Christine
Me tiemblan las manos mientras enciendo los chorros.
Justo cuando había empezado a aceptar mi vida en el sótano, apareció él.
Todavía no me cabe en la cabeza. Estaba convencida de que estaba muerto.
De que la mafia lo había mandado matar por enamorarse de mí.
Estuve tan cerca de encerrarlos a él y a Salvatore.
Pero Salvatore nunca fue mi objetivo. Johnny sí.
Les mentí a mis jefes, oculté la verdad.
Mi venganza contra los Lamatti era personal y no tenía nada que ver con el juramento que hice al recibir mi placa.
Pero cómo se sentían sus manos en mi piel.
Cómo me dominaba con sus besos… o cómo fruncía el ceño mientras intentaba resolver sudokus los domingos por la mañana mientras los dos bebíamos café bien cargado…
con eso no contaba. El maldito idiota se enamoró de mí de verdad.
Y por un momento yo también caí. Me permití olvidar en esos momentos en que volaba, aprisionada bajo su cuerpo, hasta que mi hermano me recordó con fotos de la autopsia lo que estaba en juego si fracasaba.
Mi madre era irlandesa y mi padre era quien tenía sangre italiana y conexiones con Sicilia.
Jack.
Agacho la cabeza. Él cree que ganaron. Que soy un fantasma.
Supongo que en cierto modo lo soy. Si escapo de Johnny, dudo que llegue muy lejos a menos que consiga alcanzar un piso franco federal.
Intento no derrumbarme bajo el chorro caliente mientras recuerdo a mi carcelero.
Me mantuvo prisionera, pero fue bueno conmigo.
—Sé fuerte. Sal de esto. Eres una superviviente.
Me lavo el pelo, que ahora me llega hasta la espalda, preguntándome qué tipo de dulce tortura tendrá Johnny en mente.
Necesito descolocarlo. Podría seducirlo a más no poder y esperar a escapar de algún modo cuando esté dormido.
O matarlo. Podría romper un vaso, dejarlo inconsciente.
Cierro los ojos con fuerza. No puedo matarlo.
Simplemente no puedo. Cierro los grifos, cojo una toalla y me aventuro en el dormitorio.
Con la toalla bien sujeta alrededor del cuerpo, pruebo la puerta.
Tal como sospechaba, la cerró con llave desde fuera.
Sobre mi cama hay montones de ropa nueva.
Suave, limpia y cálida. Mis dedos acarician los vaqueros más suaves, pero no puedo.
Simplemente no puedo. No seré su puta mantenida y emperifollada.
Prisionera por mis crímenes contra su corazón cuando él es el auténtico criminal aquí.
No yo. Recojo mi ropa vieja, la sacudo bien, cuadro los hombros y llamo a la puerta desde mi lado.
—Ya puedes dejarme salir.
Apoyo la palma contra la puerta y agacho la cabeza al oír el grave rumor de su voz desde el otro lado.
—¿Vas a ser una buena chica? ¿Mi buena chica?
Así solía llamarme en los momentos más juguetones.
Se me quiebra la voz al responder.
—No puedo prometerte eso. No puedo prometerte nada —respondo con sinceridad.
La cerradura chasquea y, cuando abro los ojos, los suyos están justo frente a mí.
—¿Por qué? ¿Por qué, nena? Éramos tan buenos juntos.
¿Por qué no pudiste confesármelo todo y cambiar de opinión?
—se muerde el labio como si sus propias palabras le dolieran.
Entorno los ojos al recordar su sabor. También se acaba de duchar, y el delicioso olor de su piel hace que me muerda el labio para contener un gemido.
Este hombre podría destruirme, y siempre lo supe.
—Mataste a mis padres.
Mis palabras borran la telaraña de deseo que se teje entre nosotros.
Su rostro se contrae en un entramado de arrugas.
La preocupación le inunda los ojos. Quiero derretirme.
Fundirme con un hombre que casi me hizo olvidar mi propósito cuando volaba en sus brazos.
Es tan grande. Cálido y fuerte. A menudo fingía ser otra cuando estaba con él.
Podía dormir acurrucada entre sus brazos durante horas, saciada y satisfecha.
El maldito zoquete me adoraba y a cambio yo lo destrocé.
