Capítulo 26
La muerte de la reina y la huida de Muscho
C arlos IV caminaba de un lado a otro en sus habitaciones, incapaz de asimilar el dictamen de los físicos, quienes habían clasificado la enfermedad de su esposa como desconocida.
La reina yacía en el lecho, quebrada por unas fiebres malignas y apenas tenía fuerzas para abrir los ojos.
Carlos se arrodilló junto a ella; al observar a su amada, experimentó una mezcla asfixiante de culpa y furia.
En su mente, la peste no era una simple afección, sino un castigo divino o una maldición directa.
¿Cómo se habría enterado el judío Muscho de que él no tenía intenciones de liquidar la deuda?
Se preguntó, angustiado. Nadie lo sabía, ni siquiera su canciller, Jan de Streda.
¿Acaso tendrían un valor profético las palabras que el prestamista pronunció el día de la firma?
¿O quizá estaba recibiendo el azote de Dios por haber comerciado con la Santa Espina?
Las habitaciones reales estaban sumidas en la penumbra.
El aire, cargado con el olor rancio del vinagre y las hierbas quemadas que los físicos usaban para purificar el ambiente, lo ahogaba.
¿Cómo era posible que aquella asquerosa enfermedad hubiera cruzado las fronteras de Bohemia y que Blanca fuera la única afectada?
Aunque los clérigos e investigadores insistían en que aquello no era el mal que asolaba el oeste, en la mente de Carlos no había duda: era la peste de la profecía.
Los susurros de los monjes que rezaban el salmo de difuntos en los pasillos comenzaron a confundirse en su cabeza con las últimas palabras de Muscho:
Mi señor, un rey puede engañar a sus príncipes y comprar a sus obispos con diplomacia —había advertido el hebreo—.
Pero la palabra empeñada a un judío no es un asunto entre hombres; es un pacto ante el Altísimo.
Vos me llamáis «médico» para ocultar vuestras deudas.
Pues escuchad el diagnóstico de este médico: esta corona con la Espina de Cristo es el alma de vuestro reino.
Si rompéis vuestra palabra, si decidís traicionar el pacto para no pagar lo debido, no seré yo quien os busque.
La tierra misma se pudrirá bajo vuestros pies.
Una enfermedad que ningún físico podrá curar barrerá vuestras ciudades, y el llanto de vuestro pueblo os recordará el precio de una promesa rota .
Un sacerdote se acercó con la cabeza baja, interrumpiendo sus pensamientos.
—Mi señor... la reina ha expirado.
Carlos regresó al lecho nupcial. Tomó la mano exánime de Blanca y se la llevó a los labios.
—Mi amada, mi amiga. Adiós, Blanca, y perdóname… —murmuró a su oído.
Se quedó a su lado, inmóvil, incapaz de aceptar la muerte de su esposa.
Cuando finalmente abandonó el aposento en busca de aire fresco, Jan de Streda se le aproximó en absoluto silencio y le extendió los informes del consejo junto a las copias de las actas de las «Confesiones de Saboya», que acusaban formalmente a las aljamas de envenenar las fuentes públicas.
Carlos, con la mirada perdida y la voz quebrada por el luto, sufrió un arrebato de ira.
¿Cómo había permitido el Altísimo que la reina pereciera mientras los prestamistas de la aljama seguían sanos en sus casonas?
El dolor avivó un fanatismo religioso que volvió la situación insoportable.
En un acto de desesperación y, al mismo tiempo de maquiavélica conveniencia política, estampó el sello real en una real cédula que autorizaba el castigo contra las juderías y la incautación de sus bienes, anulando de un plumazo su inmensa deuda de treinta mil florines.
Desde ese instante, el recuerdo de la corona que custodiaba la Santa Espina en poder de Muscho se transformó en una obsesión.
Debía recuperarla a cualquier precio. Ordenó a Jan de Streda que partiera de inmediato a Silesia con el cometido de confiscar la joya y desvalijar la morada del banquero; una misión que el canciller ejecutaría semanas después, regresando con las manos vacías.
A finales de 1348 y principios del año siguiente, la Peste Negra avanzaba implacable hacia Silesia.
En los mercados de Europa Central se propagaba el rumor de que los hebreos vertían ponzoña en los pozos de agua para transmitir la mortandad.
La expansión de aquella infamia no fue repentina; constituyó una ola de pánico que viajó más rápido que el propio contagio.
Los pobladores sabían que la muerte acechaba antes de constatar el primer síntoma; la histeria era generalizada.
Los encargados de difundir las nuevas solían ser los mensajeros, los arrieros, los carreteros y los mercaderes ambulantes.
