El trato de otoño (serie de Ashcombe Falls nº 1) 10. El plan del huerto
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10. El plan del huerto

Pasaron el sábado siguiente enteros en las cuarenta hectáreas colindantes al huerto de Eleanor, con Thea cargando cuadernos llenos de anotaciones botánicas heredadas de su abuela y un ingeniero agrónomo que Ronan había hecho venir desde la universidad estatal para evaluar el terreno.

—El suelo es prácticamente idéntico al del huerto original —confirmó el ingeniero, un hombre joven de nombre Farrow que llevaba las botas cubiertas de barro hasta la rodilla—.

Buen drenaje, exposición sur, protección natural del viento gracias a la línea de arces al norte.

Es, honestamente, terreno casi perfecto para expandir la variedad Eleanor.

—¿Cuánto tardaríamos en tener una primera cosecha comercial? —preguntó Bellamy, con su propio cuaderno abierto, tomando notas con la misma meticulosidad que dedicaba a cualquier contrato.

—Con los injertos correctos, tres años para una producción modesta, cinco para producción plena. Los manzanos no entienden de prisas, señorita Sinclair. Solo entienden de paciencia bien empleada.

Ronan caminó entre las hileras marcadas con estacas de madera, imaginando, por primera vez en su carrera, un retorno de inversión que se mediría en años en vez de trimestres, y descubrió que aquella idea, lejos de inquietarlo, le resultaba extrañamente reconfortante.

—En Ashworth Capital medimos el éxito en ciclos de tres a cinco años como máximo —le dijo a Bellamy, mientras Thea y Farrow discutían la disposición exacta de las hileras—.

Este huerto va a tardar una década entera en alcanzar su potencial real.

Es la primera vez que invierto en algo que no voy a ver completamente maduro hasta dentro de muchos años.

—¿Le asusta eso?

—Me sorprende que no me asuste en absoluto.

Trabajaron codo con codo el resto de la tarde, clavando estacas, midiendo distancias, y en algún momento —ninguno de los dos sabría decir exactamente cuándo— dejaron de discutir cláusulas de inversión para simplemente disfrutar del trabajo físico compartido, del sol de octubre en la cara, del sonido lejano de Briar y Odessa riéndose mientras ayudaban a Thea a marcar el perímetro con banderines de colores.

—Mi abuela solía decir que plantar un manzano es un acto de fe —comentó Bellamy, clavando una estaca con más fuerza de la estrictamente necesaria—. No lo haces por ti. Lo haces por quien vendrá después.

—Entonces esto —dijo Ronan, señalando las cuarenta hectáreas de terreno marcado— es, probablemente, el acto de fe más grande que he hecho nunca.

—¿Más grande que comprar tres mil millones de dólares en activos?

—Los activos se pueden vender, señorita Sinclair. Un huerto plantado con la persona correcta no se vende. Se cuida.

Bellamy dejó de clavar la estaca un momento, mirándolo con una expresión que él no supo del todo interpretar, hasta que ella sonrió y volvió al trabajo sin decir nada más, dejando que aquella frase quedara suspendida entre ambos como una promesa todavía sin nombre oficial.

• • •

Al mediodía, Vivienne apareció con una cesta de picnic que ninguno de los presentes había pedido, pero que todos recibieron con el mismo entusiasmo agradecido de quien lleva horas trabajando bajo el sol sin darse cuenta del hambre acumulada.

—Mi madre solía decir que ningún trabajo importante se hace bien con el estómago vacío —anunció, extendiendo un mantel a cuadros directamente sobre la tierra removida, sin ningún reparo por ensuciarse las manos.

Se sentaron todos juntos, Bellamy, Ronan, Thea, el ingeniero Farrow, y las hermanas más pequeñas que habían insistido en unirse tras la escuela, compartiendo sándwiches y limonada casera mientras el sol de octubre calentaba lo suficiente para hacer soportable el frío del suelo.

—¿Sabe, señor Ashworth? —dijo Vivienne, sirviéndole una porción generosa de tarta de manzana que había horneado esa misma mañana—.

Cuando Graham me contó que un inversor de Nueva York quería comprar la sidrería, imaginé exactamente lo contrario de lo que resultó ser usted.

Imaginé a alguien que ni siquiera se ensuciaría los zapatos para ver la tierra que estaba comprando.

—Le confieso que yo también imaginé una versión distinta de mí mismo antes de llegar aquí, señora Sinclair.

