Capítulo 10. La selva que fue jardín #4
El regreso fue más brusco. El segundo vehículo tomó una ruta distinta, más estrecha.
Ramas golpearon la carrocería. Una vez tuvieron que detenerse para mover un tronco caído que quizá no había caído solo.
Nadie lo dijo. Ali empujó con los demás.
El barro ya le había subido hasta media pantorrilla.
Se rascó una picadura en el cuello hasta hacerse daño.
En mitad del trayecto, KAIROS habló por el canal interno.
—Si la hipótesis es correcta, la humanidad no está descubriendo una historia olvidada.
Ali se agarró al marco cuando el vehículo saltó sobre una raíz.
—No termines esa frase como si estuvieras escribiendo una placa conmemorativa.
Hubo una pausa.
Mateo sonrió, agotado.
—Acabas de regañar a una inteligencia artificial por estilo literario.
KAIROS reformuló :
—Los datos sugieren que ciertos sistemas de memoria nunca dejaron de operar. Su legibilidad ha aumentado.
—Mejor —dijo Ali.
—Menos bonito —añadió Mateo.
—Exactamente.
Yara, desde el asiento delantero, miró por el retrovisor.
—Que no sea bonito no significa que sea menos peligroso.
El zumbido del dron quedó atrás o fingió quedar atrás.
Al llegar a la pista, una lluvia repentina empezó a caer con violencia casi vertical.
No refrescó el aire. Lo volvió más denso.
El grupo descargó lo imprescindible bajo el aguacero.
La aeronave tardaría once minutos en estar lista.
Once minutos eran una eternidad cuando alguien estaba triangulando tu posición.
Ali se refugió bajo el ala y abrió la unidad física de Yara en modo aislado. Las lecturas estaban ahí: suelo, geoglifo, vapor, cerámica integrada, correlaciones con sueños, firma de carbono, capas de humedad. También había un archivo que Yara no había mencionado.
Audio.
Ali la miró.
—¿Qué es esto?
Yara tardó un momento en responder.
—Tainá.
La lluvia golpeaba el ala con tanta fuerza que tuvieron que acercarse para oírse.
—¿Quieres que lo escuche?
—No quiero. Pero creo que debes.
Ali activó el fragmento.
Primero se oyó selva nocturna. Después una voz de mujer, joven, cansada, con un acento que los filtros suavizaron demasiado. Hablaba en portugués mezclado con una lengua local que KAIROS no intentó invadir de inmediato. Yara hizo un gesto. La IA tradujo solo las partes autorizadas.
«Si mañana entran con máquina, no van a encontrar lo que buscan. Van a romper lo que los mantenía fuera. Diles eso. Diles que la tierra no guarda para quien no devuelve».
El audio terminó con un golpe, una respiración y algo parecido a una risa breve.
Yara apagó la pantalla.
—La grabó dos días antes de morir. No quería sonar importante. Odiaba sonar importante.
Ali tragó saliva. Se quedó sin frase útil y, por una vez, no intentó fabricarla.
—La incluiré —dijo al fin—, pero no como prueba sin permiso.
—Como advertencia —dijo Yara.
Yara asintió. Parecía más cansada que al llegar. Más humana también, y quizá por eso más difícil de mirar.
La aeronave abrió la compuerta.
Antes de subir, Ali notó algo pegado a su bota izquierda. Se agachó. No era cerámica, ni muestra, ni nada que pudiera servir en un informe: una semilla oscura atrapada en el barro de la suela.
La quitó con cuidado y la dejó en el borde de la pista, donde la lluvia ya estaba formando un pequeño hilo de agua.
Yara la vio hacerlo.
—Eso sí puedes devolverlo.
Ali se limpió los dedos en el pantalón. La mancha no salió.
Subieron deprisa. Naira ocupó el asiento junto a la ventana y cerró los ojos sin dormir. Mateo se dejó caer enfrente, todavía con barro en la oreja. Yara no subió. Se quedó bajo la lluvia, junto al borde de la pista, con dos personas de su equipo detrás. No alzó la mano. No hacía falta.
Cuando la aeronave empezó a elevarse, KAIROS desplegó una última capa sobre la pantalla lateral. La señal de triangulación se había desviado. El claro mostraba solo vegetación, humedad, ruido térmico y una ausencia bastante convincente.
—¿Encontrarán algo? —preguntó Mateo.
Ali miró la selva cerrándose debajo.
—Barro, si tienen suerte.
Naira abrió un ojo.
—Y si no.
KAIROS no esperó a que se lo pidieran. En el mapa global, los nodos conocidos volvieron a iluminarse: White Sands, Palenque, Cholula, Malta, Rapa Nui, Derinkuyu, Amazonía. Durante un segundo, una línea nueva apareció al suroeste andino. No como destino confirmado. Como insistencia.
Saqsayhuamán.
Naira lo vio y dejó de fingir que descansaba.
—Eso es mío —dijo.
No sonó orgullosa.
Ali miró el barro bajo sus uñas, la unidad de Yara sellada en su regazo y la gota de lluvia que se había quedado pegada al cristal.
La Amazonía no les había dado una reliquia ni una puerta.
Les había quitado otra coartada. La memoria no estaba esperando en lugares muertos.
Seguía funcionando dentro de sistemas vivos, y cada intento de poseerla podía convertirse en una forma de asesinato.
La aeronave ganó altura .
Abajo, la selva dejó de ser legible. Volvió a parecer solo selva.
Ali entendió que esa era una de sus formas de defenderse.
Y, por primera vez en muchos días, decidió no pedirle a KAIROS que corrigiera la imagen.