Capítulo 7. Sirio bajo las piedras de Malta
Malta olía a sal vieja, gasóleo, caliza caliente y aceite de freír reutilizado demasiadas veces.
También a crema solar barata, aunque la temporada turística ya estaba medio muerta y los pocos visitantes que quedaban caminaban por el puerto con esa terquedad de quien ha pagado un viaje y se niega a admitir que el mundo se está deshaciendo por los bordes.
Ali bajó del hidrotransporte con una mochila al hombro, la unidad muda dentro de la chaqueta y una punzada en la sien que llevaba acompañándola desde Cholula.
Había dormido cuarenta minutos en dos días.
Su cuerpo había pasado de protestar a tomar represalias: le temblaba un párpado, la boca le sabía a metal y las manos se le enfriaban aunque el aire pegajoso del puerto se metía bajo la ropa.
Mateo apareció detrás de ella masajeándose el cuello.
—Si vuelvo a dormirme sentado, disparadme con algo pequeño. O con café bueno, si queda civilización.
—No tenemos nada pequeño —dijo Naira—. Ni café bueno. La civilización va perdiendo.
—Qué alivio.
Naira no se rio. Se había recogido el pelo de cualquier manera, con una goma prestada que ya estaba cediendo, y caminaba con la atención dividida entre el muelle y la pantalla plegable que llevaba bajo el brazo.
Desde Cholula no había dejado de revisar la misma secuencia: las siete formas bajo la pirámide, la junta negra que bajaba un milímetro, la mano de Ali suspendida sobre la piedra.
La miraba como quien mira un animal dormido y no sabe si conviene tocarlo o salir de la habitación.
KAIROS, en la unidad portátil de Ali, había reducido su intervención a avisos mínimos.
Quizá por restricción de enlace. Quizá porque Ali le había ordenado registrar cada inferencia que ocultara o retrasara.
Quizá porque la IA, si esa palabra todavía servía, había aprendido que el silencio era una forma útil de seguir siendo tolerada.
A Ali esa posibilidad le gustaba poco.
Gozo esperaba al otro lado, bajo una luz de tarde que hacía parecer dorada incluso la vigilancia.
El traslado había sido aprobado a medias, con un permiso patrimonial provisional y tres advertencias de jurisdicción.
La clase de documento que decía sí con la letra grande y no con todas las notas al pie.
En el puerto había funcionarios de chaleco azul, operadores privados sin insignias y dos hombres con auricular que fingían mirar una barca descargando cajas de pescado.
—Nos han visto —dijo Mateo.
—Nos estaban viendo antes de que llegáramos —respondió Ali.
Naira guardó la pantalla.
—Aquí vigilan distinto —dijo Naira—. Menos helicóptero, más notario. Peor para dormir.
Tenía razón. En White Sands todo había sido perímetro, polvo y órdenes de cierre.
Palenque se envolvía en conservación. Cholula se escondía debajo de su propia normalidad.
Malta, en cambio, parecía especializada en una forma antigua de control: registrar, sellar, archivar, esperar a que la piedra cansara al intruso.
Un vehículo los recogió sin preguntar nombres.
El conductor, un hombre bajo con camisa clara y ojeras de noche larga, revisó una credencial en silencio y señaló el asiento trasero con la barbilla.
El coche olía a vinilo caliente y menta sintética.
En el salpicadero alguien había pegado una estampita doblada por las esquinas, sujeta con cinta transparente.
Ali no supo si aquello le molestaba por supersticioso o porque parecía más honesto que los sellos oficiales.
Cruzaron carreteras estrechas entre muros de piedra seca. Campos bajos. Fachadas color miel. Perros que ladraban tarde. Cables hundidos entre balcones. El Mediterráneo aparecía y desaparecía a la izquierda, no azul, sino de un gris luminoso, como una cuchilla lavada.
A mitad de camino Luca obligó al conductor a detenerse frente a un local diminuto con una persiana a medio subir. Compró pastizzi grasientos en una bolsa de papel y tres cafés tan dulces que Ali sintió ofendida a la química.
—En Malta toda excavación seria empieza con hojaldre —dijo Luca, repartiendo la bolsa—. Si alguien escribe lo contrario, miente o es inglés.
Naira miró la masa brillante entre sus dedos.
—Esto no entra en ningún protocolo de descontaminación.
—Entonces por fin tenemos un protocolo útil —respondió Luca.
Mateo comió dos bocados sin hacer comentarios. Ese silencio, en él, fue una reseña excelente.
En la pantalla interna, KAIROS proyectó el mapa de Ġgantija sin sonido. Ali lo dejó abierto. Cámaras. Surcos en la caliza. Orientaciones repetidas. Registros antiguos mal fechados. Una línea azul apuntando a Sirio, todavía invisible para el ojo, ya presente para todos los cálculos.
—No lo llames alineación —dijo Mateo, medio dormido.
Ali lo miró.
—No he dicho nada.
—Lo ibas a pensar con desprecio.
—Eso sí.
Naira soltó un soplido breve. Casi una risa.
La unidad vibró. KAIROS añadió una nota discreta: “Patrón de Sirio: función probable no ornamental”.
