El testamento de Elías (Provenance 1) 2
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Hay hoteles y hoteles, y luego está el Danieli.

Visitado por gente como Goethe, Wagner, Debussy, Dickens, Byron, Proust o Balzac, por nombrar algunos de sus destacados huéspedes, este albergo veneciano es mundialmente conocido por uno de los palacios que lo componen, el Palazzo Dandolo,

construido en el siglo XIV en estilo gótico veneciano por la familia patricia del mismo nombre.

La familia Dandolo fue una de las dinastías más importantes de la historia veneciana, produciendo cuatro Dogos de Venecia, incluyendo el infame Enrico Dandolo, una figura prominente de la Cuarta Cruzada y del Saqueo de Constantinopla,

el cual sustrajo de la metrópoli del Bósforo innumerables reliquias y objetos preciosos.

Por ello, me pareció irónico que nos reuniéramos precisamente en el Palacio Dandolo para discutir la recuperación de objetos sagrados que habían sido puestos a salvo de un brutal saqueo propiciado por un miembro de esa ilustre familia.

Entrar en el vestíbulo del Palacio Dandolo es como entrar en una máquina del tiempo.

De hecho, uno no se sorprendería del todo si viera un dogo veneciano caminando con sus ropajes medievales por sus salones.

La increíble escalera interna que lleva a las habitaciones del hotel es la imagen típica del Palazzo, pero el Bar Dandolo Lounge, donde Rebecca y yo debíamos encontrarnos con David, es a mi juicio aún más espectacular.

Rodeado por un bosque de columnas de mármol, con lámparas de cristal de Murano flotando sobre las cabezas de los clientes y esas ventanas de arco ojival tan típicas del estilo gótico veneciano, es un lugar de ensueño para una tranquila tarde en buena compañía.

David nos estaba esperando sentado en un lujoso sofá cuando llegamos al bar. Nos saludó de forma amistosa, pero sin ceremonias y fue al grano, como era su costumbre.

“Dime, Otto, ¿qué es eso tan importante que quieres discutir conmigo?”

“Tenemos muy buenas razones para creer”, dije en voz baja, “que al menos algunos de los objetos sagrados del Templo de Jerusalén podrían estar aquí, en Venecia.”

David me miró con su cara más severa.

“Otto, seguro que entiendes las implicaciones de lo que me estás diciendo.”

“Por supuesto.”

Miró a Rebecca, que asintió con la cabeza. Pude ver que estaba un tanto intimidada por la intensidad de David.

“Será mejor que discutamos esto en un lugar más tranquilo. Seguidme, por favor.”

David nos llevó a su suite, que tenía un salón separado amueblado con los artículos más lujosos que he visto en una habitación de hotel: viejos retratos de dogos de la familia Dandolo, un espejo profusamente decorado, estatuas de querubines sosteniendo las lámparas de mesa,

y todo eso junto a los muebles más maravillosos que se puedan imaginar.

“Veo que te has dado un gustazo, David”, le dije con una sonrisa de admiración.

“La vida es corta, Otto, la vida es corta…”, respondió con naturalidad. “Bueno, cuéntamelo todo.”

David era alguien que cogía las cosas al vuelo y pensaba aún más rápido. Escuchó toda nuestra historia sin una sola interrupción, observando con un ojo atento las páginas de la Chanson que habíamos robado del Archivo Estatal. Cuando terminamos nuestra narración, sólo tenía una pregunta.

“No habréis hecho planes para los próximos días, ¿verdad?”