El vals de las apariencias 4 La intervención #2
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4 La intervención #2

Nick soltó una exhalación breve que podría haber sido risa si la hubiera dejado crecer.

Thiago bajó apenas la mirada, no por sumisión, sino para esconder un gesto de aprobación que no quería regalarle a nadie.

Brand, en cambio, seguía sintiendo la presencia de Elizaveta como un problema físico.

Y cuanto más consciente era de ello, más desagradablemente evidente se volvía a sus propios ojos.

Elizaveta dio un paso dentro del despacho.

—He oído hablar mucho de usted.

—Lo lamento —respondió Elettra.

Lilianne giró lentamente la cabeza hacia el techo, como si necesitara invocar paciencia de una fuente más alta. Nick ya estaba fascinado. Siempre se fascinaba cuando una mujer no le concedía ni a la belleza ni al apellido el privilegio de entrar sin ser cuestionados.

Elizaveta se quitó un guante con la lentitud exacta de quien sabe que toda escena puede convertirse en íntima si se domina el ritmo.

—No se disculpe. En París se habla demasiado de las mujeres que trabajan y de las mujeres que no deberían hacerlo. Supongo que usted tiene la fortuna de pertenecer a ambas categorías.

Elettra dejó sobre la mesa la carpeta que estaba ordenando.

—La fortuna rara vez tiene algo que ver con el trabajo.

—Qué frase tan severa.

—Qué observación tan innecesaria.

Brand vio cómo la comisura de la boca de Nick temblaba apenas, divertida.

Thiago, por su parte, parecía más atento a Elizaveta que al intercambio mismo.

No la miraba con fascinación, ni siquiera con abierta antipatía.

La miraba como se mira un fuego cuando ya se ha visto demasiadas veces lo que deja después.

Elizaveta se volvió entonces hacia los hermanos y ahí cambió la atmósfera. No fue un gran movimiento. No tuvo que tocar a ninguno. Le bastó con mirarlos en el orden correcto.

Primero a Nick, al que conocía lo suficiente como para saber que la arrogancia y la vulnerabilidad en él siempre habían sido vecinas. Le dedicó una atención suave, casi peligrosa.

—Nicholas. Qué inesperado encontrarlo donde las personas hacen cosas de verdad.

Nick sonrió con un fulgor inmediato, casi juvenil.

—He venido a ofrecerme como decoración moral.

—Y lo consigue —dijo ella.

Solo dos palabras.

Pero Brand lo vio caer un milímetro hacia ella. No porque la amara. Porque Elizaveta sabía mirar a ciertos hombres como si los absolviera de sí mismos. Era una droga antigua, y Nick siempre había sido demasiado hermoso para no probar venenos de ese tipo.

Luego fue hacia Thiago. La mirada de Elizaveta se templó en él. Menos juguetona. Más calculadora.

—Thiago. Usted sí me sorprende.

Él sostuvo la vista con una calma limpia.

—No debería.

—¿No? —La sonrisa se abrió—. Tiene usted cara de hombre que preferiría cualquier otro lugar antes que un cuarto donde yo entre.

Thiago inclinó ligeramente la cabeza.

—Tengo cara de hombre que no acostumbra mentir por cortesía.

Elizaveta dejó escapar una risita baja, casi contenta.

—Admiro su honestidad. Siempre que no me apunta a mí.

Pero fue al mirar a Brand cuando la escena terminó de inclinarse hacia donde ella quería.

No dijo su nombre enseguida. Lo dejó para el final, como un postre que sabe que ya ha ganado la cena.

Lo observó apenas un segundo más de lo adecuado, y en ese segundo ocurrieron demasiadas cosas a la vez: Brand endureciéndose; Nick captándolo; Thiago cerrándose un poco más; Elettra viéndolo todo sin comprenderlo aún pero empezando a unir puntos; Lilianne observando a Elizaveta como si le estuviera midiendo el tamaño exacto de la vileza.

—Brand.

La voz, suave, cayó en el cuarto con la intimidad de una mano no vista. Él no se movió.

—Rostov.

Pero el nombre no salió limpio. Salió tenso.

Elettra lo advirtió de inmediato. No era el tono con el que un hombre se dirige simplemente a una enemiga social.

Había ahí algo más bajo, más pegado a la piel.

Lo suficiente para que una sospecha, todavía sin forma, empezara a desplegarse dentro de ella.

Elizaveta lo supo y disfrutó saberlo.

No había poder más delicioso que ese: introducir una duda en una mujer inteligente y dejarla vivir con ella.

—Qué extraño verlo tan serio a plena mañana —dijo—. Casi podría pensar que no se alegra de encontrarme.

Lilianne intervino antes de que Brand respondiera.

—Tal vez porque esta no es una sala de baile.

Elizaveta volvió a ella esa sonrisa suya, tan parecida a la porcelana y a los cuchillos.

—No. Aunque uno nunca sabe dónde termina por bailar.

Nick apoyó un hombro contra el armario y la observó con ese interés creciente que a Brand le resultó, a la vez, predecible y desagradable.

Había en Elizaveta una clase de magnetismo que excitaba justo la parte peor de Nick: la que deseaba todo lo que no podía confiar.

El propio Nick pareció notarlo, porque su siguiente frase salió más baja, más sincera de lo que había querido.

