Los papeles
La sargento mantenía a Rosa informada de lo que podía, porque había desarrollado por aquella mujer un respeto que iba más allá de lo profesional.
—Lo del dinero lo vamos a poder demostrar —le dijo una tarde, en su despacho de la Comandancia—.
Es lento, es aburrido, son miles de folios, pero es sólido.
Las obras del puerto se pagaron al triple.
La depuradora se facturó dos veces. Hay empresas que cobraron del ayuntamiento y que no tienen ni un trabajador dado de alta, sociedades pantalla.
Y todo eso lleva, de una manera u otra, la firma o el visto bueno de su marido como concejal de Urbanismo.
Eso es blanqueo, es malversación, es prevaricación.
Eso cae. Su marido va a responder de eso, y no es poco.
—¿Y los de fuera? —preguntó Rosa—. ¿Los que ponían el dinero que se blanqueaba?
La sargento hizo una mueca.
—Ahí es donde se complica. El dinero sucio entra en efectivo, por las calas, sin rastro.
Lo blanqueamos hasta cierto punto: vemos dónde sale limpio, en las obras.
Pero seguir el rastro hacia atrás, hasta los que lo meten, hasta los nombres de arriba, ahí se pierde.
Usan testaferros, sociedades en cadena, paraísos.
Es como seguir el humo. —Lo dijo con la frustración del que ha chocado muchas veces con la misma pared—.
Le voy a decir una cosa que no debería, pero usted se la ha ganado: nosotros vemos la sombra.
Sabemos que hay una organización grande detrás, que opera en toda esta costa, que usa pueblos como el suyo de lavadero, que tiene gente, métodos, paciencia.
La vemos. Pero verla no es atraparla. Atrapamos a los peones de aquí: a su marido, al del chiringuito, a algún intermediario.
Los de arriba siguen. Y mientras sigan, buscarán otro pueblo, otro concejal, otro lavadero.
Es como la marea, Rosa. Limpiamos una playa y la marea vuelve a traer la basura a otra.
Rosa escuchaba, y aunque le dolía la impotencia, agradecía la honestidad.
La sargento no le vendía una justicia triunfal de película.
Le contaba la verdad fea de cómo funcionan estas cosas: que se atrapa a los de abajo y se ve, impotente, a los de arriba.
Que la justicia, en estos casos, es siempre parcial, una victoria a medias sobre un enemigo que es más grande que cualquier pueblo.
—Hay una empresa —dijo la sargento, hojeando un informe—, una constructora, que aparece como adjudicataria de parte de las obras del puerto.
Una sociedad de fuera de la provincia. Construcciones Delsur, S.L.
—leyó del papel—. Ya ve, un nombre que no dice nada, anodino aposta, de esos que se eligen para no quedarse en la memoria de nadie.
La estamos mirando porque el patrón de facturación es de los típicos de blanqueo.
Pero le digo una cosa: esta constructora no es solo de aquí.
La hemos visto, o empresas de su grupo, en obras de otros sitios, otros pueblos, otras provincias.
Y hay otra, una de transportes, Transportes Arenal, que figura moviendo material por toda la costa para las mismas obras, siempre cobrando de más, siempre en los mismos papeles.
Van juntas, la que construye y la que transporta.
Es de las que van dejando rastro por media España.
—Cerró el informe—. Si algún día se llega al fondo de algo así, no será por un pueblo.
Será por juntar muchos pueblos, muchas piezas pequeñas de muchos sitios, hasta dibujar el mapa entero.
Pero eso es trabajo de años, y de mucha gente, y de mucha suerte.
Yo no lo veré, probablemente. Yo me jubilo dentro de poco habiendo atrapado peones toda la vida y habiendo visto pasar a los reyes de lejos.
Rosa apuntó en su cuaderno los dos nombres, Construcciones Delsur y Transportes Arenal, sin saber bien por qué.
Por instinto, el mismo que la había llevado a copiar todas las pruebas por triplicado, el de que nada que oliera a aquella trama debía perderse.
Dos sociedades anodinas, fáciles de olvidar, apuntadas con letra apretada en la última página.
Pero eso, como decía la sargento, era trabajo de años y de mucha gente. Por ahora, Rosa solo tenía un nombre anodino en un cuaderno, un marido camino de la cárcel, un hijo en ningún sitio, y un buceo pendiente en una cala. Era poco.
Y era, a la vez, más de lo que nadie había conseguido nunca contra aquella sombra. Una grieta. Una primera grieta en una muralla que parecía no tenerlas.
Por las grietas, pensó Rosa guardando el cuaderno, es por donde acaba entrando la luz. Aunque tarde años. Aunque haga falta juntar muchas.