El vals de las apariencias 2 Saint-Michel #2
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2 Saint-Michel #2

Se hizo un silencio afilado, de esos que en lugar de separar acercan.

Elettra bajó la carta y sostuvo su mirada con la calma de una mujer que no necesita moverse demasiado para imponer una posición.

Brand la observó con una irritación casi física, no porque lo hubiera ofendido, sino porque había acertado y esa clase de acierto, cuando viene de alguien que importa demasiado pronto, resulta indecente.

—No acostumbro repetir mis preguntas —dijo él.

—Ni yo mis respuestas.

El golpe le habría divertido si no estuviera tan alerta por dentro.

—Bien —dijo—. Entonces empecemos por lo necesario. ¿Quién tiene acceso a los registros de Saint-Michel y del orfanato?

Elettra respondió ahora sin ironía. Le habló de los libros contables, de las reparaciones aplazadas, de las compras de carbón, de una entrega de mantas retrasada y de la irritación contenida de Lilianne ante cada nuevo “requisito” inventado por los hombres que financiaban sin ensuciarse las manos.

Mientras la escuchaba, Brand se obligó a concentrarse en los hechos y durante varios minutos casi lo consiguió.

Casi. Porque había detalles de Elettra que lo traicionaban incluso cuando la razón se mantenía firme.

El modo en que apoyaba solo la yema de los dedos en el papel cuando señalaba una línea.

La manera en que, al pensar, su vista se iba un segundo hacia arriba y luego volvía con más claridad.

El acento, sí, pero no solo por exótico.

Por la música de control que había en él: un idioma que había aprendido al convivir, sin pedir disculpas por su origen.

Todo en Elettra parecía hablar de una mujer que había debido sostenerse sola en más de un salón donde no la esperaban.

La puerta del fondo se abrió con ímpetu. Una niña de unos ocho años asomó primero la cabeza, luego medio cuerpo.

—Mademoiselle Rinaldi, Jacques dice que no quiere escribir “República” porque tiene demasiadas letras.

Elettra cerró los ojos un segundo.

—Dígale a Jacques que Francia sigue teniendo la misma cantidad de sílabas con o sin su entusiasmo.

La niña rio, satisfecha, y desapareció de nuevo. Brand se encontró sonriendo antes de decidir si quería hacerlo. Elettra lo vio.

—No se acostumbre —dijo.

—¿A qué?

—A que este lugar le resulte soportable.

—No me resulta soportable.

—Entonces ya se le nota menos.

Brand se volvió hacia la ventana otra vez para evitar la incomodidad estúpida de admitir, aunque fuera ante sí mismo, que no recordaba la última vez que una conversación le había exigido tanta vigilancia interior.

—Vendrán a primera hora del jueves —dijo.

—Eso deja un día.

—Deja un día.

—Lilianne va a odiarlo.

—Lilianne odia mejor que casi cualquiera.

Esta vez sí sonrió ella.

No fue una sonrisa amplia. Fue apenas una inclinación mínima de la boca, breve, preciosa y peligrosa precisamente porque parecía concedida sin cálculo.

Y Brand sintió en el pecho ese desplazamiento leve, ese ajuste sutil de algo que hasta hacía poco todavía llamaba prudencia.

Comprendió, con irritación, que empezaba a esperar cosas de ella.

Una mirada. Una frase. Esa casi sonrisa.

Era demasiado pronto para semejante estupidez.

Y, como si la mañana quisiera castigarle el pensamiento, Elizaveta volvió a irrumpirle dentro.

Otra vez la noche. Otra vez el error. La imagen se le clavó esta vez por contraste: la blancura deshecha de una sábana, la boca de Elizaveta a un centímetro de la suya, esa forma en que el deseo en ella nunca era abrigo sino abismo.

Había vuelto a ella no por amor, ni siquiera por verdadera esperanza.

Había vuelto por debilidad. Por el viejo vicio masculino de confundir la intensidad con la verdad.

Recordarlo frente a Elettra le produjo una punzada de vergüenza tan limpia que, por un segundo, deseó marcharse.

—¿Qué pasa? —preguntó Elettra.

La pregunta fue tan directa que casi sonó suave.

Brand se obligó a volver.

