El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas Prólogo
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El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas

El Testigo de Sevilla Y El Mar De Las Tinieblas

Por Jose Pablo Gamez Camacho

© inepub.com

Prólogo

El Peso de Cuatro Siglos.

Hay verdades que no se aprenden en los libros encuadernados en oro que descansan en las bibliotecas de los reyes, ni en los sermones en latín que los clérigos escupen desde los altares de piedra.

Esas son verdades domesticadas, escritas por los que ganaron las guerras y necesitan que el resto del mundo permanezca de rodillas, creyendo que los límites del universo coinciden exactamente con las fronteras de sus miedos.

Las verdades auténticas, las que queman las manos, se heredan de noche. Se transmiten en voz baja, al amparo de una fogata que agoniza en los patios traseros de Triana, donde el humo de las hierbas rústicas se mezcla con la niebla del Guadalquivir y las guitarras mueren en un acorde triste.

Fue en una de esas noches, cuando el invierno de Andalucía calaba hasta los huesos, que el viejo Luis Gámez decidió entregar el testigo de su linaje.

Mateo apenas cumplía los diez años. Se sentaba en un taburete cojo, con las manos metidas en los bolsillos de su jubón gastado, contemplando cómo su abuelo avivaba las brasas con una rama seca.

El viejo Luis era un hombre de presencia imponente y misteriosa.

Su piel era intensamente morena, curtida por el sol implacable del Mediterráneo y los vientos del Atlántico, y de su cabeza caía una melena de pelo negro que, en esos últimos años de su vida, ya se rendía ante unas densas canas plateadas que brillaban con el fuego.

Pero lo que verdaderamente detenía el aliento de cualquiera que se cruzara en su camino eran sus ojos.

Luis tenía la mirada de un gato. No eran los ojos oscuros y comunes de la gente del puerto; sus pupilas destacaban en un tono verde jade, cruzado por unos destellos de un amarillo extraño y magnético que parecía cambiar de intensidad con la luz de las brasas.

Era una mirada felina, profunda y viva, capaz de mirar a través de los muros de la mismísima Catedral de Sevilla.

—Escucha el viento, Mateo —había dicho el viejo, mirándolo fijamente con aquellos ojos de jade y oro, mientras aspiraba una larga bocanada de su pipa de arcilla.

El humo gris que exhalaba olía a una mezcla de romero, tomillo y una resina oscura que él mismo maceraba, un aroma amargo y espeso que para el niño siempre sería el olor de la seguridad—.

Los cristianos creen que el viento solo arrastra tormentas o calma los calores del verano.

Pero el viento tiene memoria. Trae los ecos de un mundo que ellos intentaron borrar con fuego y mentiras.

El gitano Luis metió su mano morena en un pañuelo de seda descolorido que siempre llevaba atado a la faja.

Con una lentitud casi sagrada, extrajo un disco de metal oscuro.

No era oro, ni plata, ni el hierro tosco que los herreros de Sevilla machacaban en sus yunques.

Era un engranaje milimétrico, cuyos dientes encajaban en una geometría tan perfecta que parecía imposible que hubiera sido tallada por manos humanas.

Lo más extraño es que no reflejaba la luz del fuego; la absorbía, latiendo con un tibio fulgor mate.

—Los hombres de la Iglesia llaman a esto brujería —susurró Luis, sosteniendo el metal entre sus dedos curtidos—. Le temen porque no lo comprenden. Este trozo de metal no pertenece a este tiempo, muchacho. Es la llave de una verdad muy antigua, anterior a Roma y a los templos de los cristianos.

El niño se había inclinado hacia delante, fascinado por el sutil zumbido que parecía brotar del artefacto, pero también por el reflejo amarillo y verde que la luz del metal proyectaba directamente en las pupilas de su abuelo.

—¿Y de dónde viene, abuelo? ¿Quién lo hizo?

El viejo Luis soltó una carcajada amarga, que se convirtió en una tos seca, sacudiendo sus hombros morenos y su melena canosa.

Miró el diario de piel de buey que descansaba a su lado.

Sus páginas estaban llenas de intrincados símbolos que él mismo había copiado de viejos pergaminos prohibidos, trazos geométricos extraños, líneas parabólicas y caracteres que recordaban a estrellas caídas.

—No llegó a nuestras manos por gracia de reyes, Mateo —confesó el viejo, y una sombra de profunda gravedad cruzó aquellos ojos felinos—.

Llegó a nuestra sangre hace casi cuatrocientos años, traída por un hombre del que solo conservamos el nombre: Halvar.

Nadie en esta familia sabe ya el resto de su historia; solo que fue él quien puso este metal, por primera vez, en manos de un gitano de los caminos, el primero de nuestra línea, y que desde aquella noche no hemos dejado de cargar con su peso.

El viejo se inclinó hacia Mateo, y el aroma a hierbas secas golpeó el rostro del niño con la fuerza de un juramento. Esos extraños ojos verde jade y amarillo se clavaron en él con una urgencia casi desesperada.

—Llevamos cuatro siglos huyendo, Mateo. Cuatrocientos años de abuelos, padres e hijos naciendo y muriendo en el absoluto sigilo, cambiando de nombre en los caminos sin saber jamás qué le hicimos al Papa para que nos cazara como a perros.