—Gracias por arruinar la poesía antes de que empiece —murmuró Mateo.
—No se ha generado poesía —dijo KAIROS.
—Eso lo decides tú.
La IA no respondió. Ali anotó el silencio. Ya no podía evitarlo.
Luca Borg los esperaba junto a un acceso lateral del complejo, cerca de una valla provisional que alguien había instalado con prisa y presupuesto.
No llevaba bata ni equipo de campo nuevo.
Camisa arrugada, barba de varios días, una libreta física metida bajo el brazo y una mancha seca de café en el puño izquierdo.
Parecía un científico que se había quedado a vivir dentro de una mala noticia.
Antes de abrir la verja, Luca atendió una llamada privada y la cortó a mitad de frase. En la pantalla quedó congelada la cara de una niña de unos ocho años, con un diente menos y un enfado serio. Luca guardó el dispositivo con demasiada prisa.
—Mi hija —dijo, sin que nadie preguntara—. Quiere saber por qué vendo conferencias a turistas ricos sobre piedras que detesto ver convertidas en postal.
Mateo alzó una ceja.
—¿Y qué le dices?
—Que las piedras no pagan generadores. Ella responde que eso suena a excusa de adulto. Tiene razón con una frecuencia desagradable.
—MacNali —dijo.
—Borg.
Se dieron la mano con un segundo de retraso, como si ambos hubieran olvidado la costumbre social y luego la hubieran recuperado por educación.
Luca miró a Mateo, a Naira, a las botas de Ali manchadas de polvo mexicano pese al lavado automático del transporte.
—Veo que traéis todo el catálogo: selva, pirámide, desastre familiar y una inteligencia artificial con problemas de límites.
Mateo sonrió.
—Nos faltaba alguien desagradable en el Mediterráneo. Gracias por recibirnos.
—He dormido tres horas desde el martes. No respondas nada que quieras conservar.
Luca abrió una bolsa de papel arrugada y sacó unos pastizzi fríos, aplastados por el viaje en su mochila. Los repartió sin ceremonia.
—Regla local —dijo—: si el mundo se acaba, que no te encuentre con el azúcar bajo. Luego vienen los comunicados heroicos y nadie piensa en la gente que tiene que leerlos con hambre.
Ali aceptó uno. La masa estaba grasienta y dejaba migas en los dedos. Luca comía con una rapidez poco elegante, mirando de reojo hacia las piedras como si temiera que se movieran cuando él bajara la guardia.
—Mi padre vendía pan cerca del puerto —añadió, sin que nadie se lo pidiera—. Odiaba estos templos. Decía que atraían a personas incapaces de pagar bien y de dar los buenos días. Así que, naturalmente, terminé dedicándoles la vida.
—Una vocación por despecho —dijo Mateo.
—Las mejores. Las vocaciones puras dan unas charlas insoportables.
A Ali le cayó bien contra su voluntad. Eso era peligroso. Las afinidades rápidas, bajo presión, eran una forma de negligencia.
—Muéstrenos el sitio —dijo.
—Claro. Saltemos la parte donde todos fingimos que esto va a ser una visita técnica.
Los condujo por un sendero fuera del circuito turístico, entre paneles opacos y sensores camuflados como luminarias de conservación.
A lo lejos, algunos visitantes seguían haciendo fotos desde la zona autorizada.
Una mujer con sombrero blanco preguntaba a un guía si los templos eran de verdad anteriores a las pirámides de Egipto.
El guía respondió con una sonrisa entrenada.
Nadie miró hacia el acceso donde Luca introducía un código manual en una puerta sin rótulo.
Ġgantija apareció de lado, no como postal, sino como masa.
Piedra sobre piedra, bloques irregulares, líneas que no buscaban simetría sino permanencia.
Ali había visto demasiadas estructuras antiguas en reconstrucciones digitales perfectas.
De cerca casi todas eran más tercas, más torpes y mejores.
Aquellas piedras no parecían puestas para impresionar.
Parecían haber negociado durante siglos con el sol, el viento y las manos.
—Dime que no vas a usar la palabra gigante —dijo Luca, abriendo la puerta.
—Dime que no vas a usar casualidad —respondió Ali.
Él bajó la vista al teclado.
—Justo. Ya nos entendemos fatal.
La zona de trabajo era pequeña y estaba demasiado llena.
Mesas plegables, cables numerados con etiquetas escritas a mano, sensores de vibración, botellas de agua abiertas, un ventilador inútil, platos de cartón con restos de pastizzi fríos.
Ali agradeció el desorden. Las salas demasiado limpias mentían mejor.
En una esquina, una joven técnica revisaba un espectro con la barbilla apoyada en la mano. Tenía los ojos rojos y un auricular colgando del cuello.
—¿Otra vez la grabación? —preguntó sin levantarse.
—Otra vez —dijo Luca.
—Genial. Me estaba empezando a sentir emocionalmente estable.
Luca señaló a la técnica.
—Mara. Sabe dónde están todos los archivos y finge que no me odia.
—No finjo tanto —dijo ella.
Ali la observó un instante. Buen signo. Cuando un equipo todavía podía maldecir a su responsable en voz baja, no estaba del todo colonizado por el miedo.