—Nada.

Ella lo miró con una clase de paciencia que no era paciencia, sino escepticismo elegante.

—Usted tiene demasiados “nadas” para un solo hombre.

—Y usted demasiadas observaciones para una sola mañana.

—París obliga.

Hubo pasos apresurados en el corredor. Esta vez fue una monja, pequeña y sofocada, la que apareció en el umbral.

—Mademoiselle, la señora Donovan ha llegado.

Elettra no movió ni un músculo de más. Pero Brand advirtió el cambio en su respiración antes de que ella asintiera.

—La haré pasar al despacho.

La monja desapareció. Elettra dobló una vez más la carta del ayuntamiento y la dejó sobre el alféizar.

—Supongo que usted también querrá estar.

No era una invitación. Era una constatación.

—Sí.

Ella asintió y se dispuso a avanzar por el pasillo.

Al pasar junto a él, el roce de su perfume fue mínimo.

No floral, no dulce. Algo más seco, más limpio, como hojas mojadas o madera recién abierta.

Brand tuvo que resistir el impulso profundamente impropio de seguirla demasiado de cerca.

En el pequeño despacho, Lilianne ya se había quitado los guantes y los dejaba sobre una silla con la energía contenida de quien aún no ha decidido si prefiere la ironía o la guerra.

Vestía de oscuro, como casi siempre, y traía la lluvia en el borde del abrigo y en el brillo frío de los ojos.

—Qué alegría —dijo al ver a Brand—. Siempre soñé con empezar el día entre un burócrata y un Charpentier.

—Y tú siempre has tenido pesadillas muy caras —respondió él.

Lilianne dejó escapar un sonido casi parecido a una risa.

Elettra le entregó la carta sin comentario. Lilianne la leyó una sola vez. No necesitó dos. La forma en que apretó los labios fue más elocuente que cualquier exclamación.

—Qué rápidos se vuelven los hombres cuando huelen una oportunidad de corregir a una mujer —murmuró.

—O de castigarla —dijo Elettra.

Lilianne alzó la vista.

—Eso viene después. Primero corrigen para poder llamarlo justicia.

Brand se mantuvo de pie junto a la biblioteca pequeña del despacho, con las manos a la espalda.

Desde allí las veía a ambas: Lilianne, afilada, aristocrática incluso en la furia; Elettra, recta y silenciosa, con esa clase de fuerza que no necesitaba adornarse para volverse visible.

Entendió entonces que lo que defendían no era solo un edificio ni una obra de beneficencia.

Defendían una forma de autoridad femenina que París toleraba únicamente mientras pudiera ponerle nombre, marido o agradecimiento.

—Necesitamos los registros listos —dijo él—. El carbón, las mantas, las reparaciones, todo. Quiero verlos antes del mediodía.

Lilianne elevó una ceja.

—“Quiero”. Mira qué rápido te apropias de las batallas ajenas.

—Míralo menos y ayúdame más.

—Oh, lo haré. —Le sostuvo la mirada—. Pero no confundas utilidad con derecho, Brand. Este lugar no se vuelve tuyo porque vengas a salvarlo con el ceño fruncido.

Elettra guardó silencio y ese silencio le dolió un poco más de lo razonable, porque quiso, absurdamente, que ella dijera algo a su favor.

No lo hizo.

—No he dicho que sea mío —contestó él.

Lilianne dobló la carta con precisión.

—No. Pero lo pensaste con la postura.

Elettra apartó la vista hacia la ventana para que nadie notara la sombra casi imperceptible de una sonrisa.

Brand la vio de todos modos y, pese al documento, pese al ayuntamiento, pese al recuerdo sucio de Elizaveta aún clavado como una astilla bajo la piel, sintió algo extrañamente parecido al deseo de quedarse allí más tiempo del necesario.

Eso fue lo más alarmante de toda la mañana.

Porque Brand conocía el deseo, conocía la tentación, conocía incluso la humillación de caer.

Lo que no conocía bien —o no con esa claridad— era el impulso de permanecer y Elettra, de pie entre papeles, tiza y lluvia, empezaba a parecerle exactamente eso: el tipo de mujer junto a la que un hombre podía cometer la imprudencia gravísima de querer permanecer.