Capítulo 31 #2
Era la primera vez en toda la colaboración que Claudia usaba el nombre sin el apellido, sin el Dr. Vega, sin ninguna de las formas de distancia institucional que había mantenido desde la primera llamada. Daniel no dijo nada. Tampoco era necesario. Colgó.
Marcos llamó veinte minutos después. La conversación duró menos de un minuto: Marcos preguntó si habían completado el proceso, Daniel confirmó que sí, Marcos dijo que el GIM necesitaría un informe completo antes de fin de semana.
La misma eficiencia de siempre. Pero al final, antes de colgar, una pausa de tres segundos.
Y luego, sin más: «Bien.» Una sola palabra.
Con un peso que Marcos no solía poner en las palabras de una sola sílaba.
El mensaje de Herrera llegó a las once de la mañana: «Ya lo sabía.» Tres palabras. Daniel respondió con una sola: «Sí.» Herrera no contestó. No hacía falta.
Sara pasó toda la mañana con el portátil abierto, analizando los datos del cruce.
No como un trabajo pendiente: como la manera que Sara tenía de procesar lo que le había ocurrido, la misma herramienta que usaba para todo lo que todavía no podía manejar solo con palabras.
Daniel preparó más café. Lo llevó al salón y dejó la taza al lado del portátil sin decir nada.
Ella la cogió sin levantar la vista de la pantalla: el gesto de alguien que está en el trabajo y que acepta lo que se le da sin interrumpir lo que está haciendo.
Daniel se sentó a su lado en el suelo. No como colaborador: como testigo.
Había algo en observar a Sara trabajar esa mañana que era diferente de cómo había sido siempre: antes, Sara analizaba los datos del proceso desde fuera.
Ahora analizaba algo que había vivido. Los datos tenían un referente diferente.
De vez en cuando Sara anotaba algo en el cuaderno. De vez en cuando levantaba la vista y miraba la ventana con la persiana echada. De vez en cuando se palpaba la mejilla izquierda, los nudillos, verificando que el estado era el mismo de cinco minutos antes.
Las marcas no avanzaron durante todo el día. Ni las de Sara ni las de Daniel.
A las dos de la tarde Sara cerró el portátil.
—La señal de Elena —dijo. Señaló el monitor: la banda inferior, pulsando ahora con una regularidad que durante dos años la señal de Elena nunca había tenido.
Más firme. Sin los valles que habían marcado el agotamiento.
Como si al redistribuir la carga, la señal hubiera encontrado su verdadero ritmo.
—El sistema todavía la registra en la misma banda.
Pero lo que registra ya no es la señal de alguien sosteniendo desde dentro.
Es la cuarta señal, desde dentro de la membrana.
Como si Elena fuera ahora parte de lo que la membrana emite cuando está en estado de receptividad.
—Una pausa—. Carvalho lo describió en la sesión cuarenta y tres: «estar siendo algo que yo todavía no puedo ser».
Eso es lo que Elena es ahora. No ausente.
Siendo algo que antes no podía ser porque toda su energía la empleaba en sostener la membrana.
Daniel pensó en los veinte segundos que había sostenido el peso de Elena dentro de la membrana. En lo que ese peso era. En lo que se sentía cuando dejaba de ser tuyo porque alguien llegaba para compartirlo.
—¿Y tú? —dijo—. La cuarta señal. ¿Cuánto tiempo vas a seguir sintiéndola?
Sara miró el monitor. Luego miró a Daniel .
—Creo que no va a desaparecer. —Una pausa—. Creo que yo tampoco voy a ser exactamente la que era antes.
Se quedó mirando las manos durante un momento: los nudillos con las espirales, la mejilla con la marca. No como quien enumera pérdidas. Como quien hace inventario de lo que tiene.
—¿Qué hacemos ahora? —dijo.
No era una pregunta de protocolo ni de plan inmediato.
Era la pregunta real: lo que venía después de todo esto.
El laboratorio sellado en el tercer piso del Instituto.
El GIM con su agenda. Claudia en Lisboa con su red y sus archivos.
Herrera en Carabanchel con sus cuadernos de papel cuadriculado.
Y ellos dos, en el suelo del apartamento de Barquillo, con la señal de Elena transformada en el monitor y la cuarta señal integrada en la señal de Sara y dos años de protocolo que ahora eran la base de algo que todavía no tenía nombre.
—No lo sé todavía —dijo Daniel—. Pero tampoco hay que saberlo hoy.
Sara asintió. Era la respuesta correcta y los dos lo sabían: lo que venía después no tenía que decidirse en las primeras horas después de que algo que había llevado dos años en construirse terminara de construirse. Había tiempo. Por primera vez en mucho tiempo, había tiempo.
—Nadie que llegue hasta aquí vuelve siendo exactamente el mismo —dijo Daniel.
Sara asintió de nuevo.
—¿Tú sí? —dijo .
Daniel pensó en la mano izquierda que esa mañana había cerrado y abierto sin retraso. En la señal del monitor, más estable de lo que había sido en meses. En lo que había entendido en los veinte segundos del relevo que no había podido entender en dos años de cruces.
—No —dijo.
Sara asintió una última vez. Como quien ha verificado algo que necesitaba verificar y puede dejarlo estar.