Al principio, conversaban sobre una gran pestilencia que desolaba los feudos al sur de Francia e Italia, describiendo los signos del mal: fiebres fulminantes y grandes bubones negros en las ingles y las axilas que conducían a un hombre a la fosa en apenas tres días.
La tormenta que Muscho tanto temía cruzó finalmente las fronteras de Silesia. No arribó en forma de nubarrones ni de jinetes con armaduras, sino en un pergamino arrugado y sellado con lacre rojo que un emisario de la aljama de Praga le entregó en mano a medianoche.
Muscho desenrolló el documento sobre la mesa de su estudio.
Su lectura, habitualmente rápida y analítica, se detuvo línea tras línea mientras sus pupilas se dilataban en la penumbra.
El pergamino contenía una transcripción literal de las actas oficiales enviadas por el conde Amadeo de Saboya a las ciudades del Sacro Imperio.
En ellas se detallaban los tormentos del agua y el potro en los calabozos del castillo de Chillon; los líderes judíos del lago Leman habían «admitido» bajo tortura un complot apocalíptico: estaban envenenando las fuentes de toda la cristiandad para erradicar la fe de Cristo de la faz de la tierra.
…y confesó el rabí Peyret de Chambéry —leía Muscho con la sangre helándosele en las venas— que las bolsas de ponzoña, compuestas por polvo de basilisco, patas de araña y hostias profanadas, se distribuyen de forma secreta por todo el continente a través de físicos y prestamistas….
Pero lo que hizo que a Muscho le faltara el aire fue el párrafo final del informe.
Las actas de Saboya señalaban con el dedo acusador un origen geográfico muy específico: la conspiración global, los mapas de suministro y las órdenes de envenenamiento emanaban directamente de los sabios de la aljama de Toledo, en España.
Muscho se dejó caer sobre su silla de roble, abrumado por la macabra brillantez de la mentira. La Peste Negra seguía avanzando sin piedad hacia el este, diezmando aldeas enteras, y el pueblo cristiano ya poseía el chivo expiatorio perfecto, ratificado por un documento judicial.
Se llevó instintivamente la mano al pecho.
Debajo de la lana de su jubón, el zafiro original de la corona, el que custodiaba la Santa Espina, ejercía una presión sólida contra sus costillas.
La ironía era brutal y aterradora: mientras el edicto de Saboya pregonaba que los hebreos viajaban con bolsas ocultas en el pecho llenas de veneno para sembrar la muerte, él portaba en el mismo sitio una reliquia sagrada.
Y el destino final de su huida, el único lugar en el mundo donde poseía cuentas y corresponsales capaces de salvarlo, era precisamente Toledo.
Viajaría directo al nido de la serpiente.
No había otra alternativa; a Carlos no se le ocurriría perseguirlo en esa dirección, pues lo buscaría en los reinos colindantes a Bohemia .
Muscho apagó la lámpara de aceite de un soplido.
Los linchamientos y las hogueras comenzarían en Silesia en cuestión de días, y el rey, acosado por las deudas y la inminente llegada de la plaga, no vacilaría en usar las actas de Saboya para firmar su arresto y confiscar sus bienes.
El tiempo de la planificación meticulosa había terminado; era el momento de huir.
Llamó a su hijo Merklin a la alcoba. Mientras cosía con hilos reforzados el zafiro de la Santa Espina y los pergaminos de las letras de cambio en el forro de su lino más interior, acuciaba al muchacho a prepararse para partir.
Escondieron sus finos ropajes de marta y seda gris en el fondo del arcón y vistieron dos hábitos de lana tosca.
Aquellas sayas de peregrino eran las prendas que solían usar los viajeros para no ser asaltados en los senderos; pero esta vez portaban además los bordones y las conchas de Santiago, pues se harían pasar por romeros que se dirigían al lejano santuario de Galicia.
Apagaron las últimas velas para no llamar la atención y, sin dar aviso a los sirvientes de la casa, salieron en absoluto silencio guiando a dos fuertes mulas cargadas con las monedas suficientes y las provisiones que pudieron estibar.
Una vez en el exterior, escucharon a lo lejos los primeros clamores de las patrullas cristianas que comenzaban a asaltar las barriadas.
Padre e hijo, en lugar de arriesgarse por las grandes puertas que daban a la plaza del mercado, escaparon por un callejón trasero de Środa , sorteando los muros fortificados de la ciudad a través de una poterna oculta, aprovechando la densa niebla de la madrugada silesiana.
Se habían convertido en fugitivos. El choque directo con el aire gélido del campo y el inicio de aquella caminata hacia el sur los puso en alerta de su nueva identidad: ya no eran los banqueros protegidos por la Corona, sino dos romeros desamparados en una Europa que deseaba verlos muertos.