El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) Lo Que Estamos Dispuestos a Perder
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Lo Que Estamos Dispuestos a Perder

La noche era espesa, inmóvil, como si el tiempo mismo dudara en avanzar.

En la sala principal de otro refugio de piedra, iluminada apenas por el fuego cansado de una antorcha, Kael y Thoren permanecían en silencio.

El aire era denso. No por el polvo, ni por la ceniza, sino por el recuerdo que ambos intentaban cargar sin doblarse: el Titán Errante.

—¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que lo mencionamos? —susurró Kael, con la voz apenas audible—. ¿Cuánto desde que recordamos por qué estamos aquí?

Thoren tardó en responder. Sus ojos se perdieron en las llamas. —Desde que comenzamos a ver esperanza en algo más que venganza —dijo con tono grave—. Desde que dejamos de perseguirlo y empezamos a proteger a otros.

Kael asintió despacio. —Pero aún está allá afuera. Esperando. Caminando. Destruyendo. Corrompiendo lo que queda.

Valgor habló entonces, su voz resonando como truenos en la conciencia de Thoren:

“Él no se detuvo. Él nunca lo hará. Mientras respire este mundo, el Errante lo marchitará con su sombra”

Samvarg se sumó, su voz helada, cortante y profunda:

“Olvidarlo es dejarlo vencer. Y él… no ha caído. Nadie lo ha hecho retroceder. Nadie lo ha visto sangrar.”

Kael cerró los ojos. —Ese bastardo... me arrebató a mi padre y a mi hermano. Los asesino sin dejar rastro. Si hay justicia en esta tierra rota, su final debe llegar por nuestras manos.

Thoren apretó los dientes.

—Lo se hermano. A mí me quitó mi tribu. Mi madre. Mi padre. Mi hermana... Miko —sus labios temblaron un segundo—. La vi desaparecer. Frente a mí.

Hubo silencio. Tan denso que ni el fuego se atrevió a crujir.

“Sus nombres viven en ustedes” dijo Valgor, solemne “Y en lo que hacen con ese dolor. No hay paz verdadera mientras él camine entre ruinas. Solo una tregua… antes del final”

Kael se incorporó un poco. —Debemos reunir a los otros Titanes. Es la única forma. Uno solo de nosotros no basta. Ni dos. Ni cuatro. Todos juntos, quizá. Solo entonces…

—…podremos hacerle frente —concluyó Thoren—. Porque él no es un monstruo cualquiera. Nadie sabe cómo apareció o cuál es su objetivo, pero necesita ser erradicado de la faz de la tierra.

Samvarg bajó el tono de su voz mental, como un susurro entre ventiscas:

“La tierra fue profanada. Los mares envenenados. El cielo contaminado. El Errante pudo haber nacido de ese crimen”

—Y mientras camine… no habrá renacimiento —dijo Kael.

Valgor lo afirmó con gravedad:

“Ni árboles nuevos. Ni océanos limpios. Ni hijos sin guerra”

Thoren se incorporó y dio un par de pasos por la sala, inquieto. —Lo encontraremos. Y lo destruiremos. Pero ahora…

Kael lo interrumpió con un suspiro, terminando su pensamiento: —…hay algo que no podemos ignorar. Esta ciudad. Esta gente. Atormentada, sí. Temerosa. Pero humana.

Thoren se giró hacia él. —No podemos dejarlos.

—No —afirmó Kael—. Así como no pudimos dejar a Samvarg cuando lo escuché por primera vez. O a Valgor cuando nos guio bajo tierra. Así como no dejamos a Ara…

Un silencio distinto los envolvió ahora. No era dolor. Era determinación. Y aunque sabían que aún faltaba mucho para enfrentar al Titán Errante… sabían que cada paso hacia esa batalla requería proteger lo que quedaba de humanidad.

Ese era el precio. Y estaban dispuestos a pagarlo.

Apenas la antorcha temblaba en la pared del refugio, lanzando sombras largas sobre las figuras de Kael y Thoren, se sentaron sobre mantas viejas frente al fuego tenue. El aire olía a raíces secas, a humo y cansancio acumulado. Ni una palabra se dijo durante largos minutos.