—A veces el lugar importa menos que la música.

Elizaveta giró la cabeza hacia él.

—Y usted siempre ha tenido muy mal oído, Nicholas.

El golpe no lo apartó. Al contrario. Lo encendió un poco más.

Thiago vio ese brillo y la incomodidad se le instaló con más claridad en el rostro.

No por celos, ni por moralismo, sino por cansancio.

Había ciertas dinámicas que ya conocía demasiado bien: Nick acercándose a la herida porque la herida brillaba; Elizaveta haciendo de esa atracción una cuerda; Brand tensándose más cuanto más evidente se volvía el juego.

Todo eso frente a Elettra y Lilianne convertía el despacho en algo peor que una escena: lo convertía en una demostración y Elizaveta estaba ganando.

Porque no necesitaba seducir abiertamente.

Le bastaba con recordarles, a los tres, que sabía cómo tocarlos con una frase distinta para cada uno.

Nick con el reconocimiento, aunque fuera envenenado.

Thiago con la provocación inteligente. Brand con esa intimidad apenas insinuada que hacía más daño por no ser nombrada.

Lilianne se negó a concederle el centro.

Tomó una carpeta y se volvió a Elettra.

—Necesito los recibos de febrero antes del mediodía.

Elettra entendió de inmediato.

—Están en la oficina contigua. También faltan las hojas del inventario del ala de niñas.

Y se movió. Así, sin dar explicación, sin quedarse a admirar el veneno ajeno.

Atravesó el despacho y abrió la puerta lateral que comunicaba con la pequeña sala de archivo.

Lilianne la siguió un paso después, pero antes de desaparecer, le lanzó a Elizaveta una mirada tan seca y lúcida que el aire pareció enfriarse.

—Si ha venido a sentir compasión, le ruego que no la derrame sobre mis papeles. Mancha.

La puerta quedó abierta. No cerrada del todo.

Abierta lo justo para que el mensaje fuera aún más ofensivo.

Elizaveta se volvió despacio, sin perder la compostura, como si aquel desaire no hubiese sido más que una brisa poco educada.

Pero Brand, que conocía la ferocidad de su orgullo mejor de lo que le convenía, vio el pequeño endurecimiento en la base del cuello.

La había tocado. Y eso, pensó con una mezcla de placer y alarma, era lo único que de verdad podía volver peligrosa a una mujer como ella: la humillación.

—Qué mujer tan agotadora —murmuró Elizaveta.

—Qué suerte la nuestra —dijo Nick—. A mí me encantan así.

Thiago cerró la mano sobre el respaldo de una silla.

—Eso explica demasiado.

Nick le dedicó una sonrisa perezosa.

—No te preocupes. No todos tenemos vocación de mártir.

Brand dio un paso.

—Basta.

Pero el daño ya estaba hecho. Elettra había reaparecido al fondo, sosteniendo una carpeta abierta, y aunque fingía estar leyendo una columna de números, su atención estaba dividida.

No en Nick. No en Lilianne. En Brand y Elizaveta.

En la electricidad demasiado vieja que parecía moverse entre ellos incluso cuando se hablaban como enemigos.

Algo había ahí. Algo que no pertenecía a la simple antipatía social.

Y la inteligencia de Elettra, que rara vez se entretenía en fantasías, no tardó en reconocer la textura del cuerpo cuando el pasado aún vive dentro de dos personas.

Antes de que nadie pudiera volver a hablar, se oyó un estrépito alegre en el corredor.

Pasos menudos. Voces superpuestas. Una carrera desordenada que se acercaba con la fuerza irrefrenable de la infancia.

Al segundo siguiente, la puerta lateral se abrió más y entraron tres niños, luego otros dos, luego una niña pequeña tirando de la manga de una cuidadora joven que ya venía pidiendo disculpas.

Todos eran negros.

Llevaban ropa remendada, limpia, con el esfuerzo visible de quienes hacen mucho con poco: bufandas de lana áspera, zapatos gastados, rodillas parcheadas, manos pequeñas todavía frías.

Uno de los niños traía una caja con botones; otro, una pizarra.

La más pequeña alzó de inmediato los brazos hacia Lilianne sin pedir permiso con palabras, como hacen los niños que saben perfectamente a quién pertenecen sus refugios y fue entonces cuando ocurrió.

Duró menos de un segundo, Elizaveta se inmovilizó.

No fue un gesto escandaloso, no retrocedió, no abrió la boca, no dejó caer el bolso como una dama mala de opereta.

Fue algo más revelador y, por eso mismo, más indecoroso: un endurecimiento instantáneo en los ojos, una contracción mínima en las aletas de la nariz, el tipo de espanto aprendido que se presenta antes de que la educación tenga tiempo de cubrirlo.

Elettra lo vio y Lilianne también.

Brand, que había pasado suficiente tiempo en salones para reconocer el prejuicio cuando se maquillaba de cortesía, lo advirtió un instante después. Thiago lo sintió, quizá más que verlo. Nick, por una vez, perdió la sonrisa, pero Elizaveta fue rápida, demasiado rápida.

La máscara volvió a su sitio con una perfección casi obscena. Sonrió. Se inclinó incluso un poco, como si nada le resultara más natural que recibir a aquellos niños en mitad de una mañana húmeda.