El último domingo de agosto (Pueblos que callan 2) La hemeroteca
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La hemeroteca

—Vino varias tardes —le contó la mujer—.

Un crío educadísimo, con una libreta. Pedía los periódicos viejos, los de los años ochenta.

Los de aquí, los provinciales. Se pasaba las horas pasando microfichas.

Yo le pregunté un día qué buscaba, por curiosidad, un crío así entre periódicos de antes de que naciera.

Y me dijo que estaba investigando una historia de su pueblo.

Que iba a ser periodista. —La bibliotecaria sonrió con tristeza al saber lo que había pasado—.

Tenía algo, el chaval. Esa cosa de los que no se conforman.

Encontró lo que buscaba, además. Me acuerdo de que un día vino a la mesa muy alterado, con una microficha, y me pidió que se la imprimiera.

Una noticia vieja. La de un hombre desaparecido.

Su hijo había hecho, en un verano, con quince años y una libreta, el trabajo de investigación que ningún periodista, ninguna Guardia Civil, ningún juez había hecho en cuarenta años.

No porque fuera más listo que todos ellos, aunque era listo.

Sino porque era el único que quería saber.

Los demás, los adultos, los profesionales, no habían investigado lo de Fontán por una razón muy simple: porque nadie se lo había pedido.

Porque la familia dijo que se había marchado, porque no había denuncia, porque para qué remover.

Adrián había investigado porque, a diferencia de todos ellos, a él sí le importaba la verdad. Le importaba con esa intensidad pura de los quince años, cuando uno todavía cree que la verdad importa por sí misma, antes de que la vida le enseñe a sopesar la verdad contra la comodidad.

Rosa leyó la libreta de su hijo una y otra vez, sentada en la cama de él, y en cada lectura lo quería más y lo lloraba más.

Su niño había sido bueno. Bueno en el sentido más antiguo y más raro de la palabra: incapaz de convivir con una injusticia conocida.

Había descubierto que su familia se había hecho rica sobre un crimen.

Y en lugar de callar y disfrutar de la riqueza, como habían hecho su abuelo y su padre y como habría hecho cualquiera, había decidido que eso no se podía consentir.

Que había un hombre en el fondo del mar que merecía justicia.

Que un muerto no se podía dejar enterrado bajo las casas y los barcos de su propia familia.

A los quince años. Cuando la mayoría de los adultos del pueblo, con cuarenta, cincuenta, sesenta años, habían decidido lo contrario.

—Era mejor que todos nosotros —le dijo Rosa esa noche al ordenador apagado, a la libreta, al cuarto vacío de su hijo—. Eras mejor que todos nosotros, Adrián. Y por eso te mataron. Porque en este pueblo, ser bueno es lo más peligroso que se puede ser.

Y guardó la libreta con las microfichas y las anotaciones en la misma carpeta blindada donde guardaba todas las pruebas, porque aquella libreta de colegial, con su cronología hecha a mano y su «el dinero empezó cuando desapareció Fontán» subrayado tres veces, era también una prueba.

La prueba de que su hijo no había muerto por una fantasía, sino por una verdad que él solo, con una libreta y un autobús a la hemeroteca, había sido capaz de reconstruir mejor que cuarenta años de silencio cómplice.