Johnny #3
—¡Nena! —gimo mientras los ojos se me ponen en blanco, las bolas se me tensan y chorro tras chorro de semen caliente se derrama por fin en ese coñito apretado que es mi paraíso personal.
La acurruco contra mi costado, ella apoya la cabeza en mi pecho mientras escuchamos el latido acelerado de nuestros corazones.
Le beso la coronilla.
Por fin me siento en paz después de años de tormento.
Mis manos trazan círculos perezosos en su espalda.
Pronto su respiración se acompasa, sus miembros se relajan y mi mujer se queda dormida en mis brazos.
Poco después, yo también me quedo dormido.
El zumbido del móvil me arranca de un sueño profundo.
Parpadeo en la oscuridad, confundido al encontrarme abrazado a dos almohadas grandes en lugar del cuerpo desnudo de mi mujer.
El nombre de Rog parpadea en la pantalla, pero ignoro la llamada.
—¿Nena?
Pero todo está en silencio.
—¿Qué estará tramando?
Me pongo los pantalones de chándal y bajo las escaleras descalzo, sin hacer ruido.
—¿Qué coño...?
El corazón se me hace añicos a sus pies.
Ya he pasado por esto, pero el puñetazo a traición en el estómago duele igual.
Ha encontrado uno de los móviles desechables y ha conseguido saltarse el sistema de contraseñas de uno de los portátiles de la posada.
Percibe mi presencia y se gira con los ojos muy abiertos, el móvil desechable pegado a la oreja.
Cruzo los brazos sobre el pecho y noto cómo se me hinchan las venas del cuello.
Se me crispa el ojo.
Dos veces.
—Yo... tengo que colgar —tartamudea.
Oigo a la persona al otro lado gritándole que no cuelgue.
—¿Cuánto tiempo tenemos antes de que llegue la caballería del rescate?
Se encoge de hombros.
Rog vuelve a hacer sonar mi puto móvil.
—¿Qué? —ladro.
—Te necesito.
Ahora.
En el Sassy's.
Nos han emboscado.
Estoy sitiado.
Creed está en Canadá.
No tengo suficientes hombres.
—Voy para allá.
De todas formas, esta noche tengo ganas de matar.
—¡Johnny! ¡Por favor! No es lo que piensas.
Yo... no podía dormir.
No está bien dejar que mi hermano crea que estoy muerta... que haya estado sufriendo todo este tiempo.
—¿Y no podías esperar a mañana para llamar? ¿A que yo comprobara que era seguro?
—Estamos a salvo.
No dejaré que nadie te meta entre rejas.
—Sí, claro —resoplo—.
No tengo tiempo para esto ahora.
Alguien que siempre me cubre las espaldas me necesita de verdad.
No tengo tiempo para ti.
¡Zorra traidora!
—¡No! No fue así.
Por favor, escúchame...
Hago un gesto con la mano.
—Me la jugaste dos veces... no habrá una tercera.
Le arranco el móvil de la mano, saco la tarjeta SIM y aplasto ambos con el puño.
Tiro de ella hacia delante mientras busco algo con qué atarla hasta que pueda volver.
Revuelvo unos cajones.
Se me tuercen los labios cuando encuentro unas esposas.
—Esto servirá.
—Por favor, Johnny.
Te quiero.
Me tienes a mí, toda entera... te lo juro.
Cierro los ojos un instante.
—Es demasiado tarde.
Mi corazón hecho añicos está demasiado roto para que esas palabras lo recompongan.
En lugar de mi amor, solo vas a recibir mi odio.
Abróchate el cinturón, Christine, el viaje al paraíso de los amantes se acabó.
La saco a rastras de la habitación y, con poco tiempo que perder mientras Rog envía otro SOS, le cierro una esposa en la muñeca y engancho la otra a un poste del cuarto de servicio.
Me calzo las botas.
Luego abro un casillero y saco un rifle largo y dos semiautomáticas.
Cojo una bolsa de la compra reutilizable de un gancho y meto tres cajas de munición.
Ni siquiera me molesto en coger un abrigo.
