brand se quedó quieto.
—Lo sé.
Ella levantó los ojos.
—No, no lo sabes. No sabes qué me hizo sentir.
Brand apoyó la mano plana sobre la mesa. No dijo nada. Esperó.
Elettra bajó la mirada a los sobres otra vez. Le costaba más hablar de esto que de cualquier otra cosa porque tenía, en su centro mismo, la forma precisa de una indecencia.
—Me recordó algo bueno. Algo tranquilo. Algo que una parte de mí sabe que debería querer.
Brand sintió el golpe en la base del estómago.
—Pero no lo quieres.
La voz le salió más baja, más áspera.
Elettra tardó un latido.
—No de la manera suficiente.
La verdad, al caer, dejó a ambos sin coartada.
Brand la miró. Y por primera vez desde que todo había empezado a torcerse, entendió con una nitidez humillante que la quería no solo cerca, no solo interesada, no solo pendiente de él. La quería eligiéndolo. Incluso sabiendo que no era la opción limpia.
No era un pensamiento que lo enorgulleciera, era un pensamiento que lo comprometía. Elettra volvió a sellar el último sobre. Brand dio un paso hacia ella, no mucho, lo justo.
La miró un segundo largo, como si estuviera decidiendo si su próxima acción lo volvería más cobarde o más honesto.
Luego alzó la mano. No hacia el rostro. Hacia el puño de ella.
Había un hilo suelto en el borde del guante oscuro, apenas deshilachado por el trabajo del día.
Lo sostuvo entre dos dedos y lo retiró con una delicadeza tan inesperada que el aire se volvió otra cosa.
Elettra no se apartó, tampoco sonrió.
Pero la respiración se le desordenó un poco.
—Eso era mío —dijo.
—No lo parecía.
—Arrogante.
—Tú lo permites.
La respuesta fue tan baja que casi sonó como un pensamiento.
Elettra levantó la vista hacia él. La proximidad ya no era accidente.
La sala de costura había dejado de oler a tela y papel solamente; ahora olía también a una tensión nueva, menos verbal, más franca.
La lámpara de la mesa dejaba luz ámbar en el borde de la boca de Brand, en la línea recta de la nariz, en la oscuridad disciplinada de sus pestañas.
Elettra, cansada, con el cabello un poco suelto y el pulso todavía despierto por la escalera y la confesión, sintió el impulso brutal de borrar con la mano esa gravedad de la frente. No lo hizo.
—No sé qué estoy permitiendo —murmuró.
Brand no sonrió.
—Yo sí.
Y en ese segundo, justo antes de que el silencio se quebrara del todo, sonó un golpe en la puerta. No fuerte, pero ambos se separaron como quienes no quieren admitir que se habían acercado demasiado.
La hermana Cécile asomó la cabeza con una carpeta bajo el brazo.
—Monsieur Charpentier, han llegado del distrito con la lista final de preguntas para mañana.
Brand se pasó una mano por la mandíbula. Elettra volvió enseguida a los sobres, aunque ahora las manos le temblaban lo justo para que tuviera que esconderlas un segundo detrás de la caja.
—Voy —dijo él.
La monja se retiró.
Antes de salir, Brand se volvió una última vez hacia Elettra.
No dijo nada.
No hacía falta.
La mirada, esta vez, no era de hombre confundido ni avergonzado.
Era de hombre que ya sabe en qué dirección está cayendo y Elettra, sola de nuevo junto a la mesa y al olor tibio de la costura, comprendió que la víspera de la inspección se había vuelto, de la manera más inoportuna posible, la víspera de algo mucho más difícil de administrar que cualquier comité.