El Último Billionaire (Santaolalla nº 3) Capítulo 14
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Capítulo 14

El dieciséis de mayo amaneció con el sol de Madrid que en mayo ya tenía calor pero no el del verano. La luz correcta. La que había elegido Daniela cuando dijo que mayo era el mes en que había empezado a creer que la dirección era correcta.

Daniela lo vio desde la ventana del dormitorio a las siete menos cuarto.

Diego dormía.

Ella se había despertado a las seis y cuarenta y había estado veinte minutos mirando el techo alto que ya no necesitaba dar respuestas.

Solo era un techo.

Pero era el suyo.

A las siete, Diego se despertó.

La miró.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días.

Diego miró la luz por las persianas a medio bajar.

—Hace sol —dijo.

—Sí.

—Bien. —Se levantó.— Café.

Fue a la cocina.

Daniela se quedó en la cama un momento más.

Pensó en la primera vez que había estado en este dormitorio. Meses atrás. La manta que había aparecido durante la noche porque Diego la había puesto sin despertarla. El techo alto. El frío del aire donde había estado su mano.

Pensó en todo lo que había pasado entre ese momento y este.

Y pensó en que este, el del dieciséis de mayo con el sol entrando, era exactamente lo que había elegido.

Se levantó.

Fue a la cocina.

Diego le dio el café sin que lo pidiera.

Se sentaron en la barra como todos los días.

El silencio de siempre.

—¿Cómo estás? —dijo Diego.

No sobre el día. La pregunta de siempre.

—Bien —dijo Daniela.— Del tipo que produce saber que hoy es el tipo de día que es.

—¿Qué tipo de día es?

—El correcto. —Lo miró.— ¿Y tú?

—Igual. —Una pausa.— Del tipo que produce haber llegado al sitio al que querías llegar.

—¿Y es como pensabas?

Diego la miró.

—Mejor. —Sin pausa.— Siempre es mejor cuando se llega que cuando se imagina.

Daniela lo miró.

—¿Lo aprendiste de alguien?

La comisura de Diego.

—De varios sitios.

A las nueve llegó Sofía.

Con la mochila del tamaño grande esta vez, que era la mochila de las ocasiones que no eran normales. Y con una caja pequeña bajo el brazo que no explicó de inmediato.

—Buenos días —dijo Sofía.

—Buenos días. —Diego la miró.— ¿Qué hay en la caja?

—Flores. —Sofía la abrió.— Para el jardín. Las traje yo porque Daniela dijo que quería que fuera nuestro y nuestro incluye que yo traiga algo.

Eran flores pequeñas. Blancas. Del tipo que no intentan ser más de lo que son.

—Sofía —dijo Daniela.

—¿Sí?

—Son perfectas.

—Lo sé. —Sofía cerró la caja.— Las eligió mi madre.

—¿Cristina eligió las flores?

—Le mandé tres opciones por foto y eligió estas. —Sofía fue al salón a dejar la mochila.— Dijo que eran las correctas porque no intentan ser lo que no son.

Diego miró a Daniela.

Daniela miró a Diego.

—Cristina y Sofía —dijo Daniela en voz baja.

—Ya. —Diego bebió el café.— Dieciocho años siendo madre e hija con suficiente tiempo para conocerse bien.

—¿Te alegra?

—Sí. —La miró.— Completamente.

La madre de Daniela llegó en tren a las diez y media.

Daniela la fue a buscar mientras Diego y Sofía estaban en el piso.

En Chamartín, cuando su madre salió del andén con la maleta pequeña y el bolso y el abrigo ligero de primavera, Daniela pensó en la última vez que había ido a buscarla.

En el coche de vuelta después de los tres días de agosto.

En lo que su madre le había dicho en la ventana del salón.

Es callado. Pero está.

—Hola mamá.

—Hola cariño. —La abrazó.— ¿Hace sol?

—Desde las siete.

—Bien. —Su madre la miró.— ¿Cómo estás?

