Capítulo 28 #2
—Cuatro por ciento. —Sara miró el monitor—. Está bajando más despacio. Por debajo del cinco la aceleración se reduce. Tenemos tiempo hasta el amanecer.
Daniel contó las opciones. No como ejercicio mental: las dijo en voz alta, en orden, para que existieran en el espacio entre los dos y no solo dentro de su cabeza donde podía seguir dándoles vueltas sin elegir.
—Opción uno: no cruzamos. Elena llega a cero.
La membrana colapsa sin cruce sincronizado, sin relevo, sin nada que amortigüe la diferencia de presión.
Lo que hay al otro lado entra. —Pausa—. Opción dos: cruzo solo.
No funciona. Lo sé desde Arael. El cruce individual no estabiliza: erosiona.
En el tiempo que me queda de margen antes de que la mano falle definitivamente, puedo hacer dos cruces más, tres si tenemos suerte.
Cada uno consume dos puntos de la señal de Elena. A cero antes de que llegue al umbral.
Sara lo miraba sin moverse.
—Opción tres: cruzamos juntos. Sin dispositivo.
Los dos, hasta donde haya que llegar. Tú en la posición de relevo, yo completando la integración.
—Hizo una pausa—. Si funciona, la membrana se estabiliza.
Elena puede soltar. El campo deja de expandirse.
Jan Koller en Hamburgo tiene una segunda crisis menos.
Los seis tienen tiempo de ser encontrados antes de que crucen solos.
—¿Y si no funciona? —dijo Sara.
—Si no funciona, tú ya has estado en la posición de relevo el tiempo suficiente para que el proceso te marque. Como Elena. Como Teresa.
Silencio. Sara miraba el monitor. No a Daniel: el monitor, las señales corriendo, el cuatro por ciento de Elena.
—Lo sé —dijo Sara—. Lo supe desde aquel cruce involuntario.
Cuando me puse en la posición y sentí lo que era ese sitio.
—Una pausa muy breve—. Por eso no te pregunté en ese momento.
Porque si me lo decías, tenía que decidirlo en frío, con tiempo, y eso siempre es más difícil.
—Sara levantó la vista del monitor—. Esta noche.
El amanecer de noviembre en Madrid llegaba a las ocho y cuarto. Tiempo suficiente. Desde las dos de la madrugada hasta las ocho y cuarto había seis horas. Seis horas era suficiente para dormir, revisar, intentarlo de nuevo.
* * *
Sara miró la mochila junto a la puerta. Luego miró a Daniel.
—No lo sé todavía —dijo en voz baja—. Si puedo volver a cruzar contigo esta noche.
No lo decía para herirle. Lo decía porque era verdad: el cruce sincronizado requería que ambos estuvieran completamente dentro de la misma intención, sin reservas, sin la parte de cada uno que se preguntaba si el otro iba a volver a activar algo en el último momento.
Y Sara no sabía todavía si podía soltar esa reserva.
Dio un paso hacia la mochila.
Entonces vibró el teléfono.
Claudia.
—La señal de Elena está en el tres por ciento. He estado monitorizandola desde Lisboa. —Una pausa—. La ventana de receptividad cierra antes del amanecer. ¿Tienen el dispositivo?
—El mío está gastado —dijo Daniel—. Sara tiene el suyo.
Silencio en la línea. Más largo que los silencios habituales de Claudia.
—Hay algo que nunca te dije sobre Teresa —dijo Claudia—. No te lo dije porque creía que si lo sabías ibas a dejar de confiar en el proceso. Pero lo que ha ocurrido esta noche me dice que no contártelo fue un error mío, y los errores hay que nombrarlos.
Daniel esperó.
—Teresa no fue a Torija porque Saraiva se lo pidió.
Saraiva se lo propuso y Teresa eligió. Pasó dos semanas pensándolo antes de decir que sí.
Me lo dijo a mí. Me dijo que era lo que quería hacer, que si alguien tenía que anclar el cruce de Elena era ella, porque era la única persona de la red que entendía suficientemente bien el proceso y porque quería ser parte de algo que importaba de esa manera.
—La voz de Claudia era más baja que de costumbre—.
Saraiva no la obligó. Yo no la convencí.
Teresa eligió. Lo que ocurrió en ese puente no fue un accidente ni una víctima.
Fue una persona que tomó una decisión con la información que tenía.
—¿Por qué no me lo dijiste desde el principio?
—Porque si te lo decía ibas a pensar que yo te estaba pidiendo lo mismo que Saraiva le pidió a Teresa.
Y tenía miedo de que te negaras por las razones equivocadas.
—Una pausa—. Ahora creo que lo que te impide terminar esto no son las razones equivocadas.
Son las correctas. Solo que están mirando hacia el lado que ya no corresponde.
Colgó.
No había elegido bien el momento para contarlo, o sí: había esperado hasta esta noche, hasta que el error de Daniel le diera una razón que pesara más que el miedo a lo que esa verdad pudiera cambiar. Igual que todos los demás.
Sara lo había escuchado sin moverse. Estaba de pie, a medio camino entre el centro del salón y la mochila junto a la puerta. El teléfono todavía estaba en la mano de Daniel.
Tardó. No en entender lo que Claudia había dicho: en entender lo que eso significaba para ella.