—Yo tenía doce años y tú dieciséis. Sé que fuiste tú.
—¿Así que de eso va todo esto?
Levanto la barbilla.
—Ven —me toma la mano con suavidad—. Comeremos. Hablaremos… lo resolveremos…
—¿Resolverlo? Mataste a mi familia a sangre fría. No hay nada que resolver, salvo que te entregues y me dejes volver a mi vida.
—No hay vuelta atrás. Todavía hay un precio por tu cabeza —tira de mí, pero me siento pesada; tengo el corazón lleno de hormigón.
—No hay forma de salir de esto, ¿verdad?
Vuelve la cabeza hacia mí.
—Solo cógeme la mano por ahora. En este momento… estamos bien.
—Ojalá pudiera creerte.
No responde mientras lo sigo abatida escaleras abajo, atravesando habitaciones impresionantes decoradas en grises suaves con toques pastel, hasta llegar a una gran cocina acogedora.
De esas en las que te sientes como en casa al instante.
Me sirve una taza humeante de café y pone delante de mí un sándwich casero de pavo asado. Lo huelo.
—¿Pan recién hecho?
Se encoge de hombros.
—Uber Eats. La mujer que lleva este sitio también tiene una cafetería en el pueblo.
—¿No la mataste?
Se encoge de hombros.
—Qué va. Solo la até de pies y manos y la metí en el sótano después de que me diera la comida.
Aparto el plato.
—No puedo comerme esto.
—Nena, es broma.
Su manera desenfadada de hablar y cómo se pasa la mano por el pelo me ponen nostálgica. Solíamos compartir tantos momentos así, cómodos y sencillos.
—Bueno, en ese caso… —vuelvo a acercarme el plato.
—Sé que no soy la primera opción de nadie —suspira—.
Las mujeres siempre venían a mí para formar parte de algo…
del mundillo de los clubs VIP. O por la emoción de tenerme como amante.
Mi poder las atraía. Pero tú… joder, solo quería que me quisieras a mí, por lo que soy.
Me jodiste bien y ahora no sé qué coño hacer contigo.
Parece tan roto y vulnerable que es difícil odiarlo.
—No puedo pasar por alto un asesinato.
—¿Christine es siquiera tu verdadero nombre? No puedo confesar nada sin conocer todos los hechos.
—Sí. Pero mi apellido es Vitelli.
Se lleva una mano a los ojos.
—¿La hija de Geno Vitelli?
Asiento.
—No era un buen hombre.
Me levanto tan rápido que tiro el taburete al suelo. —¿Eso es todo lo que tienes que decir? ¿Me estás tomando el pelo? Destrozaste mi vida. Asesinaste a mis padres a sangre fría, ¡¿y todo porque «no era un buen hombre»?! ¡Vete a la mierda, Johnny! ¡Eres mucho peor de lo que él fue jamás!
—No sabes lo que dices... eras una cría.
—No era mucho más joven que tú. ¿Cuántos años tenías cuando mataste por primera vez?
Suspira y apoya los codos en el otro lado de la encimera. Sus bíceps fornidos se tensan con el movimiento. —¿Quieres oír la verdad sobre tus padres?
—Tu verdad no tiene nada que ver con la verdad...
—Vamos, Christine, eres la única mujer a la que le entregué partes de mí que juré que nunca...
Tu padre era un hombre de la organización.
Ganaba dinero extra vendiendo algo en lo que mi familia no quería meterse.
Vendía bebés. Tu madre trabajaba en la clínica.
Tu padre le daba un porcentaje al médico. Los bebés vivían... vendidos a otros...
—¡Para! —me tapo los oídos con las manos—. Eran buenos padres... me querían...
—Los bebés no eran lo único con lo que traficaba. Recorría refugios, los barrios bajos, buscando almas rotas a las que atraer con la promesa de dinero y un estómago lleno...
—Estás enfermo... ¡Contándome mentiras! Intentando justificar la sangre que llevas en las manos.
—Yo estaba allí, pero no apreté el gatillo.
Se me oprime el pecho. Se me cierra la garganta. No puedo respirar por el dolor que me ahoga. Me acosté con este hombre. Dejé que me poseyera un millón de veces de mil maneras distintas, y él estuvo presente cuando asesinaron a sangre fría a mis padres. Me odio.
