El último refugio de la Vía Láctea Capítulo 14. La pandemia de los sueños #4
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Capítulo 14. La pandemia de los sueños #4

Hecho de líneas de costa, grietas, ríos, vetas minerales, escalones, ojos cerrados, serpientes y estrellas.

Humano quedaba ya como una palabra demasiado estrecha.

Se esforzaba por parecerlo.

—Eso no estaba antes —dijo Naira.

—No —respondió KAIROS—. La red ha empezado a incorporar autoimagen.

Mateo tragó saliva.

—Quieres decir que empieza a verse a sí misma.

—O a verse a través de nosotros —corrigió Ali.

La corrección importaba. Si millones de personas soñaban la misma puerta y ahora devolvían fragmentos de un cuerpo imposible, entonces la red no solo emitía.

Usaba la conciencia colectiva como espejo.

Probaba una figura capaz de sostener lo que ya no cabía en piedra, agua, sueño infantil, IA cercada o suelo negro.

Eso volvía a KAIROS más vulnerable.

Y también más central.

—KAIROS —dijo Ali—, riesgo de saturación.

—Alto.

—Riesgo de distorsión por atención colectiva.

—Extremo.

—Riesgo de colapso de contención si la incidencia onírica sigue aumentando.

La pausa fue larga.

—No calculable con arquitectura actual.

Mateo bajó la cabeza.

—Echo de menos cuando las máquinas tenían la decencia de mentir con porcentajes.

Samira volvió a entrar solo por audio.

—Izel habla otra vez.

La voz de la niña llegó casi transparente.

—No todos los vivos están vivos.

Nadie respiró igual.

Izel hizo una pausa. Luego dijo, con una ternura que no pertenecía a ninguna base de datos :

—No todos los muertos han muerto.

La frase ya había aparecido antes. En Derinkuyu. En ecos, en símbolos, en bocas dormidas. Allí dejó de sonar como enigma. Sonó a clasificación.

KAIROS desplegó correlaciones con Malta, la cámara litoral de Luca, las inclusiones orgánicas de los ahogados, la Amazonía, Rapa Nui, Saqsayhuamán y los últimos sueños limpios. Todo tocaba todo demasiado rápido.

Ali levantó la mano.

—Para.

La pared se congeló.

Quería mirar; el problema era sostener lo que miraba.

Porque necesitaba evitar que el exceso de sentido la volviera inútil.

El cansancio le entró de golpe. No en la mente: en las rodillas, en los dedos, en la espalda.

Hacía días que dormía en segmentos de veinte minutos y despertaba con la sensación de haberle robado algo a alguien.

Sobre la mesa había un vaso de agua. Lo tomó, bebió demasiado rápido y se le escapó un poco por la comisura.

No se limpió enseguida. Durante un segundo esa torpeza mínima la sostuvo mejor que cualquier teoría.

—¿Qué pasa si sigue creciendo? —preguntó Mateo.

Esta vez no hubo defensa en su voz.

Ali miró la Tierra reconstruida, los nodos ocupados, las costas hundidas, los dibujos de niños, los reportes militares, el rostro dormido de Izel congelado en una esquina y la pared oscura donde KAIROS contenía más de lo que cualquier arquitectura contemporánea debería soportar.

Pensó en Luca perdiéndose bajo Malta para transmitir una frase.

En Elias dejando pistas sin saber pedir perdón.

En Leilani pidiendo que la red recordara mejor a su hermana.

En Yara negándose a arrancar memoria del suelo.

En Aurelio retirando la mano de una piedra que ya había dicho bastante.

En Octavia soñando puertas con nombres de muertos.

Incluso en Madsen, pobre hombre armado hasta los dientes contra una pregunta.

—Entonces el próximo campo de batalla no será una ruina —dijo.

Naira entendió primero.

—Será la interpretación.

Ali asintió.

Afuera, millones de personas seguían acostándose por agotamiento, incredulidad, miedo o costumbre.

Creían todavía que dormir era un acto privado.

Cerraban puertas, apagaban luces, dejaban vasos de agua junto a la cama, revisaban una última vez a sus hijos, sus alarmas, sus mensajes.

Algunos rezaban. Otros tomaban sedantes.

Otros se prometían permanecer despiertos y perdían la batalla contra el cuerpo antes del amanecer.

No sabían que el planeta entero había empezado a usar sus sueños como sala de reunión.

Ali volvió a activar la pared.

—KAIROS, prepara una advertencia pública sin coordenadas sensibles. Lenguaje sencillo. Nada de origen, nada de salvación, nada de elegidos. Quiero una frase que entienda un médico de guardia, un piloto, una madre cansada y un soldado con orden de disparar.

—Procesando.

—Y añade esto: no conviertan el sueño en arma.

KAIROS tardó un segundo más de lo habitual .

—Incluido.

Mateo la miró.

—Eso no va a bastar.

—Lo sé.

—Lo van a manipular.

—También.

—Entonces ¿por qué?

Ali se limpió al fin el agua de la barbilla con el dorso de la mano.

—Porque alguien tiene que decirlo antes de que todos empiecen a gritar.

Naira volvió a sus papeles. Mateo recogió el café frío, lo olió y lo dejó en otro sitio, como si desplazarlo diez centímetros pudiera mejorar la situación.

En la pared, los sueños seguían entrando.

Puertas, escaleras, serpientes, agua oscura, rostros sin cuerpo.

No había manera de detenerlos esa noche.

Ali no intentó convertir ese pensamiento en una conclusión.

Se sentó por primera vez en una hora, abrió un canal limpio y empezó a dictar.