El Último Billionaire (Santaolalla nº 3) Epílogo
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Epílogo

Dos años después

El naranjo del jardín de Chamberí dio fruta por primera vez en octubre.

No muchas. Siete naranjas, de piel gruesa y color intenso, que el encargado recogió una mañana de martes y dejó en una caja de madera junto a la puerta. Diego las vio al salir del trabajo. Llamó a Daniela desde el coche.

—Hay naranjas.

—¿Cuántas?

—Siete.

—Trae dos. Las otras que se las quede el encargado.

Diego llegó a casa con dos naranjas envueltas en papel de estraza. Daniela estaba en la cocina, con el pelo recogido y una camiseta de él que le quedaba grande. Sofía —que ese fin de semana estaba en Madrid— levantó la vista desde el libro y arrugó la nariz.

—Huelen fuerte.

—Son de verdad —dijo Diego, dejándolas sobre la encimera—. Del árbol.

Sofía se acercó, las olió con seriedad y asintió, como si acabara de confirmar una hipótesis.

Cinco días después, la madre de Daniela recibió por correo una fotografía: las dos naranjas abiertas sobre un plato blanco, junto a una taza de café y el brazo de Diego al fondo, fuera de foco. El mensaje solo decía: Las primeras.

Los lunes seguían siendo de silencio compartido.

A veces en el piso de Salamanca. A veces en el despacho de la séptima planta, cuando la semana lo exigía.

Trabajaban uno frente al otro, o uno al lado del otro, con el mismo tipo de concentración que habían descubierto años atrás.

De vez en cuando Diego dejaba un café junto al portátil de ella sin decir nada.

De vez en cuando Daniela corregía una frase de algún discurso suyo y se la devolvía con tres palabras escritas al margen: Más directo. Tú.

Rodrigo la planta había crecido tanto que tuvieron que cambiarla de maceta dos veces.

Ahora ocupaba una esquina del salón, cerca de la ventana, y Sofía le hablaba cuando creía que nadie escuchaba.

Daniela la había oído una vez decirle, en voz muy baja: “No te mueras, por favor. Eres la única constante de esta casa además de ellos dos”.

Sofía cumplió quince años en marzo.

Pidió dos cosas: una cena solo con su padre y Daniela, y que nadie mencionara el divorcio de sus padres como si fuera una herida abierta. “Ya no lo es”, dijo con esa claridad suya que a veces resultaba casi brutal. “Es información antigua”.

Durante la cena, en un restaurante italiano discreto de Chamberí, Sofía les contó que había empezado a escribir relatos.

Cortos. Observacionales. “Sobre personas que creen que están escondiendo algo y no se dan cuenta de que se les nota”.

Diego y Daniela intercambiaron una mirada por encima de la mesa. Sofía fingió no verla.

Al final de la noche, mientras esperaban el coche, Sofía se acercó a Daniela y le dijo, sin preámbulo:

—Gracias por no intentar ser mi madre.

Daniela la miró.

—Nunca lo intenté.

—Lo sé. Por eso funciona.

Claudia Vega mandó una tarjeta en Navidad.

Solo una vez. Dos años después de la votación. El sobre era grueso, el papel de buena calidad. Dentro, una frase escrita con tinta negra:

Lo que construiste sigue en pie.

Eso también cuenta.

No había firma.

No hacía falta.

Diego la dejó sobre la mesita de noche durante tres días. Luego la guardó en el mismo cajón donde tenía la tarjeta de visita que Daniela había conservado desde el principio.

Un domingo de noviembre, llovía.

Estaban los tres en el sofá. Sofía en un extremo, con los auriculares puestos y el portátil sobre las rodillas.

Diego en el centro, con un libro abierto y las gafas —encontradas, como siempre, en el segundo de los tres sitios posibles—.

Daniela recostada contra su costado, mirando la lluvia resbalar por el cristal.

En un momento dado, sin que nadie lo propusiera, Sofía se quitó un auricular y dijo:

—El año que viene quiero hacer el viaje de estudios a Lisboa.

Diego bajó el libro.

—¿Lisboa?

—Sí. —Sofía los miró a los dos—. Quiero ver el mirador ese del que nunca habláis pero que os pone caras raras cuando alguien menciona la ciudad.

Daniela sintió la risa subirle por el pecho. Diego negó con la cabeza, pero la comisura de su boca se había movido.

—Hay más de un mirador —dijo él.

—Ya. Pero solo uno os importa.

Ninguno de los dos respondió.

No hacía falta.

Esa misma noche, cuando Sofía ya se había ido a dormir, Diego y Daniela se quedaron en la cocina a oscuras, compartiendo un vaso de agua porque ninguno de los dos quería café.

—¿Te arrepientes de algo? —preguntó ella de pronto.

Diego tardó en contestar. Miró el vaso, luego a ella.

—De haber tardado tanto en aprender a quedarme.

Daniela asintió.

—Yo de haber creído que quedarse era lo mismo que perderse.

Se miraron.

El reloj de la cocina marcó las doce y cuatro.

Diego dejó el vaso, le sujetó la cara con las dos manos y la besó. Despacio. Con la misma quietud de siempre y con toda la certeza que habían construido desde aquel primer viernes en el que ella se quedó hasta tarde y él le dijo lo del café de la máquina buena.

Cuando se separaron, Daniela apoyó la frente en la de él.

—Sigo aquí —susurró.

Diego cerró los ojos.

—Ya lo sé.

Y en el piso de Salamanca, con la lluvia golpeando los cristales y Sofía dormida al fondo del pasillo y Rodrigo la planta respirando en silencio junto a la ventana, había algo que ya no necesitaba nombre.

Era simplemente la vida.

La que habían elegido.

La que seguían eligiendo.

Cada martes.

Cada miércoles.

Cada jueves que nadie menciona.