Teresa había elegido. Elena había elegido.
Y si eso era verdad, si las personas que entraban en ese proceso lo hacían con la información suficiente para elegir, entonces Sara también había elegido.
No la habían arrastrado. No la había manipulado el proceso ni Daniel ni Claudia.
Había llegado a un laboratorio con sus propios instrumentos y sus propias preguntas y había decidido cruzar y había decidido quedarse y había decidido entender.
La mochila junto a la puerta. Sara la miró durante un momento.
Luego volvió al centro del salón.
Dejó la mochila en el suelo, pero no junto a la puerta. En el centro, donde podía verla. Como recordatorio de que era una elección, no una obligación.
—Teresa eligió —dijo Sara, en voz baja.
—Sí.
—Y Elena eligió.
—Sí.
Sara miró el monitor del GIM. El tres por ciento de Elena. Su propia señal, alta, generativa, sin el ritmo regular de antes. La marca en la mejilla izquierda, que Daniel podía ver desde donde estaba sentado y que Sara no ocultaba.
Daniel miró el dispositivo vacío en el suelo. La marca en su cuello que había llegado al lóbulo de la oreja hacía días. Las espirales de las manos de Sara que habían llegado a los nudillos. El tres por ciento de Elena bajando.
—Esta noche —dijo—. Sin dispositivo. Los dos, hasta donde haya que llegar. —Se detuvo—. Si llegas donde llegaste antes, quédate. Es donde tienes que estar. No voy a activar nada.
Sara lo miró durante un momento largo.
—¿Con convicción o con miedo?
Daniel tardó. No buscando la respuesta que le gustara: buscando la que era verdad.
Había algo en esa pregunta que solo Sara podía hacer de esa manera: no preguntarle si estaba preparado, no preguntarle si iba a poder, sino preguntarle con qué estaba yendo.
Esa diferencia importaba. Preparado o no preparado era una pregunta de protocolo.
Con convicción o con miedo era una pregunta sobre lo que había debajo del protocolo.
—Con las dos cosas. No sé si puedo prometerte que voy a ser diferente de lo que soy. Pero sé lo que he hecho mal esta noche y sé exactamente por qué lo hice, y eso es distinto a no saberlo.
—¿Es suficiente?
—No lo sé. Pero es lo que hay.
Sara asintió.
—De acuerdo.
Se quedó mirándolo un momento antes de levantarse. Daniel no dijo nada. No había nada que añadir.
Se levantó. Fue a la cocina. Volvió con dos vasos de agua. Le dio uno a Daniel. Bebió el suyo de pie, mirando la ventana con la persiana echada.
—Necesitamos dormir. Tres horas como mínimo.
El umbral necesita señales estables, no señales de gente que lleva veinte horas despierta con las marcas en la cara y los dedos temblando.
—Sara dejó el vaso sobre la mesa—. La señal de Elena llegará al dos por ciento antes del amanecer.
Cuando llegue a ese punto, te despierto.
Fue al salón. Movió la mesa hacia la pared como había hecho antes del primer intento. Despejó el espacio entre las dos posiciones. Puso el monitor del GIM en el suelo. El portátil con la señal de Elena visible desde cualquier ángulo.
El dispositivo de Herrera, el de Sara, el que no había usado. Lo cogió del bolsillo de la chaqueta. Lo miró. Lo dejó sobre la mesa .
—Ya no lo necesito —dijo—. Si esta noche llegamos donde tenemos que llegar, el dispositivo no cambia nada. Y si no llegamos, tampoco. —Hizo una pausa breve—. Herrera lo guardó durante dos años. Esperó a que alguien viniera a buscarlo. Ese momento ya pasó y ya hizo lo que tenía que hacer.
Se tumbó en el suelo, en el mismo sitio de antes. A un metro del sitio de Daniel.
Daniel se tumbó a su lado. El techo del apartamento de Barquillo. La farola de la calle filtrándose por la persiana.
La mano izquierda falló a los tres minutos de tumbarse.
No el pinchazo habitual en los dedos: esta vez empezó en el hombro.
Bajó hasta el codo. Bajó hasta la muñeca.
Los cinco dedos se cerraron solos, involuntariamente, con una fuerza que Daniel no les estaba dando, y tardaron cuatro minutos en abrirse.
El pinchazo en la base del cráneo duró más que el episodio.
Fue la primera vez que la secuencia llegó al hombro.
No le dijo nada a Sara. Escuchó su respiración hasta que se estabilizó en el ritmo del sueño. Luego cerró los ojos.
La señal de Elena en el tres por ciento. Bajando poco a poco, despacio, con paciencia.
La cuarta señal pulsó una vez en el monitor. Limpia. Cuatro segundos exactos. Luego silencio.
Daniel cerró los ojos por fin.
Fuera, Madrid a las tres de la madrugada.
El tráfico que no paraba nunca, la ciudad sin saber nada de ninguna de estas cosas, el mundo funcionando con la misma normalidad de siempre mientras en el suelo de un apartamento de la calle Barquillo dos personas esperaban que la señal de Elena llegara al dos por ciento y que el amanecer, con la luz fría de noviembre, no llegara antes de que hubieran tenido tiempo de hacer lo que les quedaba.