Nadie en la familia sabe por qué odian a nuestra raza con tanta saña en cada rincón de España, ni qué buscan realmente sus espías...

Solo sabemos que nos buscan a nosotros, los gitanos, y que este metal se calienta cerca de algo, aunque ninguno de los nuestros ha sabido nunca explicar qué es lo que presiente ni por qué.

Por eso, generación tras generación, los padres de nuestra sangre nos hemos sentado en la oscuridad a repasar estas líneas.

Este diario que ves aquí no es papel común; son las mismas pieles que dibujó aquel niño vikingo.

Tus tíos, tus antepasados y yo mismo hemos gastado vidas enteras redibujando cada trazo, cada contorno y cada engranaje sobre la tinta vieja, para que el tiempo no borre lo que la Iglesia quiere quemar.

Tu madre, Mateo... ella no era una aventurera.

No tenía la malicia para esquivar a los monjes negros.

Por eso se lo oculté toda su vida, pensando que en la ignorancia estaría segura.

Pero no lo logré... Murió en el camino con este cuaderno en el pecho el día que te dio a luz, huyendo de hombres de negro cuyos nombres ni siquiera conocemos.

El viejo Luis apretó los dientes, y el engranaje pareció vibrar con más fuerza entre sus dedos curtidos.

—Eres lo mejor que ella me dejó, muchacho.

El orgullo de mis días. Y ahora que siento mis años llegar al ocaso, debes saberlo todo.

Los reyes y los papas ignoran estos símbolos, Mateo, pero temen lo que evocan.

Los espías que bajan de las galeras papales hablan de un hallazgo terrible en las criptas del Vaticano.

Los hombres del Papa han desenterrado una reliquia que llaman la 'Piedra Angular'.

Dicen que no es roca de la tierra ni metal de herrería; es un fragmento purísimo, más ligero que el acero y con un brillo tan cegador que deja en vergüenza al diamante.

Una piedra que late, Mateo. Emite un zumbido sordo que estremece los cimientos de Roma y resuena con un eco que no es de este mundo.

Los cardenales la ocultan porque quieren usar su fulgor sobrenatural ante el pueblo para proclamar que son los únicos y verdaderos mensajeros de Dios, los elegidos para gobernar las coronas de toda la cristiandad mediante falsos milagros de luz.

El viejo suspiró, y por primera vez el niño notó una lágrima contenida brillar en la mirada felina de su abuelo.

—Pero son unos ciegos soberbios. Cada vez que intentan despertar el brillo de esa piedra en Roma, este medallón se calienta en mi pecho, como si respondieran el uno al otro en una lengua de fuego.

Presiento que la fuerza que duerme en ese mineral es la misma que partió las torres en los dibujos de mi cuaderno.

Si los necios del Vaticano siguen forzando su fulgor para engañar a los hombres, van a desatar una marea que ninguna oración podrá contener.

Van a romper el suelo que pisamos y Sevilla entera se hundirá en un templo de cenizas y lodo antes de que comprendan su error.

El viejo tomó la mano del pequeño Mateo y colocó el engranaje templado sobre su palma, obligándolo a sostener el peso de cuatro siglos de astucia y supervivencia.

—Yo ya no tengo fuerzas para cruzar el mar, Mateo.

Mis días se apagan como estas brasas. Yo solo he podido proteger el secreto, pero tú tienes nuestros ojos.

"Ojos sevillanos" que heredaron un destello de esa verdad.

Te dejo mi diario, los símbolos que no pude descifrar y esta llave.

Llegará el día en que un navegante terco busque barcos para viajar al fin del mundo.

Búscalo. Súbete a su nave. Tienes que descifrar los símbolos que yo no entendí, encontrar el origen de este metal y usar esta llave para silenciar la piedra de Roma antes de que sea tarde. Prométemelo, muchacho.

El niño, sintiendo el metal latir contra su piel al ritmo de su propio corazón, había asentido en silencio, abrumado por el peso de las obsesiones de su abuelo.

Lo que Luis no le mostró aquella noche, ni ninguna otra, fue una segunda pieza que guardaba oculta desde hacía décadas: un báculo de metal ceniciento, gemelo en su extraño lenguaje de símbolos al engranaje que ahora dormía contra el pecho de Mateo.

El viejo gitano había decidido, mucho tiempo atrás, que dos piezas juntas en las mismas manos jóvenes serían una condena más rápida que una sola.

Seis años pasaron después de aquella noche de advertencias, compartiendo el taller y las vigilias, hasta que llegó la mañana en que la silla del viejo Luis amaneció vacía y su pipa de arcilla apareció rota sobre la tierra.

Habían transcurrido ya otros seis largos años desde esa misteriosa desaparición; seis años en los que Mateo había tenido que convertirse en hombre antes de tiempo y aprender a desentrañar solo los secretos del oficio.

Pero en la choza, junto al diario forrado en piel de buey que el muchacho custodió desde entonces, el aroma a hierbas secas siempre flotaría en el aire, denso, imperecedero, como una promesa que el tiempo jamás lograría borrar.