El Ocaso de los Hermanos #2
Niños lloraron. Los sobrevivientes corrieron más lejos, presas del pánico.
—¡Van a destruir todo! —Lira gritó, desesperada, con Lume desplegando más y más escudos para proteger a los civiles.
Samvarg se lanzó hacia adelante, intentando interponerse, pero Thoren ni siquiera lo miró: levantó una muralla de piedra que apartó al lobo de hielo como si no existiera.
Valgor intentó calmar a su portador con un bramido grave, pero el eco de la rabia de Thoren era más fuerte.
Thoren ya no escuchaba a nadie.
No escuchaba a su hermano, no escuchaba a Lira, no escuchaba a los titanes.
Solo veía la figura de Kael frente a él, cómo si no reconociera a su hermano.
Kael intentaba mantener la calma, pero cada defensa lo acercaba más al límite.
Una lanza de hielo salió de su mano y atravesó el aire como un rayo blanco. Thoren la esquivó por poco, pero el filo le rozó el hombro y la sangre manchó la piedra que cubría su piel.
En respuesta, Thoren golpeó el suelo con ambas manos y una onda expansiva de rocas levantó a Kael por los aires. El hermano menor giró en el aire, creando un pilar helado para aterrizar, pero Thoren ya estaba allí, lanzándose contra él.
Ambos chocaron en medio del aire.
La plaza tembló con el impacto.
Los escombros volaron, los muros se derrumbaron. Otro cráter se abrió bajo sus pies cuando cayeron, y el estruendo fue tan fuerte que los pocos espectadores que quedaban huyeron despavoridos.
Lira corrió hacia ellos, con la voz desgarrada.
—¡Kael! ¡Thoren! ¡Deténganse!
Pero sus palabras se ahogaron en el rugido del choque.
Kael respiraba con dificultad, la escarcha de su cuerpo resquebrajándose. Sus ojos, sin embargo, seguían firmes.
—Esto… ya no es una demostración… —murmuró entre jadeos.
Thoren lo miró, con los puños apretados, cubierto de polvo y sangre.
Su rostro no era de furia ciega, sino de algo más peligroso: una obstinación indomable.
El aire ardía y helaba al mismo tiempo.
Cada vez que chocaban, la plaza se partía un poco más.
La gente había desaparecido.
Solo quedaban ellos dos, los titanes rugiendo impotentes al fondo, y el eco de un enfrentamiento que parecía no tener fin.
Lo que debía enseñar a sobrevivir estaba a punto de convertirse en una batalla que podía acabar con todos.
El aire era fuego y hielo al mismo tiempo.
La plaza, que alguna vez fue el campo de entrenamiento de la ciudad, estaba ahora destrozada: grietas, cráteres, edificios derrumbados a medio colapso.
Kael seguía firme, con los ojos fríos como la escarcha, aunque la sangre le corría por la frente. Cada respiración era un jadeo, pero aún parecía tener el control, como si en su mente aquello siguiera siendo un entrenamiento… un duelo para enseñar, no para matar.
Thoren, en cambio, era lo opuesto.
Su cuerpo, cubierto de piedra y sangre, se movía como un animal desatado. No había en él mesura, solo la fuerza bruta de un volcán contenido demasiado tiempo. Cada golpe era más fuerte que el anterior, cada paso una amenaza de derrumbe.
—¡Thoren! —rugió Valgor, su voz resonando como un trueno terrestre.
Pero el joven no escuchaba.
Kael esquivó otro golpe devastador, y aun así el impacto partió el suelo en dos, abriendo una grieta que hizo tambalearse a los que aún miraban desde lejos. Alzó la mano y congeló la grieta, cerrándola en un segundo.
—Ya basta, Thoren… —dijo Kael entre jadeos, con la voz firme pero agotada.
Thoren no respondió. Solo embistió otra vez, levantando un muro de piedra y usándolo como catapulta para lanzarse sobre su hermano.
El choque levantó una nube de polvo tan densa que los espectadores gritaron, creyendo que los dos habían desaparecido bajo los escombros.
De esa nube salió un rugido:
Samvarg, con sus colmillos brillando de escarcha, se interpuso de golpe, empujando a Thoren hacia atrás con un zarpazo helado.
El suelo tembló.
“¡Detente, muchacho!”— aulló Samvarg, sus ojos de hielo clavados en su portador.
Thoren cayó de pie, respirando con furia, los puños cerrados, las venas tensas bajo la roca de su piel. Su mirada estaba perdida entre Kael, Samvarg y Valgor, como si todos fueran un obstáculo en su camino.
Valgor no esperó más.
El titán bisonte golpeó con sus patas el suelo, y de inmediato varias murallas de piedra surgieron alrededor de Thoren, envolviéndolo capa tras capa, hasta dejarlo atrapado en una prisión de roca viva.
El aire se llenó del sonido de la piedra cerrándose sobre él.
El estruendo fue tan fuerte que pareció un derrumbe completo.
“Basta, Thoren” —bramó Valgor, su voz temblando de preocupación más que de enojo—. “Esto no es una batalla. ¡Míranos! ¡Es tu hermano!”
La prisión de roca se estremeció.
Grietas aparecieron en la superficie, cada una acompañada de un rugido de Thoren desde el interior. La gente retrocedió aún más, con miedo real.
Kael dio un paso al frente, levantando una mano como si quisiera pedir calma, pero Valgor lo detuvo con un gruñido bajo.
“Y tú también, Kael.” —El titán lo miró con ojos severos—. “Esto ya no es un entrenamiento. Si sigues, lo perderemos a él… y a ti.”