—No hagas esto. Deja de imaginártelo, de desmontarlo... —exige con voz ronca mientras rodea la encimera.
Levanto las dos manos. —Aléjate. No me toques.
—No puedo evitarlo. Me muero por tocarte.
Nena —susurra mientras me agarra con fuerza.
Estoy atrapada en su abrazo de oso. Es tan grande.
Tan fuerte, y huele tan jodidamente bien.
Los pezones me duelen presionados contra su pecho.
Cierro las palmas en puños, sin devolverle el abrazo—.
A veces la gente no es quien crees que es...
—se interrumpe al darse cuenta de lo que ha dicho.
Se refería a mis padres, pero dicho en voz alta, también se aplicaba a mí.
Estoy cansada. Hambrienta. Confundida. Débil.
Los recuerdos que tengo guardados bajo llave escapan lentamente.
Recuerdos que aparté a propósito. Los bebés que mamá traía a casa del trabajo, cuando me decía que ganaba dinero extra cuidando de los recién nacidos hasta que sus mamás se sintieran mejor.
Era una niña pequeña. Creí a mi madre sin más, aunque me parecía un poco extraño.
Lo que ha dicho tiene un sentido jodidamente retorcido.
Las lágrimas caen como lluvia torrencial. Me ahogo en la riada.
—Nena, lo siento mucho. —Sus manos grandes me acarician la nuca y me acurruco en su calidez, con la cabeza apoyada contra su pecho, mientras el sonido de su corazón firme y fuerte —el que yo rompí— me reconforta.
—Esto está tan jodido. Estamos tan jodidos —digo con voz ronca mientras me aferro más fuerte a él.
—Ya te digo —murmura mientras se echa hacia atrás para sujetarme la barbilla.
Cierro los ojos cuando sus labios me besan las lágrimas.
Enseguida su boca está sobre la mía y todo el odio entre nosotros se disipa en pura pasión.
Es una explosión de anhelo tras una larga separación.
Olvido que era mi objetivo, mi enemigo, y solo recuerdo al amante que fue para mí.
Al amante que aún podría ser si derribo las murallas que he levantado alrededor de mi corazón.
—Christine, nena. Pensé que te habías ido para siempre —murmura contra mi garganta mientras me levanta con sus grandes manos en mi trasero.
Le rodeo la cintura con las piernas. Se gira y me deposita sobre la encimera.
Una mano grande se desliza bajo mi camiseta y me cubre un pecho.
Qué bien se siente. Johnny siempre fue el mejor amante que he tenido.
Es visceral, atrevido, y le importa una mierda todo excepto el placer—.
Necesito saborearte, nena. Ha pasado tanto tiempo.
—Sus labios y su lengua recorren mi piel.
Se echa hacia atrás y me separa las rodillas.
Mis pantalones de yoga negros bajan por mis piernas.
Segundos después, Johnny tiene la cara enterrada entre mis muslos, devorando mi sexo con avidez como si fuera un banquete de cinco platos.
Es ruidoso. Descarado. Y cuando su lengua y sus labios encuentran mi clítoris, estoy perdida.
Las caderas se me levantan solas, necesito follarle la cara.
Me corro, me hago pedazos, y aún me odio por lo fácil que me corro con este hombre.
Me bajo de la encimera de un salto. Tiene la cara sonrojada.
Respira con dificultad, los puños cerrados, mientras me mira fijamente.
—Corre, niñita. Sabes que esta mierda entre nosotros es inevitable, que no ha terminado.
¿Te odias por desearme? Supéralo. Yo no soy el monstruo.
Tu padre lo era. Y casi consigues que nos maten a los dos por una venganza jodidamente equivocada.
Cuando termines con tu autocompasión, hablaremos.
O follaremos. Joder, haremos las dos cosas.
—Te odio —grito mientras levanto mis propios puños cerrados.
Sonríe con suficiencia, con los labios aún brillantes de mí. —Odia todo lo que quieras, nena. Estás atrapada conmigo. Para siempre. Lo sabes.
Mi respuesta es huir y cerrar la puerta de un portazo. Puede encerrarme si quiere. Necesito dormir y un plan para sobrevivir a mi nuevo captor. Me quedo dormida sollozando por todo lo que he perdido.