El trato (El manuscrito 4) Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

La distancia entre Środa Śląska y las primeras estribaciones de los Sudetes no superaba las catorce leguas, un trayecto que a caballo habrían liquidado en un suspiro, pero que a pie y guiando a lomos de mula se convirtió en una penitencia de barro y dolor.

Durante tres jornadas enteras, el paisaje llano de Silesia fue inclinándose gradualmente hacia arriba, obligándolos a forzar a las bestias en un ascenso silencioso por senderos de cabras y rastrojos, siempre apartados de la vía regia para no topar con las patrullas del rey Carlos.

Las noches fueron el verdadero descenso a los infiernos para el banquero y su hijo.

La primera velada la pasaron al raso, ocultos en la espesura de un bosque de hayas.

No se atrevieron a encender una hoguera; el humo en la oscuridad habría sido un faro delator para cualquier alguacil o aldeano receloso.

Se ovillaron bajo las capas de romero sobre un lecho de hojas húmedas y raíces desnudas.

Muscho pasó las horas con los dientes castañeteando por el gélido viento silesiano, protegiendo con el brazo el zafiro que llevaba contra el pecho.

El calor de la gema parecía lo único vivo en mitad de la helada.

Pegado a su lado, Merklin lloraba en silencio, con las manos llagadas por sostener el rústico bordón y el orgullo por completo quebrado.

La segunda noche encontraron refugio en el pajar abandonado de una alquería destruida años atrás.

El hedor a paja podrida y el corretear de las ratas entre las vigas rotas los mantuvieron en vela.

Allí, a la luz mortecina de la luna que se filtraba por las grietas del techo, Muscho aprovechó para restañar las plantas de sus pies, cubiertas de ampollas sangrantes.

Usó un paño burdo para limpiarse el lodo del viaje y miró sus manos: la piel, antes suavizada por el trato con los finos pergaminos y las monedas de oro, empezaba a agrietarse y ennegrecerse por la mugre del camino.

Ya no parecían las extremidades de un prestamista real; semejaban las de un mendigo.

El tormento continuó y la quinta noche, la más peligrosa de todas, los sorprendió a las puertas de un pequeño villorrio fortificado.

El hambre los atenazaba, pues debían racionar las vituallas que cada vez eran más escasas, pero el pánico resultaba mayor.

Desde el linde de los árboles contemplaron cómo las compuertas de la aldea estaban cerradas a cal y canto, custodiadas por hombres del pueblo armados con guadañas y horcas.

El rumor de la peste y la infamia del veneno en los pozos ya habían infectado la región: a lo lejos se escuchaba el tañido incesante de las campanas tocando a rebato y el lamento fúnebre de una procesión de flagelantes que suplicaban la misericordia divina.

Tuvieron que pasar aquellas horas escondidos en una zanja de drenaje, tiritando bajo la lluvia fina que comenzó a caer de madrugada, conscientes de que, si los descubrían, los lincharían sin hacer preguntas.

Cuando amaneció el sexto día, la densa niebla de las montañas los envolvió por completo.

Estaban exhaustos, hambrientos, con las túnicas empapadas y el cuerpo molido por el esfuerzo.

Fue en ese estado de absoluto desamparo, con el barro metido hasta las uñas y la apariencia innegable de dos pordioseros de la fe, cuando se adentraron en el territorio boscoso del barón von Krossen.

La densa niebla de los Sudetes se tragaba los pinos, convirtiendo el bosque fronterizo en un laberinto de fantasmas grises.

Muscho avanzaba a lomos de una de las mulas, con el cuerpo entumecido por el frío, mientras Merklin guiaba al animal a pie, con el barro pesando en el dobladillo de sus túnicas de peregrino.

El bordón de madera, el bastón tradicional del caminante, constituía ahora el único apoyo del jovenzuelo para no desplomarse.

Bajo el tejido tosco de su disfraz, Muscho sentía la constante presión del zafiro contra las costillas; un recordatorio perenne de que transportaba el misterio de los cristianos en su cuerpo de mendigo.

Un chasquido de ramas rotas los congeló en el sitio.

De entre los helechos y la bruma surgieron tres hombres armados con ballestas y horquillas.

No portaban las insignias de los soldados del rey; eran los desesperados del barón.

Tras ellos, emergió la silueta del propio von Krossen, avanzando a pie debido a la espesura del terreno.

Vestía la misma capa raída de su último encuentro, pero sus ojos, fijos en el sendero, mantenían el orgullo intacto de su linaje.

—Deteneos, romeros —ordenó el barón, con la mano apoyada en el pomo descolorido de su espada—. Estáis en tierras de peaje. Entregad el diezmo para la manutención del camino si queréis proseguir vuestra marcha hacia el sur.