—Vivienne, por favor. A estas alturas, después de una tormenta de nieve compartida con mi hijastra, creo que nos hemos ganado el derecho a los nombres de pila.

Ronan sonrió, aceptando el plato con una gratitud que no tenía nada que ver con el hambre.

—Entonces, Vivienne, gracias. Por la comida, y por no haberme juzgado con demasiada dureza en esa primera impresión imaginada.

—Todavía no he terminado de juzgarlo del todo, señor Ashworth. Pero voy por buen camino.

• • •

Thea, sentada al otro lado del mantel, observaba a su hermana y a Ronan con la misma atención perceptiva que aplicaba a sus alumnos más interesantes, y cuando Bellamy se levantó un momento a ayudar a Farrow con unas mediciones, aprovechó para acercarse a Ronan a solas.

—¿Sabe qué es lo más raro de todo esto? —le dijo, en voz baja—.

Mi hermana lleva ocho años construyendo una coraza tan sólida que ni siquiera nosotras, su familia, conseguíamos ver mucho más allá de la abogada eficiente y encantadora.

Usted lleva aquí apenas unas semanas, y ya la he visto reírse, preocuparse en voz alta, dudar.

Cosas que Bellamy no suele permitirse delante de nadie.

—No sé si soy yo quien merece el crédito de eso, Thea.

—Tal vez no todo el crédito. Pero sí una parte considerable. Solo quería que lo supiera, por si acaso decide en algún momento que este pueblo, y esta familia, son demasiado para un hombre acostumbrado a Nueva York.

—No hay ningún riesgo de eso, se lo aseguro.

Thea sonrió, satisfecha con la respuesta, y volvió a su propio trabajo con los cuadernos de la abuela Eleanor, dejando a Ronan con la certeza tranquila de que, poco a poco, sin ningún esfuerzo deliberado, se estaba ganando la confianza de una familia entera, no solo la de una mujer.

Para cuando la noticia de la contraoferta llegó a la cafetería de la calle principal, ya se había transformado, como toda noticia en Ashcombe Falls, en al menos tres versiones distintas e igualmente exageradas: que Bellamy Sinclair se casaba con el inversor de Nueva York, que el inversor de Nueva York en realidad era de Ohio y había comprado la sidrería entera para regalársela a Bellamy como muestra de cortejo, o, la versión favorita de la señora Hutchins, que ambos llevaban en secreto casados desde la tormenta de nieve.

—Ninguna de las tres es del todo cierta —le explicó Bellamy a Thea, mientras compartían una mesa junto al escaparate y observaban a dos vecinas cuchichear sin ningún disimulo dos mesas más allá—, pero prefiero no corregir a nadie.

Es la primera vez en mi vida que el pueblo habla de mí sin mencionar también mi expediente académico.

—Eso es porque tu expediente académico ya no es lo más interesante que has hecho este año —dijo Thea, con la media sonrisa reservada de la hermana profesora que lleva media vida observando dinámicas humanas desde la tarima de un aula—. ¿Cómo lo lleva él?

—¿Ronan? Peor de lo que esperaba y mejor de lo que admite.

Le incomoda que la gente le pare por la calle para preguntarle por sus intenciones, pero ayer se pasó cuarenta minutos hablando de variedades de manzana con el señor Castellano en la ferretería, y creo que fue la primera conversación espontánea con un desconocido que le he visto disfrutar de verdad desde que llegó.

Juniper entró en ese momento, con las mejillas sonrojadas por el frío y una carpeta de solicitudes bajo el brazo, y se dejó caer en la silla libre con el gesto abatido de quien lleva toda la mañana rellenando formularios universitarios.

—Si una más de vosotras me pregunta por Bellamy y el señor Ashworth, voy a gritar. Estoy intentando decidir entre tres programas de diseño gráfico y nadie en este pueblo parece capaz de hablar de otra cosa que no sea vuestro romance de telenovela.

—Perdona por vivir mi vida en público —dijo Bellamy, sonriendo—. ¿Cómo van las solicitudes?

—Bien, supongo. Aunque el del programa de Portland me ha escrito para pedirme una entrevista con el director del departamento, y resulta que el director es sobrino de la señora Castellano, así que evidentemente ya sabe absolutamente todo sobre esta familia antes incluso de conocerme.

—Bienvenida a Ashcombe Falls —dijo Thea, levantando su taza de té en un brindis irónico—. Donde ningún futuro llega sin que el pueblo entero opine primero sobre él.

