El último aullido (Lobo 3) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—Un tentador refugio del calor —musité admirando los techos abovedados y las piedras irregulares que conformaban los muros.

Habían convertido un sitio oscuro y húmedo en salas iluminadas con lámparas de led estratégicamente colocadas, amueblando con cómodos sofás y sillones donde poder leer o conversar disfrutando del aislamiento tanto térmico como acústico.

Me llevó a una abertura en un grueso muro y me dejó espacio para asomarme.

Abajo había una amplia pileta vacía. El antiguo aljibe.

—Barajamos la idea de convertirlo en una piscina, pero se nos iba de presupuesto. Además, la gente no viene precisamente a Toledo a bañarse. —Se encogió de hombros y agregó—: No imaginaría la cantidad de objetos antiguos que encontramos durante la excavación, retirando escombros.

—¿Qué clase de objetos? —inquirí interesada.

—Enseres personales. La mayor parte la donamos a museos.

—¿No expone lo que decidieron conservar?

—No, forma parte de mi colección privada. Le aseguro que hay cosas de lo más variopintas.

Tuve la aguda sensación de que aquel hombre intentaba despertar mi curiosidad adrede.

—¿Como por ejemplo...?

—Abalorios, alguna prenda... cosas así, incluso un juego de llaves. Una en concreto es muy peculiar.

Sentí aflorar en mí un primigenio instinto de pertenencia.

—¿Están aquí? —pregunté con una sonrisa superflua.

—No, en mi casa, sólo se las muestro a las amistades de más confianza.

—Entiendo —murmuré ocultando mi desencanto—. Tiene un alojamiento perfecto, señor...

—Diego —apostilló—, dejemos atrás el trato formal.

Me tendió la mano a modo de presentación y yo se la estreché.

—Victoria.

Aquel nombre me sonó tan desconocido que sentí como si estuviera usurpando otra identidad. Sólo Elena me llamaba por su hipocorístico, Vicky.

—Encantado.

Asentí con una sonrisa afable.

—Será mejor que me vaya, tengo una reunión de trabajo, has sido muy amable.

—Así que no eres una turista.

—No, no lo soy.

—Me alegra saber que con suerte tendré la ocasión de volver a verte.

—Si el mundo es un pañuelo, Toledo es el bordado del centro.

Diego asintió con una sonrisa.

—Un bordado hermoso y único —concretó orgulloso.

—Sin duda —coincidí—. Soy toledana, conozco cada puntada.

Me acompañó a la salida y volvió a tenderme la mano.

—No conocías los apartamentos; sin embargo, me ha parecido ver un extraño reconocimiento en tu forma de admirar la casa.

—Me recuerda a mi hogar de la infancia.

—Regresa cuando quieras entonces, mi ego siempre estará ávido de doncellas que se desvanecen ante mí.

Me guiñó socarrón el ojo y, tras una última sonrisa cordial, salí a la calle.

No di ni dos zancadas cuando vino a mi encuentro.

—Perdona, ¿cuál es tu apellido?

—Montalbán, ¿por qué?

—Para afinar la búsqueda en redes.

Abrí mucho los ojos y él sonrió tímido, encogiéndose de hombros.

—Ah, vale, y si no me encuentras busca a Gunnar Jensen, es mi marido.

Y me alejé calle abajo.

* * *

Pasear por el Centro de Conservación y Restauración de Castilla-La Mancha, mi antiguo lugar de trabajo, en la calle Cuesta del Cohete, me retrotrajo a recuerdos mucho más cercanos en el tiempo, adheridos a alguien a quien no esperaba volver a ver y que, sin embargo, acudía en aquel momento a mi mente.

.. Álex esperándome en la entrada tras concluir mi jornada laboral, y mis apasionados discursos sobre la recuperación de un artesonado en particular, o los materiales pictóricos sobre determinados lienzos o tablas, o el modo de tratar obras escultóricas en función de sus materiales lígneos o pétreos con policromías aplicadas, mientras él me rodeaba la cintura y me sonreía sin entender una sola palabra, pero feliz de ver mi entusiasmo.

Llamé a la puerta del despacho del coordinador de proyectos y abrí.

Dentro ya se encontraba mi antiguo equipo de trabajo.

—Hola, Victoria. —Mi exjefe se adelantó para estrecharme la mano—. Es un placer volver a tenerte entre nosotros.

—Hola, Manuel, el placer es mutuo.

Saludé más afablemente a dos compañeras con las que había tenido más cercanía y me presentaron a tres miembros que no conocía.

—Ellos son Álvaro, Miguel y Aurora.

Estreché más manos y compuse más sonrisas corteses.