—¡Johnny! ¿Adónde vas? No puedes dejarme así sin más.
—Claro que puedo.
—Rog está siendo emboscado.
Si no vuelvo... bueno, supongo que al final te rescatarán... probablemente Roque, y cuando se entere de que me traicionaste dos veces, nada te salvará de acabar en el fondo del Hudson.
La tumba que tenía planeada para ti desde el principio.
Cierro de un portazo la puerta del garaje y cojo la llave del Suburban.
Aquí hay una flota de putos coches.
Si alguien se fijara bien, sería fácil darse cuenta de que este sitio es mucho más que una posada con spa.
Es un piso franco donde blanqueamos dinero y guardamos material.
Piso el acelerador y dejo que la rabia por su última traición me impulse.
Que le den al amor.
Que le den al corazón roto.
Que le den a lo bien que se siente en mis brazos, no vale la pena.
No puedo matar a la tía.
Pero no quiero volver a verle la cara.
Su beso es azúcar con veneno y la segunda dosis es letal.
No volveré a enamorarme.
Que le den.
Prefiero vivir aislado rodeado de gatos.
Conduzco por las calles a oscuras.
Necesito concentrarme.
Respirar como sea.
Si no lo hago, esta noche nos matan a Rog y a mí.
Ya me ocuparé de Christine después.
Voy a hacer que me vea tirarme a docenas de tías.
Que desee ser ella.
Eso le va a escocer.
Reduzco la velocidad del todoterreno y me desvío por un camino de tierra paralelo al restaurante y la taberna de Roger.
—Mierda —mascullo.
Quienquiera que emboscara a Rog conocía este camino de tierra.
Sus furgonetas y motos están aquí, y los muy imbéciles no dejaron a nadie vigilando.
Cojo una camiseta del suelo del todoterreno, la enrollo entre las manos y abro el depósito de gasolina de una de las furgonetas.
La meto y la saco.
Prendo el mechero en la punta, la vuelvo a meter y echo a correr por el bosque.
La explosión me retumba en los oídos. Con suerte, el estruendo bastará como distracción para darle a Rog algo de tiempo.
Las ramas cubiertas de escarcha me arañan el torso desnudo mientras avanzo entre los árboles, tratando de evaluar la situación.
Desde donde estoy, oculto en la arboleda, veo los fogonazos de los disparos dentro del bar.
Está rodeado. Tendré que usar el túnel. Me desplazo hacia la izquierda y levanto un tocón unido a una trampilla.
Bajo los escalones lo más rápido que puedo y atravieso el túnel a la carrera hasta llegar al sótano donde Christine vivió tanto tiempo.
Su olor aún flota en el aire húmedo. Champú floral y simplemente…
ella. Rog intenta impedir que bajen por las escaleras del sótano mientras dispara ráfaga tras ráfaga.
—Ya era hora de que llegaras. Casi no me queda munición —dejo caer la bolsa de la compra que llevaba en la muñeca. Rog no pierde tiempo en recargar.
—¿Quiénes son?
—Mafia china de California. Supongo que creyeron que eran Creed y Roque los que se estaban metiendo en su negocio, no el Cartel de Tijuana.
—¿Cuántos?
—Veinte.
—Joder. ¿Hay alguien más aquí?
—No. Estaba cerrando. Había mandado al gorila a casa.
—Podemos usar el túnel.
—¡Atrás! —grita Rog mientras vemos incrédulos cómo una granada baja dando tumbos por las escaleras. Todo parece moverse a cámara lenta mientras Rog y yo intentamos meternos en el túnel.
Pero no hay tiempo. ¡Bum! Los dos salimos despedidos hacia atrás cuando lanzan la maldita granada escaleras abajo.
El polvo inunda la oscuridad, me ahoga los pulmones.
No puedo respirar. Me zumban los oídos. No tengo ni puta idea de dónde está Rog.
Se acabó. En segundos, las botas del enemigo bajarán por las escaleras.
Será una paliza o una bala. Lo único que lamento es que se me acabó el tiempo para hacer que Christine pague por haberme destrozado dos veces.