El susurro de las amapolas Prólogo
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El susurro de las amapolas

El susurro de las amapolas

Por Alejandro Mayor

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Prólogo

Nadie me ve

Hace más de doce mil días que estoy muerta para el mundo.

Todos los que alguna vez me conocieron ya ni siquiera recuerdan el color verdoso de mis ojos, ni mi grácil cuerpecillo, ni mi escasa sonrisa blanca.

No es una dulce canción de cuna cantada al oído, al son de las notas de un piano, las que me han llevado esta noche a transitar el sendero de la memoria. Los cimientos de todo lo que he construido a lo largo de mi vida se han venido abajo, más bien se vinieron abajo hace mucho tiempo.

Aquel día, mientras atravesaba las zarzas del bosque con mi hija de la mano, no reparé en pensar que sería la última vez que vería su rostro. Ni siquiera reflexioné que mis actos, cuyo único propósito tenían el mantenerla a salvo, serían los que se volviesen en su contra.

No puedo volver a ver la vida de la misma manera, sobre todo porque estoy encerrada en un zulo a tres metros bajo tierra.

Nadie puede oírme gritar, aunque eso no es necesario.

Recalco, no estoy secuestrada. Vivo bajo la protección de la oscuridad. Me alimento religiosamente, no tengo queja.

Lo que necesito es salir, volver al mundo. No sé cuánto más podré soportar el cautiverio, por más que este suponga un beneficio para mi persona.

Pero sé que si salgo todo acabará. Si alguien me ve a plena luz del día y me reconoce, acabaré dependiendo del cruel destino que me espera.

Un disparo en la nuca, puede que eso sea lo que merezco.

Debo de aguantar, sé que puedo hacerlo.

No tengo ni la más mínima intención de morir hoy.