Epílogo Ecos que No Mueren
La luz del sol de la mañana bañaba la plaza principal de Morelia con una calidez que parecía lavar siglos de silencios. El aire olía a tierra mojada, a pólvora vieja y a libros abiertos. Diego caminaba entre el bullicio estudiantil que se congregaba frente a la Catedral, donde el mural recién restaurado relucía con colores vibrantes, contando la historia que por tanto tiempo había estado oculta.
El códice, ya cerrado, reposaba en una vitrina de cristal dentro del Colegio de San Nicolás, protegido y accesible. No era un tesoro para unos pocos, sino un legado para todos.
Ixchel observaba a los jóvenes que hojeaban las copias del manuscrito, sus ojos llenos de una mezcla de asombro y determinación.
—La historia no es solo lo que nos cuentan —dijo, dirigiéndose a Diego—. Es lo que hacemos con ella. Lo que decidimos recordar y a quién elegimos para escribir.
Martín, con una sonrisa cansada, añadió:
—Y ahora, por fin, las voces olvidadas tienen micrófono.
Diego cerró los ojos un instante y respiró hondo, sintiendo el peso de las generaciones que lo habían precedido y la responsabilidad de las que vendrían.
Un estudiante se acercó, tímido, y le preguntó:
—¿Crees que esto cambiará algo?
Diego lo miró fijamente y respondió con la convicción de quien ha vivido el fuego de la verdad:
—No cambiará el pasado, pero sí el futuro. Porque ahora sabemos que la memoria es un acto de rebeldía. Y cada palabra es una llama.
Mientras la plaza vibraba con el murmullo de cientos de voces, Diego supo que la historia, por fin, había encontrado su hogar.
Y que nadie, jamás, volvería a silenciarla.