—Parece que la frialdad nórdica te ha calado, Victoria, nos has privado de los besos tradicionales —replicó Álvaro en tono jocoso.

—Espero no privaros del motivo que me ha traído de nuevo aquí —aduje estirando una sonrisa forzada.

Manuel se acomodó las gafas de pasta sobre el puente de la nariz y me señaló un panel que había en la pared.

—Ése es el plano de la excavación.

Un plano a gran escala mostraba el lugar exacto del lecho del río de la Miel en Algeciras, donde habían encontrado el drakkar vikingo. A un lado habían clavado con chinchetas varias fotografías del terreno y de los diversos objetos que habían hallado los arqueólogos.

—Se ha encontrado también un ataúd en la bodega de la embarcación.

Abrí los ojos con asombro y fruncí a continuación del ceño.

—¿Un ataúd en un drakkar ? Eso no tiene sentido alguno. Sus ritos funerarios son paganos —repuse con marcada extrañeza.

—Conocemos sobradamente los rituales de enterramiento nórdicos — apuntó Manuel—. Ellos solían entregar a sus difuntos a las llamas para que los liberaran del yugo corporal y sus almas volaran hacia el Valhalla, junto a los objetos que los acompañaban. Pero eso no es lo más extraño de ese hallazgo.

Lo observé expectante, mientras sentía nacer en mí un agudo desasosiego.

—Lo más peculiar de todo no es eso —prosiguió regodeándose en mi atención—, sino que el ataúd está sellado con cintones de hierro y tiene una especie de cerradura extraña, como si fuera un cofre gigante. En la tapa hay una tablilla clavada a la madera, grabada con runas nórdicas.

Fruncí el ceño concentrada en la foto que me señalaba en el margen inferior izquierdo del panel.

Un ataúd recubierto de lodo había resistido los embates del tiempo todavía cobijando protector a su ocupante.

Sentí un agudo escalofrío que apenas logré reprimir.

Me abracé a mí misma, tragué saliva y me limité a asentir.

—El equipo de campo ha cavado una trinchera —agregó—, drenando toda el agua del terreno con el fin de desenterrar el casco del drakkar y poder izarlo fuera de la zanja.

Será un trabajo duro y minucioso, pero tengo la certeza de que este hallazgo aportará datos inéditos sobre la época, y sobre lo que les ocurrió a los tripulantes.

En ese momento pensé en el único hombre capaz de explicar con todo lujo de detalles lo que había ocurrido en aquel río.

—Tengo una curiosidad —comencé paseando mi mirada sobre los presentes hasta detenerla de nuevo en Manuel, que alzó ligeramente la barbilla aguardando mi pregunta—. ¿Por qué el proyecto os ha sido asignado? No está dentro de vuestra jurisdicción territorial.

—Nos han pedido colaboración. —Pareció pensar mejor su respuesta tras un gesto algo ambiguo y añadió—: En realidad tengo un amigo en el Ayuntamiento de Algeciras que me contó el hallazgo y yo lo ofrecí a nuestro equipo. Aceptaron y ahora trabajamos juntos.

Evalué la satisfecha expresión de mi exjefe, descubriendo que lo que anhelaba de aquel descubrimiento era notoriedad y posiblemente conseguir traer a Toledo algunas de las piezas recuperadas.

—Es un hallazgo muy importante que seguramente tendrá mucha relevancia en la comunidad arqueológica —aseveré—.

Desde el descubrimiento del drakkar de Oseberg, en 1904, el de Gokstad años antes, y creo que a mitad del siglo XX los barcos de Roskilde en Dinamarca, no se ha conseguido encontrar embarcaciones de la era vikinga tan bien conservadas, al parecer, y menos fuera de Escandinavia.

Entorné los ojos para escudriñar la foto de la excavación donde sobresalía ya la cubierta y se erguía altivo el fiero dragón tallado que hacía de mascarón de proa, como si una criatura inquietante husmeara sobre el túmulo de tierra dispuesta a salir a la superficie.

De repente, un fulminante puñetazo de familiaridad me golpeó implacable y tuve que cerrar un instante los ojos para recomponerme.

Bien era cierto que yo había viajado en embarcaciones como aquélla, y que posiblemente aquél bien podía ser el drakkar que nos habían llevado desde Tønsberg a Sevilla en el siglo IX, pero justo eso imprimía en mí un regusto amargo que me desazonaba en extremo.

—Mañana saldremos todos para Algeciras. Ya está el equipo completo, he logrado reunir los mejores en cada área y espero que funcionemos como una maquinaria bien engrasada.

Nos observó a todos con una marcada expresión orgullosa en su faz.

Yo sentí que esa ola evocadora del pasado iba a seguir creciendo, hasta engullirme.