—Bien. Del tipo que se nota en la voz.

—Ya lo sé. —Su madre cogió la maleta.— Lo oigo desde el teléfono.

En el coche, su madre miraba Madrid desde la ventana.

—¿Nerviosa? —dijo.

—No. —Daniela lo pensó.— ¿Debería estarlo?

—No. Solo pregunto.

—¿Por qué preguntas si sabes la respuesta?

Su madre sonrió.

—Para que la digas tú.

Daniela lo miró de reojo.

—No estoy nerviosa. —Pausa.— Estoy presente.

—Eso es mejor que estar nerviosa.

—Sí.

Su madre asintió.

Siguieron en silencio hasta Salamanca.

Lucía llegó a las doce con una botella de cava y la expresión de quien ha estado esperando este día desde la llamada del metro hace casi dos años.

—Dani. —La abrazó.— Estás bien.

—Ya te lo dije.

—Lo oigo. Pero necesitaba verlo. —Lucía la miró.— Estás bien del tipo que se ve, no del tipo que se dice.

—¿Hay diferencia?

—Mucha. —Lucía entró al piso.— Hola Diego.

Diego la miró.

—Lucía.

—¿Estás nervioso?

—No.

—¿Seguro?

—Completamente.

Lucía lo miró durante un segundo.

—De acuerdo. —Fue a buscar a Sofía.— Sofía, cuéntame del libro que estás leyendo.

Sofía la miró.

—¿Sabes que Daniela me habla de ti?

—¿Bien o mal?

—Bien. Con precisión.

Lucía sonrió.

—Entonces me caes bien. Cuéntame del libro.

Y Sofía y Lucía se sentaron en el sofá con el libro y la conversación que siguió durante veinte minutos mientras el piso se llenaba despacio con las personas que importaban.

Rodrigo llegó a la una.

Carmen con él, que era la primera vez que Carmen entraba en el piso aunque llevara dos años siendo parte de todo lo que pasaba dentro.

Carmen miró la librería.

—Las secciones están bien organizadas —dijo.

—Sofía las organizó —dijo Diego.

—Ya lo sé. —Carmen miró a Sofía.— Bien hecho.

Sofía la miró.

—Gracias. —Pausa.— ¿Eres tú la que me confirma el calendario de papá?

Carmen no cambió la expresión.

—A veces.

—¿Cuántas veces?

—Las necesarias.

Sofía asintió.

—De acuerdo.

Rodrigo miró a Diego.

Diego miró a Rodrigo.

—Dieciséis meses —dijo Rodrigo.

—Más o menos —dijo Diego.

—Desde el primer día en la sala de juntas.

—Más o menos.

Rodrigo la miró.

—¿Cuándo lo supiste tú?

Diego lo pensó.

—En la presentación del primer día. Cuando no bajó la voz.

Rodrigo asintió.

—Yo también. —Pausa.— Por eso llamé a Daniela cuando Casal apareció. No a nadie más.

Diego lo miró.

—Lo sé.

—De nada. —Rodrigo cogió el cava que había traído Lucía.— ¿A qué hora es esto?

—A las cinco.

—Perfecto. Tenemos tiempo.

Marta llegó a las dos desde Asturias, donde el puente seguía adelantado según el calendario.

El primer consejero independiente, que se llamaba Arturo y que resultó ser un hombre de sesenta y tantos con la curiosidad tranquila de alguien que ha visto muchas cosas y ha aprendido a valorar las que merecen valor, llegó a las tres.

Arturo miró el piso.

Miró la librería.

Miró a Daniela.

—El análisis fue bueno —dijo.

—Gracias.

—No es un cumplido. Es un hecho. —Pausa.— Los hechos no necesitan agradecimiento.

Daniela lo miró.

—¿Se lo enseñó alguien o lo aprendió solo?

Arturo la miró.

—¿Qué?

—Decir los hechos sin envolver.

