El último aullido (Lobo 3) Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

El carcelero frenó mi ataque con su hoja, pero había alzado demasiado la diestra desprotegiendo su costado.

Veloz, deslicé mi hoja girándola para repeler la suya y embestí contra él.

Mi espada se hundió en su carne, la ligera vibración que me transmitió el arma me indicó que había llegado a la costilla.

Arrastré mi acero fuera de su cuerpo y el hombre cayó de rodillas, tan consternado que miró su largo tajo sin dar crédito. En aquel instante hundí la punta en su garganta, ensartando su cuello de parte a parte.

Le di un puntapié en el pecho para derribarlo y liberar mi hoja.

Valdis me alcanzó. Martín se quedó en la entrada para enfrentar la llegada de más soldados. Los presos nos miraron ansiosos, asustados por el humo que nos acompañaba e impresionados al ver a dos mujeres avanzando por el corredor espada en mano.

De pronto, una idea iluminó mi cabeza.

Estaba segura de que la misma llave abriría todos los candados. Sería una llave maestra, sin duda. Era más que improbable que cada una de las puertas tuviera una cerradura distinta, con la cantidad de calabozos que había en aquella prisión.

Decidí comprobarlo y me detuve ante la primera que encontré. Un hombre anciano y decrépito se acercó con semblante esperanzado.

Introduje la llave y la giré sin problemas. Se oyó un chasquido y el pestillo saltó. El hombrecillo empujó la puerta y se abrió.

Su desdentada sonrisa en aquel rostro ceniciento mostró gratitud.

Mi intención no era tan altruista como creyó el anciano, sino que pretendía crear el caos necesario para poder escapar entre aquella masa de presos exaltados con la libertad.

Un humo denso comenzó a perseguirnos, señal de que el fuego nos alcanzaba.

En un principio no me preocupó el regreso, pues como mucho tendríamos que saltar una alfombra de fuego, pero no pude evitar recordar el aterrador incendio que había vivido al poco de mi llegada a Skiringssal siendo esclava.

El pánico que nos invadió a Jimena, a Blanca y a mí encerradas en aquella cabaña que el fuego devoraba fue una experiencia aterradora.

Jamás olvidaría el olor de la carne quemada procedente de las piernas de Blanca.

Aparté aquel recuerdo y me centré en abrir todas las celdas y en alentar a los prisioneros a escapar todo lo rápidamente que pude.

El tiempo apremiaba, así que tuve que elegir al azar y sin prestar mucha atención a los presos que liberaba.

Se desató un maremágnum caótico en dirección a la entrada. Gritos, risas y confusión salieron en tropel, como si un rebaño de bueyes hubiera enloquecido escapando del matadero.

Doblamos el recodo casi a la carrera y me dirigí a la celda de Gunnar y los demás.

Cuando llegué, abrí la puerta y lo exhorté a salir.

—¡Vamos, no hay tiempo que perder!

Me precipité dentro y me abracé a él, que en aquel momento estaba siendo izado por sus hombres. Se me partió el alma al ver que apenas podía ponerse en pie sin ayuda.

Thorffin lo cargó en su espalda y los demás salieron tras él. Valdis se abrazó a su padre e ignoró a Hiram, que la miraba anhelante.

Por los ventanucos de la celda me pareció oír cascos de caballos. Intenté prestar más atención, pero en medio de la batahola de sonidos que se había desatado me fue imposible.

Los presos que no habían sido liberados alargaban los brazos suplicantes a través de los barrotes, gritando furiosos. Algunos golpeaban las rejas con lo que tuvieran a mano. El escándalo era infernal.

Me adelanté a la carrera, guiándolos. Un ominoso presentimiento se instaló en mi pecho. Algo andaba mal, pensé.

De nuevo me pareció oír relinchos y herrajes tintineando.

Miré hacia atrás. Gunnar era un fardo inerte en la espalda de Thorffin. Su cabeza bamboleaba con el traqueteo, pero no daba señales de conciencia.

Cuando llegamos a la entrada, el fuego lamía las paredes y el artesonado.

Martín había logrado apartar el heno ardiente, formando un pasillo libre de fuego.

Había volcado parte del tonel de agua encima para evitar que las llamas lo alcanzaran.

Algún que otro preso torpe o ansioso por encontrar la libertad había tropezado o había sido empujado por otros en su afán por salir y había terminado abocado a las llamas.

Vi dos cuerpos retorciéndose en el suelo convertidos en piras humanas, más los cadáveres de los carceleros que crepitaban inmóviles y calcinados.

El fétido aroma de la muerte y la carne chamuscada era insoportable allí.

Al vernos aparecer, Martín se acercó y tomó a Valdis de la cintura, estrechándola un instante contra su pecho.

Salimos a la calle justo cuando grupos de curiosos corrían hacia la prisión dispuestos a ayudar.

Mi plan era esconderlos en un desvencijado cobertizo en el interior de la necrópolis, donde se guardaba el utillaje para los enterramientos, hasta que pudiera forjar una huida segura.

Ya nos encaminábamos hacia la parte baja de la ciudad rumbo al arrabal cuando aquel sonido que había oído resonó rotundo, deteniéndome el pulso.

Una tropa de soldados a caballo apareció en la esquina.

Me llamó la atención los baluartes que ondeaban en las alabardas; parecían estandartes reales. Aquella partida no estaba allí para sofocar la fuga ni el incendio, pero, desde luego, no podrían haber sido más inoportunos.

Retrocedimos para descubrir que por la otra esquina otro séquito real nos cortaba la salida.

Reconocí el emblema que portaba el heraldo: era el mismo que ondeaba en el palacio del emir Muhammad.

Aquél era su séquito.

Comenzaron a acorralarnos. Nos apiñamos intentando protegernos los unos a los otros.

—¡Alto en nombre del emir!