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A la mañana siguiente, Rebecca me esperaba fuera de su oficina, de pie junto a un Fiat 500 de color blanco perla. Me entregó las llaves con una sonrisa burlona y se sentó en el asiento del pasajero.
“Veamos cómo te las apañas en las calles de Roma “, me dijo riéndose.
El tráfico en Roma tiene una bien merecida (mala) reputación.
No es tan caótico como en Nápoles o en Palermo, pero es en cualquier caso bastante difícil para el conductor inexperto de más allá de los Alpes.
¿Distancia de seguridad? No existe. ¿Intermitentes?
Desconocidos. Los conductores se comportan como si estuvieran en un estado de frenesí permanente.
Y los motociclistas son los peores: nunca los ves venir, no respetan ninguna regla y te adelantan por el lado derecho cuando les da la gana.
Debo admitir que, después de estar acostumbrado a la forma burocrática de conducir de los franceses y (sobre todo) de los alemanes, los cuales respetan todas las reglas, me resultaba estimulante conducir de esa forma.
Había una sensación de libertad que echaba mucho de menos en otros lugares, como si esa visión de la vida que-le-den-por-saco-a-las-reglas de los italianos se reflejara en cómo se comportaban detrás del volante.
Con un punto negativo solo. En la autopista, nada de excesos de velocidad si no quieres terminar pagando una fuerte multa por ello.