Capítulo 5 #2
—Soy un hombre de ciencia —comenzó—, que trabaja en base a certezas demostrables, que busca las huellas del pasado y las une en un puzle lo suficientemente racional y veraz para poder mostrarlo al mundo, confiando en que la ciencia y la investigación lo respalden.
Pero, justamente estudiando civilizaciones extintas que con escasos recursos y mucho ingenio consiguieron levantar construcciones impresionantes, te preguntas cómo lograron en aquel entonces lo que la tecnología actual a veces ni podría.
Te preguntas cómo fue posible la sabiduría de aquellos astrónomos sin medios para realizar sus estudios.
O la exactitud en los cálculos de un arquitecto, o incluso el elevado conocimiento en materias como la medicina o la farmacología, para las que no tenían más herramientas que el ensayo y error.
Fue eso lo que me motivó a escudriñar en el pasado, en sus vestigios.
Y, durante todo este tiempo, apenas he logrado encontrar explicación a muchos de esos enigmas.
Eso hace que mi atención se enfoque en un solo punto: en lo que nos diferencia de ellos.
¿Por qué nosotros, con tanto avance tecnológico, en una sociedad moderna, con una vida cómoda y relativamente segura, amparados por leyes y arropados por un evidente bienestar social, no hemos conseguido lo que ellos? Y creo haber encontrado la respuesta.
Lo miré fascinada por su apasionada exposición, completamente absorbida por ella, ávida por aquella respuesta que seguramente compartiría. Si él supiera que hablaba con alguien de aquel tiempo, sería yo la que podría darle muchas más respuestas.
Hice un ligero ademán con la barbilla para alentarlo a continuar.
—Nosotros estamos ciegos, y ellos veían.
Supe a lo que se refería, pero guardé silencio, anhelando su explicación.
—Tener la supervivencia asegurada, vivir cómodamente y estar además acribillados por miles de estímulos externos que diariamente nos absorben y nos lobotomizan nos ha cegado.
Ha cegado nuestros más primigenios instintos.
La tecnología es nuestra venda, vivimos ciegos en un mundo que nos dice dónde debemos prestar atención.
Que nos ha convertido gracias a la televisión, la prensa, la radio y las redes sociales en un rebaño con un solo pastor: el dinero.
Ciegos, somos más fáciles de llevar al redil.
Y eso nos ha convertido casi en autómatas babeantes en busca de una conexión a internet y un enchufe a la red eléctrica.
Somos yonquis de la tecnología. Nos han hecho creer que la información es poder, pero nadie la cuestiona, y, lo que es peor, nadie se rebela.
Hizo una pausa, su mirada estaba perdida en sus pensamientos, refulgiendo con un brillo extraño, casi delirante.
—¿Y qué crees que veían ellos, nuestros ancestros?
—El mundo que los rodeaba, su propio mundo interior y, lo más importante, la conexión entre ambos.
—¿La conexión entre el hombre y la madre naturaleza? —inquirí recordando los rituales paganos que yo misma había realizado.
—En efecto, y esa conexión está rota, y el planeta perece y nosotros con él.
Se pasó ambas manos por su espeso cabello castaño y suspiró hondamente antes de clavar su mirada en mí. Sonrió con dulzura con un gesto de disculpa en el rostro.
—Te estarás preguntando adónde quiero llegar con todo esto, ¿no es así?
—En realidad me estaba preguntando por qué no hay en el mundo más gente como tú. Pero, por favor, continúa.
Una expresión inesperadamente tímida enrojeció sus mejillas. Bajó la vista un segundo y, cuando la alzó, aquellos hoyuelos emergieron de nuevo.
—Pues toda esta diatriba no es más que la razón de un hombre de ciencia para creer que este hallazgo está maldito. Y no sólo porque no creo en las casualidades, justo por mi condición, y coincidirás conmigo en que tres accidentes tan seguidos no pueden ser culpa del azar ni de la mala suerte.
Tampoco creo en la vistosa leyenda del bandolero, pero creo en algo que decidí despertar: en mi instinto. Y mi instinto me dice que dejemos el condenado drakkar en esa poza y nos vayamos por donde hemos venido.
—Pues no le haces mucho caso a tu instinto —resalté mirando el drakkar con la misma desazón que lo embargaba y tan esclava de mi deber como él.
—No, soy un hombre más incauto que irresponsable. Pero, al menos, sé a lo que me expongo, sin acallar la verdad que grita en mi interior.
—¿Y esa verdad es...?
—Que hemos despertado algo poderoso.
—¿Un hechizo?
—Posiblemente, nadie blinda un ataúd ni pega una tablilla con un mensaje que apuesto a que es admonitorio si no es para evitar que se abra. Sea lo que sea lo que albergue, no debería salir. Y nosotros lo vamos a sacar a empujones.
—La inscripción pertenece a un extraño alfabeto celta, poco común, sólo utilizado por los druidas.
La expresión de Miguel se tornó aprensiva.
—Eso respaldaría mi opinión, por desgracia.
Me encogí de hombros y, aunque intenté aparentar ligereza, no lo conseguí. Mi instinto también gritaba, tanto que me ensordecía.
—Necesito saber de qué madera está hecho el ataúd.
—Es saúco.