El trato (El manuscrito 4) Capítulo 26 #3
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Capítulo 26 #3

—No es el vino fino de la corte de Praga, mi estimado banquero —dijo el barón con una sonrisa amarga, clavando la mirada en las llamas—.

Pero constituye lo único que don Carlos no ha sido capaz de confiscarme.

Me arrebató los feudos de la llanura, ahogó a mis vasallos con tributos extraordinarios y me relegó a esta ruina de piedra para que pereciera en el olvido.

Por ese motivo cobro su portazgo. Por pura supervivencia.

Muscho tomó la copa, sopesando las palabras del aristócrata.

Sintió el sutil calor del zafiro contra su pecho, bajo el lino, y comprendió que el destino no lo había conducido a esa fortaleza por azar.

Carlos IV se había granjeado dos enemigos: uno que blandía el acero y otro que dominaba el libro de cuentas.

—Los reyes creen que el poder emana estrictamente de las coronas y los ejércitos, barón —habló Muscho con voz pausada—.

Pero las huestes precisan vituallas y las coronas se empeñan sin remedio cuando las arcas reales quedan vacías.

El verdadero poder es invisible: camina a pie y duerme sobre la paja.

El barón enarcó una ceja, intrigado por la entereza del prófugo.

—Habláis como si todavía custodiaseis vuestra fortuna, Muscho. La guardia del rey habrá sellado vuestra residencia al amanecer de vuestra huida.

—Que se queden con los muros —respondió el hebreo, esbozando una sonrisa gélida—.

Y el oro que guardaba allí, que se lo apropien también.

Mi fortuna no cabe en una estancia, barón.

Está viva: viaja en barcos genoveses, respira en las aljamas de Aviñón y descansa en las cajas fuertes de los almojarifes de Toledo.

Carlos IV me ha convertido en un fugitivo en sus tierras, pero en los reinos de Hispania sigo siendo el hombre capaz de financiar una guerra o levantar un condado.

Muscho se inclinó hacia el fuego, fijando sus ojos oscuros y penetrantes en el noble venido a menos. La atmósfera del salón pareció mudar; el mendigo andrajoso había desaparecido y en su lugar volvía a erigirse el banquero de la Corona .

—Con mi pueblo, barón, los asuntos siempre se sellan mediante un intercambio justo.

Vos arriesgáis vuestra vida y la de vuestros monteros al dar refugio a un enemigo del rey.

Me ofrecéis vuestros muros y vuestras sendas secretas para cruzar los Sudetes.

Eso no se salda con el simple florín de vuestra escarcela.

Von Krossen se tensó en su asiento de madera.

—¿Qué estáis proponiendo exactamente, Muscho?

—Un pacto ante el Altísimo —sentenció—. Ayudadme a cruzar la frontera.

Aseguraos de que Merklin y yo alcancemos los pasos de montaña a salvo.

A cambio, en cuanto yo pise la aljama de Toledo y reactive mis letras de cambio con Florencia y Venecia, utilizaré mi red transnacional para desviar fondos hacia vuestros corresponsales en Breslavia.

Compraréis el perdón de vuestros feudos, reconstruiréis estos muros almenados con la mejor piedra de Silesia y recuperaréis el poder que Carlos IV os arrebató.

El rey tendrá la plata robada de mi morada, pero vos tendréis el oro real de mi palabra. ¿Aceptáis el pleito, barón?

El barón contempló a aquel hombre vestido de harapos que le ofrecía el retorno de su linaje.

Vio en las pupilas de Muscho una certeza absoluta, la misma fe inquebrantable que hacía titubear a los príncipes.

Lentamente, el noble extendió su mano derecha, grande y callosa por el roce del acero.

Muscho la estrechó con firmeza. En la penumbra del castillo en ruinas, el pacto quedó sellado: la espada de un barón proscrito ampararía la espina de la inmortalidad a cambio de la riqueza invisible de un banquero sin patria.

Tras pasar unos días al abrigo de la gran chimenea, Muscho y su hijo recuperaron las fuerzas necesarias para reanudar la marcha.

