El último vídeo
Lo encontró tres días después, y no en el ordenador, sino en una cuenta de almacenamiento en la nube que Adrián había abierto con un correo que Rosa no conocía.
Y a la que llegó por pura terquedad, probando contraseñas, hasta que dio con una: el nombre de su perro muerto y el año.
Dentro había una sola carpeta, llamada «POR SI ACASO», y dentro de la carpeta, un único vídeo, grabado la tarde del último domingo de agosto, horas antes de la verbena, antes del muelle, antes de todo.
Rosa lo abrió con el corazón en un puño. Y apareció la cara de su hijo.
Adrián, sentado en su cuarto, mirando a la cámara, serio, con esa seriedad de las últimas semanas que ahora Rosa entendía del todo. Hablaba en voz baja, como si tuviera miedo de que lo oyeran.
«Vale. Esto es por si acaso. Por si me pasa algo. Espero que no, espero estar viendo esto dentro de un año y riéndome de lo paranoico que era. Pero por si acaso.»
Tragó saliva, miró hacia la puerta, siguió.
«Me llamo Adrián Soler, tengo quince años, y he descubierto que mi familia se hizo rica matando a un hombre.
Hay un coche en el fondo de la Cala de los Muertos, con el cuerpo de Emilio Fontán, el socio de mi abuelo, que desapareció en el 84.
Tengo los vídeos. Tengo los recortes. Está todo en mi ordenador y copiado aquí.
Lo dejo por si acaso, para que no se pierda, para que si a mí me pasa algo, se sepa. »
Hizo una pausa. Y entonces dijo lo que le partió el alma a Rosa:
«Esta noche voy a hablar con mi padre. En las fiestas.
Voy a darle la oportunidad de hacer lo correcto.
De ir él mismo a contarlo, de limpiar esto, de ser, por una vez, mejor que el abuelo.
Porque yo quiero a mi padre. Aunque haya hecho cosas, aunque sepa cosas, es mi padre, y quiero creer que va a hacer lo correcto si yo se lo pido.
Si estáis viendo esto, es que no lo hizo.
Es que elegí mal. Es que confié en que mi padre era mejor de lo que es.
» La voz se le quebró un poco, voz de niño todavía.
«Si veis esto, decidle a mi madre que la quiero.
Que la contraseña de mi ordenador es su cumpleaños porque ella es la única en quien confío de verdad en esta familia.
Y decidle que no se calle. Que pase lo que pase, no se calle.
Que en este pueblo todos se callan siempre y por eso pasan estas cosas. Que ella no se calle. Por mí.»
Y el vídeo terminaba ahí.
Rosa lo vio cuatro veces, llorando, abrazada a sí misma en el cuarto de su hijo.
Su niño había sabido. Había sabido que era peligroso, lo bastante para dejar un seguro, «por si acaso».
Y aun sabiéndolo, había decidido darle a su padre la oportunidad de hacer lo correcto, porque lo quería, porque a los quince años todavía se cree que el amor puede más que la cobardía.
Había confiado en Julián. Y Julián, en lugar de hacer lo correcto, en lugar de ir a contarlo como le pedía su hijo, había corrido a avisar a los socios de que el crío sabía. Había elegido la fachada. Y al elegirla, había firmado la sentencia de Adrián.
«Decidle a mi madre que no se calle.»
Rosa cerró el ordenador. Se secó la cara.
Y supo que ese vídeo era la última voluntad de su hijo, su testamento, y que iba a cumplirla hasta el final.
No se iba a callar. Iba a llevar ese vídeo a la sargento, iba a hacer que se reprodujera en el juicio, iba a hacer que el pueblo entero, y el país entero si hacía falta, oyera a un chico de quince años pedirle a su padre que hiciera lo correcto y a su madre que no se callara.
Iba a convertir la voz de su hijo en lo que su hijo había querido que fuera: una prueba imborrable contra el silencio.
El vídeo no decía dónde estaba Adrián. No respondía la única pregunta que Rosa habría dado la vida por responder.
Estaba grabado antes, cuando su hijo aún estaba vivo, aún confiado, aún esperando lo mejor de su padre.
No había en él ninguna pista sobre la última noche, sobre los socios, sobre el destino del cuerpo.
Era una despedida sin saberlo, un mensaje en una botella lanzado por un niño que todavía creía que no le haría falta.
Pero era su voz. Y su voz, ahora, no se iba a poder callar nunca. Eso, al menos, ya nadie se lo podía quitar a Rosa. Le habían quitado el cuerpo de su hijo. La voz, no.