Muscho alzó la vista y ajustó el ala ancha de su sombrero de peregrino, permitiendo que la luz difusa del día iluminase su rostro demacrado.

El barón von Krossen dio un respingo sutil. Sus pupilas recorrieron las ropas de arpillera, las botas cubiertas de lodo y las manos desnudas de Muscho, ahora desprovistas de los costosos anillos que lucía semanas atrás. La comprensión cruzó el rostro del noble con la velocidad de un relámpago.

—¿El médico? —susurró el barón, dando un paso al frente al tiempo que hacía una señal inequívoca a sus hombres para que bajaran las armas—.

¿Qué os ha arrastrado a semejante estado?

Las noticias de la corte de Praga vuelan más rápido que la propia pestilencia...

Dicen los arrieros que el rey busca capturar a unos banqueros.

Muscho sostuvo la mirada de aquel aristócrata venido a menos. Aquella vez no había corcel desde el cual inclinar la cabeza; con esfuerzo, el hebreo desmontó de la mula para colocarse a su misma altura, pisando la misma tierra húmeda del bosque .

—El enfermo al que fui a curar ha muerto, barón —respondió Muscho con una calma que erizaba la piel—. Y en este reino, cuando el paciente expira, la culpa siempre recae sobre el físico. Voy camino de Santiago de Compostela a purificar mis faltas en el extremo del mundo.

Merklin dio un paso atrás, temblando, temiendo que el barón decidiera prenderlos para entregarlos a las patrullas reales y cobrar la recompensa de la Corona.

Sin embargo, von Krossen se limitó a contemplar a los dos fugitivos.

Aunque le resultaba extraño que un hebreo hablara en los términos de la fe cristiana, asintió con la cabeza, comprendiendo el trasfondo de su situación.

Tenía muy presente el florín de oro que Muscho le había entregado días atrás con tanta delicadeza, permitiéndole conservar su dignidad frente a sus propios siervos armados.

Aquel financiero judío lo había tratado como a un noble de rango, no como a un vulgar salteador de caminos.

El barón metió la mano en su jubón, extrajo una pequeña bolsa de cuero gastado y enseñó la misma moneda de oro que Muscho le había otorgado. El florín destelló contra la grisura del bosque.

—Os empeñé mi palabra de que, si volvíais a transitar por estos suelos, contaríais con mi amparo —sentenció el barón, guardando su tesoro mientras reparaba en las túnicas empapadas y en el temblor involuntario del muchacho—.

Las patrullas de don Carlos vigilan el paso principal del sur; en las condiciones en que os encontráis, no duraríais una legua en la alta montaña.

La niebla se está cerrando y se avecina tormenta.

Von Krossen enderezó la espalda, recuperando por un instante el empaque de los antiguos señores de la frontera.

—Mi castillo se encuentra medio en ruinas y las raciones son escasas, pero mis muros siguen siendo de piedra y allí dentro las pragmáticas de Carlos IV no tienen poder.

Esta noche dormiréis bajo mi techo como mis huéspedes de honor.

Cuando hayáis sanado esas llagas y recuperado el aliento, mis monteros os guiarán en secreto por la senda de los cazadores.

Muscho sintió el peso del alivio en el pecho. Por primera vez en su larga vida, una deuda no se liquidaba mediante libros de contabilidad ni cartas de crédito, sino con el eco de una cortesía del pasado.

—Que el Altísimo os lo demande en salud, barón —declaró Muscho, inclinando el torso en una reverencia perfecta y solemne a pie de camino.

El barón asintió gravemente y señaló hacia la espesura del follaje.

—Daos prisa. La niebla no durará para siempre, y el mundo allá afuera se está volviendo loco.

El gran salón del castillo de von Krossen era el esqueleto de una gloria pasada.

Corrientes de aire gélido silbaban entre las grietas de los altos muros de piedra y los escasos tapices colgaban descoloridos, roídos por las polillas.

Sin embargo, el hebreo agradeció encontrarse bajo techado y contar con la colosal chimenea de piedra que escupía un calor bienvenido.

Tras una cena parca de pan duro y cecina de ciervo, Merklin se había quedado dormido en un rincón, vencido por el cansancio acumulado de las últimas jornadas.

Frente al fuego, solo restaban el barón y Muscho.

El noble vestía una túnica gastada pero limpia; el banquero, descalzo por fin, contemplaba las vendas que envolvían sus llagas.

—No soy físico de cuerpos —rompió el silencio Muscho, entornando los ojos—. Curo reinos en bancarrota. Soy Muscho de Środa Śląska .

—¿Sois el judío al que busca capturar el rey Carlos?

—El mismo. Y os he puesto en un grave peligro al llamar a vuestro portón.

El barón escanció un vino espeso de una jarra de peltre abollada y le tendió una copa de barro a Muscho.