Esta vez avanzarían protegidos, transitando por un sendero secreto que los mantendría alejados de las patrullas del rey, quienes sin duda ya batían la región.

El banquero no se había equivocado al elegir Toledo como destino: Carlos había organizado patrullas para vigilar principalmente los caminos del norte y del oeste, convencido de que el hebreo intentaría alejarse lo más posible del Sacro Imperio en lugar de internarse en el corazón mismo de las tierras peninsulares.

Al momento de la partida, el barón von Krossen, en un alarde de camaradería y gratitud, estrechó a Muscho en un abrazo fraterno.

—Que el Altísimo guíe vuestros pasos y guarde vuestro camino, amigo —le deseó el noble, al tiempo que le entregaba un fardo con pan duro y queso para las jornadas venideras.

—Gracias por vuestro cobijo, barón. Aguardad mis noticias desde Hispania.

Muscho abandonó la fortaleza al lado de Merklin. Guiando a sus mulas y apoyados con firmeza en sus bordones de madera, se dispusieron a enfrentar el largo y peligroso sendero, esta vez flanqueados en secreto por los monteros del barón .

Capítulo 26

La Espina de Cristo

S emanas después, Muscho y su hijo habían dejado atrás la escolta armada que les había proporcionado el barón von Krossen. No obstante, no permitían que su guardia bajara; se mantenían en permanente alerta ante cualquier peligro que pudiera irrumpir en un sendero que se les antojaba interminable.

El viento de los Alpes aullaba como una manada de lobos hambrientos, arrastrando agujas de hielo que castigaban con saña los rostros de los viajeros.

El desfiladero de piedra y nieve, bordeando el abismo, parecía no tener fin.

Merklin, quien había cumplido quince inviernos apenas dos días atrás, cabalgaba con la cabeza gacha, aferrando el bordón con dedos entumecidos por la helada.

A su lado, Muscho gobernaba la otra acémila soportando un agudo dolor en las rodillas; el precio de una vida entera sentado tras las mesas de cambio de Środa le recordaba su edad a cada paso que daba la montura.

Bajo el sayo de lana burda del banquero, justo contra el pecho, el gran zafiro que ocultaba la Santa Espina se sentía extrañamente cálido.

Para el hebreo, aquella espina constituía únicamente un trozo de tallo muerto y un mito ajeno, pero representaba su única póliza de seguro contra los caprichos de Carlos IV .

De pronto, el relieve de la montaña arrojó una estructura maciza: una torre de piedra negra adosada a la roca viva que custodiaba un tosco puente de madera sobre un torrente congelado. Era el portal de portazgo del conde del Tirol.

Tres hombres de armas, envueltos en sucios capotes de piel de oso, salieron de la guardia con las picas en alto. Al frente avanzaba el recaudador, un hombre grueso de mirada rapaz que sostenía un cubilete de madera para los cobros.

—¡Alto ahí, caminantes! —bramó, y escupió al suelo—. Nadie cruza hacia el sur sin pagar el derecho de paso del señor de estas tierras. Dos dineros de plata por cabeza.

Muscho adoptó de inmediato la postura sumisa de un anciano devoto, modulando su tono para eliminar cualquier rastro de la seguridad con la que solía parlamentar ante la corte.

—Que la bendición del apóstol caiga sobre vos, buen señor —dijo, forzando una voz trémula y un cerrado acento germánico—. Somos dos pobres almas que peregrinan a Compostela a purgar los pecados de nuestra estirpe. No portamos plata, solo fe en nuestro señor Santiago.

El recaudador soltó una carcajada burlona. Sus ojos astutos barrieron las ropas del anciano hasta detenerse en el calzado: las botas de Muscho, aunque cubiertas de barro, estaban confeccionadas con un cuero demasiado flexible para pertenecer a un mendigo .

—Tenéis buena planta para ser un penitente. Y esas botas no son de aldeano. ¡Registradlos! —ordenó a sus subordinados—. Veremos si Santiago les ha llenado los bolsillos de milagros.