Kael apretó los labios, bajando lentamente la mano. No era rendición, sino aceptación: comprendía que lo que estaba ocurriendo ya no era suyo.
Dentro de la prisión, el estruendo continuaba.
La piedra se resquebrajaba con cada golpe de Thoren, cada embestida. Parecía que en cualquier momento iba a romper todas las capas y volver a lanzarse contra su hermano.
Samvarg dio un paso al frente, la escarcha en su lomo brillando como cuchillas.
“Yo lo detendré si rompe el sello” —gruñó.
Valgor bajó la cabeza, como cargando con un peso enorme.
“No. Lo detendremos juntos.”
El silencio se apoderó del lugar. Solo se escuchaba el retumbar sordo de Thoren intentando liberarse, cada rugido mezclado con el crujir de la piedra.
Lira, con lágrimas en los ojos, apretaba los puños.
—Ellos… ellos iban a enseñarnos. Y ahora… mírenlos.
Lume extendió su luz sobre ella, en un gesto de calma.
En el centro de la plaza, el polvo se fue asentando.
La prisión de roca seguía temblando, cada grieta iluminada por la furia contenida de Thoren.
El entrenamiento había muerto.
Ahora solo quedaba una batalla contra sí mismos.
La prisión de piedra temblaba como si contuviera a un monstruo imposible.
Cada grieta se abría con un estruendo sordo, dejando escapar chispas de polvo y fragmentos que saltaban en todas direcciones.
Valgor apretaba las patas contra el suelo, reforzando capa tras capa, pero incluso él temía que eso no aguantaría mucho.
Samvarg, con el pelaje erizado y colmillos de escarcha, esperaba el momento de lanzarse para morder la furia misma si era necesario.
Kael, de pie frente a todos, respiraba agitado.
—Lo detendré yo —dijo, avanzando un paso.
—¡No! —gruñó Samvarg—. Tú eres lo que él ve como obstáculo. Si vas, lo encenderás más.
Kael se quedó quieto, el hielo aun vibrando en sus manos. Sus ojos, llenos de dolor, se clavaron en la roca que retenía a su hermano.
El rugido de Thoren desde dentro era desgarrador, mezcla de rabia y angustia, como si lo estuvieran arrancando de sí mismo.
Entonces, Lira dio un paso al frente.
El silencio fue inmediato.
Su silueta, delgada pero firme, se recortó contra la prisión que se desmoronaba poco a poco.
—Déjenme intentarlo —dijo.
—¡Estás loca! —la cortó Kael, con un tono de desesperación.
—Si entras, no saldrás viva —añadió Samvarg, su voz grave.
Lira los miró uno a uno, y luego a Lume, que desplegó sus alas de luz, bañándola en un resplandor suave.
—Si no lo hago yo… lo perdemos para siempre.
Sin esperar permiso, avanzó hacia la prisión.
Los escombros llovían alrededor, el suelo vibraba bajo sus pies. Cada grieta que se abría mostraba un destello del cuerpo de Thoren, cubierto de roca fundida, su piel roja y tensa, sus ojos brillando como brasas.
Valgor trató de interponerse, su enorme cabeza bajándose frente a ella.
—Lira… él ya no escucha. Solo destruye.
Ella levantó la mano y apoyó suavemente los dedos sobre la piel de piedra del titán.
—Entonces déjenme ser su voz.
El bisonte se apartó.
Lira entró al círculo.
La roca crujía a su alrededor, un sonido como huesos partiéndose. Con cada paso, la presión del calor era mayor, y las ráfagas de tierra despedazada casi la hacían perder el equilibrio.
Cuando estuvo lo bastante cerca, levantó la voz.
—¡Thoren!
El nombre retumbó, pero no hubo respuesta. Solo un rugido ensordecedor desde dentro, seguido de una explosión que abrió la primera capa de la prisión.
Fragmentos volaron en todas direcciones, y Kael gritó el nombre de Lira. Pero ella no retrocedió.
Se acercó más, los mechones de su cabello cubriendo su rostro con sudor y la ceniza.
—¡Mírame, Thoren! —gritó, su voz cargada de desesperación, pero también de fuerza.
Una grieta más se abrió, y por un instante vio el ojo de él, rojo, enloquecido, perdido en el caos.
—No debes hacer esto. ¡Soy yo... Lira! —sus palabras se clavaron como flechas—. ¡Tu hermano te necesita, necesita a Thoren! ¡A ti!
El rugido cesó un instante.
El ojo titiló, dudando.
Ella avanzó otro paso, con el corazón golpeándole el pecho como un tambor.
—No eres piedra, no eres furia… —susurró, la voz quebrándose, pero sin perder firmeza—. Eres nuestro escudo. Eres quien se lanza al fuego para salvarnos. ¡Eres más que suficiente para mí, para todos!
Otra grieta explotó. La prisión ya no resistía.
Lira cerró los ojos y levantó las manos, pegándolas contra la piedra ardiente, aunque la piel le quemaba al contacto.
—Si quieres destruirlo todo, tendrás que empezar por mí.
El silencio se hizo mortal.
Los titanes contuvieron el aliento. Kael dio un paso adelante, incapaz de mirar, pero sin poder apartarse.
Entonces ocurrió.
El rugido de Thoren cambió. Ya no era un grito de furia, sino un lamento profundo, humano, ahogado.
La prisión se resquebrajó una última vez y, en lugar de explotar hacia afuera, colapsó hacia dentro.