El Silencio del Valle CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

La sombra del miliciano

El silencio que siguió a las revelaciones de Julián fue roto por el zumbido constante del aire acondicionado del hospital.

Marcos permaneció junto a la ventana, contemplando cómo los limpiaparabrisas de los coches dibujaban arcos mecánicos abajo, en el aparcamiento de Valdecilla.

La llovizna de Santander, fina y persistente, parecía empañar también el panorama legal de lo que hasta hacía unas horas era un simple rescate de montaña.

—«Si alguien estuvo allí arriba la noche de la tormenta» —comentó Marcos, girándose despacio y midiendo cada palabra con su habitual frialdad policial—, «significa que el secreto de ese muro no murió con el padre del chico.

Alguien más en el valle tiene los mapas, o al menos la misma sospecha que usted, don Julián».

Julián asintió con la cabeza de forma lánguida, apoyando la nuca en la almohada del hospital. El esfuerzo de recordar y encajar las piezas le estaba pasando factura; los monitores a su cabecera registraron un leve repunte en sus pulsaciones.

—«El padre del muchacho... Manuel Cortabitarte se llamaba» —susurró el anciano, con los ojos entornados—.

«En las brañas lo conocían como «El tuerto de Udías».

Oficialmente era un peón que se encargaba del mantenimiento de las vagonetas en la mina de zinc, un hombre huraño que jamás bajaba al pueblo si no era estrictamente necesario.

Pero en el treinta y siete, Manuel formaba parte del Batallón 112 de los milicianos de la CNT. Él conocía el subsuelo del valle mejor que los propios ingenieros de la compañía minera».

Valeria, que se había mantenido al margen escuchando con los brazos cruzados, se acercó a la mesilla y cogió la carpeta de cuero vieja que Marcos había rescatado del cubil. La abrió con cuidado, esquivando los jirones de papel humedecido, hasta dar con los recortes de prensa antiguos.

—«Aquí hay una nota necrológica de 1982» —dijo ella, señalando un trozo de papel amarillento del periódico Alerta. —«Dice que Manuel Cortabitarte falleció en su cabaña de las brañas altas debido a un disparo accidental mientras limpiaba una escopeta de caza».

No hubo investigación criminal. La Guardia Civil de la época lo archivó como una desgracia rural.

Marcos esbozó una sonrisa cínica, una de esas expresiones que sus compañeros de la brigada de Madrid conocían bien cuando se topaba con un informe municipal manipulado.

—«Disparo accidental mientras limpiaba una escopeta... El cliché más viejo del mundo rural para cerrar un asunto incómodo sin levantar sospechas» —sentenció el inspector, acercándose a la cama.

—«Don Julián, ¿Manuel Cortabitarte tenía más familia? Alguien del pueblo, un socio, un hermano...»

—«Un hermano menor, Cecilio» —respondió Julián, abriendo los ojos de golpe, como si el nombre le quemara en los labios—. «Cecilio Cortabitarte. Al contrario que Manuel, él se pasó al bando nacional en cuanto las tropas italianas entraron en Torrelavega.

Las tropas italianas ocuparon Torrelavega el 24 de agosto de 1937 durante la ofensiva del Frente Norte.

Estas fuerzas, pertenecientes al Corpo Truppe Volontarie (CTV) enviado por Mussolini, fueron determinantes para cortar las comunicaciones terrestres de las fuerzas republicanas que se retiraban hacia Asturias.

—Sabía que su hermano custodiaba un secreto de los comités de guerra. Tras la contienda, Cecilio prosperó de forma misteriosa.

Compró tierras, concesiones madereras y se convirtió en uno de los hombres fuertes del municipio durante el franquismo. Manuel y él jamás volvieron a hablarse, pero el rencor de Cecilio hacia su hermano era un secreto a voces en la comarca».

—«Y el hijo de Cecilio...» —aventuró Marcos, intuyendo la línea de sangre.

—«Es Anselmo Cortabitarte» —concluyó Valeria, y su voz adquirió un tono helado. —«El actual alcalde pedáneo de la zona de las minas».

—El mismo que ayer por la mañana insistía tanto al sargento Ceballos en que la búsqueda de mi tío era una pérdida de tiempo y que la cueva de las Galerías Ocultas era un pozo muerto donde solo había desprendimientos.

Las piezas del tablero acababan de encajar con la precisión de un mecanismo de relojería suizo. El caso del arqueólogo desaparecido ya no pertenecía al folclore del norte ni a los desvaríos de la fiebre.

Era una disputa de herencia, una deuda de sangre de la Guerra Civil que seguía latiendo bajo el fango y las estalagmitas de Udías.

Anselmo Cortabitarte no quería que encontraran a Julián porque el anciano estaba a punto de romper el muro que su familia llevaba tres generaciones intentando localizar o saquear en exclusiva.

Marcos se llevó la mano derecha al bolsillo, buscando su teléfono móvil por puro instinto, pero recordó que el aparato había quedado destruido por el agua del sifón. Miró a Valeria, cuyos ojos reflejaban una mezcla de rabia y temor por lo que acababan de descubrir.

—«Tenemos que volver al cuartel de Santillana» —dijo Marcos, ajustándose el cabestrillo con un gesto firme.» —Si Anselmo o su gente estuvieron en la cueva la noche de la tormenta, saben que el derrumbe nos dejó atrapados.

Pensarán que estamos muertos en el fondo de la sima con «el chico de la cueva». Esa es nuestra única ventaja, Castro. No saben que logramos salir por las minas viejas».

Valeria le sostuvo la mirada, y por un instante, la complicidad del beso en la gruta volvió a brillar en el espacio estéril del hospital. Ella asintió, dejando la carpeta sobre la mesilla y dándole un beso tierno en la frente a su tío.

—«Cuídate, tío. —Volveremos pronto» —dijo ella.

—«Tened cuidado, muchachos» —les advirtió Julián desde la cama, con la voz debilitada. —«Ese oro lleva casi un siglo maldito en la oscuridad.

Ha matado a milicianos, ha vuelto locos a ermitaños y los Cortabitarte no van a dejar que un policía de Madrid les quite lo que consideran su derecho de guerra».