El propio director del instituto, un hombre recién llegado al pueblo llamado Desmond Okafor —sin ninguna relación con Root, como el propio Okafor se había visto obligado a aclarar más de una vez desde su llegada en agosto— se acercó a la mesa a saludar a Thea, con quien compartía, según pudo notar Bellamy con una curiosidad discreta, una familiaridad que iba más allá de la simple relación entre compañeros de departamento.

—Señorita Sinclair. —El nuevo director inclinó la cabeza hacia Thea con un respeto que no parecía del todo profesional—. Quería comentarle que la propuesta que presentó para el nuevo programa de literatura comparada ha sido aprobada por la junta escolar. Empezaríamos el semestre que viene.

—Eso es una noticia estupenda, Desmond.

—Lo es. Y celebro tener la excusa perfecta para invitarla a cenar esta semana y discutir los detalles con calma, si le parece bien.

Thea aceptó con una sonrisa que Bellamy no recordaba haberle visto antes, y cuando el director se alejó, Juniper y Bellamy intercambiaron una mirada cómplice que ninguna de las dos necesitó traducir en palabras.

—Esta familia —dijo Juniper, sacudiendo la cabeza con cariño— tiene, definitivamente, una habilidad especial para encontrar historias nuevas justo cuando menos se las espera.

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Aquella tarde, de vuelta en la sidrería, Bellamy encontró a Ronan revisando los últimos planos del ingeniero agrónomo, con la misma concentración absoluta que había dedicado, semanas atrás, a los balances contables de la deuda de Concord, aunque esta vez la expresión de su cara era completamente distinta: relajada, casi feliz.

—¿Cómo va el plan? —preguntó, asomándose por encima de su hombro.

—Va bien. El terreno es mejor de lo que esperábamos, y Thea ha encontrado en los cuadernos de su abuela instrucciones precisas sobre el proceso de injerto que van a ahorrarnos meses de prueba y error.

—Suena a que esto va a funcionar de verdad.

—Va a funcionar, Bellamy. Y cuando lo haga, esta sidrería va a ser más fuerte de lo que ha sido nunca, sin depender de nadie que pueda traicionarla como hizo Root.

—Papá va a estar orgulloso cuando vea los primeros brotes el año que viene. Lleva semanas preguntando todos los días si ya hemos empezado a plantar.

—Dígale que el primer árbol lo plantamos juntos, los tres: usted, él y yo. Me parece justo que la próxima generación de este huerto lleve la huella de toda la familia, no solo la mía.

Bellamy se sentó a su lado, mirando los planos extendidos sobre la mesa, y sintió, con una certeza que llevaba semanas creciendo sin que ella terminara de nombrarla, que aquel hombre que había llegado a comprar su empresa familiar se había convertido, sin que ninguno de los dos lo planeara del todo, en alguien de quien ya no imaginaba tener que despedirse cuando todo aquello terminara.

• • •

Esa noche, ya tarde, Bellamy llamó de nuevo a Odette, cumpliendo la promesa que le había hecho semanas atrás de mantenerla al tanto de «los detalles importantes».

—Así que ya es oficial —dijo Odette, después de escuchar el resumen completo de las últimas semanas: la contraoferta firmada, el plan del huerto, la manera en que Ronan la miraba ahora sin ningún disimulo—. Te has enamorado del inversor hostil.

—No suena tan romántico cuando lo dices así.

—Suena exactamente así de romántico, Bell, y lo sabes. ¿Cuándo pensabas decírmelo del todo, en vez de dejarme atar cabos yo sola desde Boston?

—Todavía estoy intentando entenderlo yo misma, si soy sincera. Hace un mes vine aquí decidida a odiarlo. Y ahora no puedo imaginar las próximas semanas sin él.

—Eso, cariño, es exactamente cómo funciona el amor de verdad cuando llega sin avisar. —Odette hizo una pausa, con una calidez que Bellamy escuchó incluso a través del teléfono—. Me alegro muchísimo por ti, Bellamy. Después de todo lo que ha costado que te permitieras confiar en alguien otra vez.

—Gracias, Odette. Por escucharme, y por no dejarme fingir durante demasiado tiempo que esto era solo una negociación.

—Para eso estamos las mejores amigas, Bell. Para recordarnos la verdad cuando somos demasiado tercas para verla nosotras solas.

Colgaron poco después, y Bellamy se quedó un rato más despierta, mirando el techo de su habitación de adolescente, pensando en lo distinta que era la vida que había imaginado hacía apenas un mes y la que, sin haberlo planeado en absoluto, estaba empezando a construir de verdad.