—Solo. —Arturo miró a Diego.— Aunque me parece que no soy el único en esta sala.

Diego asintió.

—No. —La comisura.— No lo es.

A las cuatro y media salieron del piso hacia Chamberí.

Caminando, porque mayo en Madrid con sol y sin urgencia merece caminarse.

Trece personas. Daniela y Diego en el centro sin haberlo planeado. Sofía a la izquierda de Diego con las flores blancas en la caja. La madre de Daniela a la derecha de Daniela. Lucía detrás con Rodrigo. Marta con Carmen. El consejero independiente con el paso tranquilo de quien no tiene prisa.

El barrio de Salamanca con el sol de las cinco que todavía duraba.

La gente pasando. Madrid completamente indiferente.

Como siempre.

Como había sido siempre.

El jardín de los naranjos olía a tierra húmeda y a primavera.

Los cinco naranjos sin naranjas todavía, como Diego había dicho, pero con las hojas verdes y brillantes del árbol que es lo que es independientemente de la estación.

El encargado los esperaba.

Habían decidido que no habría ceremonia larga. No discurso ni lectura preparada. Solo lo que querían decir ellos dos, que Diego había escrito en el cuaderno de la mesita de noche y que Daniela había escrito en el bloc que llevaba desde el principio.

Y el juez, que era amigo de Rodrigo y que llegó puntual con la misma naturalidad de los hombres que hacen las cosas bien sin necesitar que se note.

Se colocaron en el jardín.

Las trece personas que importaban.

Los naranjos.

La luz de mayo.

El juez habló brevemente.

Los nombres. La fecha. Lo que la ley requería y que era simple y suficiente.

Luego:

—¿Queréis decir algo?

Diego abrió el cuaderno.

Daniela lo miró.

Diego tenía las páginas escritas con la letra apretada y vertical de siempre. Las palabras de alguien que había pensado suficientemente lo que quería decir para no necesitar florituras.

—Daniela —dijo.— Llevas casi dos años enseñándome que quedarse no es el principio de perder algo sino el principio de construir algo.

—Pausa.— Que el silencio compartido es diferente al silencio solo.

Que las cosas que cuestan tiempo son las que duran.

Y que la dirección importa más que el mapa aunque el mapa ayude cuando existe.

—Otra pausa.— Elijo quedarme. Todos los días.

Por las razones correctas y no por ninguna otra.

Daniela lo miró.

Abrió el bloc.

—Diego —dijo.— Llegué a tu empresa con una carpeta y la decisión firme de no complicarme.

Me complicaste de todas formas y te lo agradezco.

—Una pausa.— Aprendí de ti que la honestidad sin adorno es la forma más respetuosa de querer a alguien.

Que estar presente no se declara, se muestra.

Y que las cosas que se construyen sin atajos duran más que las que buscan el camino corto.

—Otra pausa.— Elijo quedarme. No porque sea lo más fácil. Sino porque es lo más verdadero.

El jardín estaba quieto.

Los naranjos.

La luz.

Las trece personas que importaban.

El juez habló.

Los anillos.

El sí.

Y luego, en el jardín de los naranjos de Chamberí ese dieciséis de mayo, fue tan simple como eso.

No dramático.

No incompleto.

Solo real.

Sofía fue la primera en hablar después.

—Los naranjos huelen bien —dijo.

—Sí —dijo Daniela.

—¿Lo sabías antes?

—No. —Daniela lo miró.— Ahora lo sé.

Sofía asintió.

—Bien. —Fue a dejar las flores blancas al pie del naranjo más cercano.— Cuando volvamos en otoño para ver cómo están, tendrán naranjas.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque en primavera florecen y en otoño dan fruto. —Sofía se giró.— Es botánica básica.

Diego la miró.

—¿Cuándo aprendiste botánica?

—Cuando Rodrigo la planta tuvo las hojas amarillas. —Sofía se encogió de hombros.— Busqué.

La madre de Daniela se acercó a Diego.