—¿Y si todo lo que hicimos fue en vano? —rompió el silencio Kael, con voz áspera—. Si ese dron transmitió cada uno de nuestros movimientos, cada una de nuestras trampas… ya no es una emboscada, es una invitación.

Thoren apoyó sus codos en las rodillas, frotándose el rostro. Sus nudillos estaban ásperos, agrietados. Las palabras le costaban.

—No sabemos desde cuándo nos observaban —dijo—. Ni cuántos más vendrán. Pero si fueron capaces de corromper a un Titán como el del Viento... entonces ya nada tiene sentido. Lo impensable... ya sucedió.

El fuego chisporroteó. En su mente, Samvarg habló con calma glacial, su voz como una corriente entre montañas nevadas:

“No todo está perdido. Lo que se ha torcido puede ser enderezado. Lo que se corrompió, tal vez aún recuerde lo que fue”

Valgor, grave como una caverna profunda, habló también:

“Los titanes no son dioses. Somos antiguos, sí, pero no inmunes. La humanidad ya ha demostrado que puede moldear lo imposible con su miedo... y su ambición. Lo que hicieron con el de Electricidad fue solo el principio”

Kael asintió, mirando el fuego. —Lograron que un fénix huyera... —murmuró—. Stromar escapó herido, drenado por su tecnología. Y el del Mar... —su voz bajó aún más—. Asesinado. Lo sabemos. Las aguas no mienten.

Thoren apretó los puños. —Empiezo a creer que el titan de magma si acabo con él. A Nai’zaar y a toda su tribu. Fue una masacre. Y la titan Thae’Lun también está siendo corrompida... Tal parece que nos estamos quedando sin aliados.

—Y sin embargo... —añadió Kael, sin apartar la mirada— aquí estamos. Protegiendo a una ciudad olvidada. A un puñado de gente rota. ¿Vale la pena?

El silencio volvió. Hasta que Valgor habló, con la fuerza de la tierra que aguanta el paso del tiempo:

“Los Titanes existen por equilibrio. Ustedes por elección. Nadie les obliga a proteger. Pero si lo hacen, no será en vano. Un solo pueblo defendido con honor... pesa más que cien batallas ganadas con rencor”

Kael cerró los ojos. No por paz, sino por culpa. Thoren lo miró de reojo.

—Quiero creer eso… —susurró Thoren—. Pero a veces… a veces no sé qué estamos dispuestos a sacrificar.

Kael lo miró. —¿Tú sí lo sabes?

Thoren no respondió al instante. Bajó la mirada al suelo de piedra.

—Creo que sí… —murmuró—. Creo que daría mi vida por ti, por Valgor, por Samvarg… —pausa—. Y por Ara.

Kael levantó la mirada.

—¿Lo has pensado bien?

—Sí —dijo Thoren, sin titubear—. Pero por eso mismo... no quiero que esté aquí.

Kael guardó silencio. No por sorpresa, sino porque comprendía demasiado bien lo que sentía.

—¿Quieres dejarla fuera? —preguntó, con tono neutro.

—Sí. —Thoren tragó saliva—. Ella tiene derecho a vivir. A descubrir quién fue. A ser libre de elegir algo que no sea solo muerte y resistencia.

—Y sin embargo… —empezó Kael, pero se detuvo.

El crujido leve de una tabla hizo que ambos giraran la cabeza.

Ara estaba de pie en la entrada, con el cabello suelto cayéndole sobre los hombros, descalza, con la expresión firme.

—No necesito su permiso —dijo, sin levantar la voz—. Los escuché.

Thoren se incorporó de golpe. —Ara… no era— no quería—

—Lo sé —lo interrumpió—. Pero eso no cambia nada. No vine hasta aquí para esconderme. No estoy con ustedes solo por las respuestas a mi pasado. Estoy porque elegí estar. Y estaré… hasta el final.

El silencio que siguió fue como una ola que retrocede antes de golpear con más fuerza. Kael asintió lentamente. Thoren bajó los ojos, como si se rindiera ante algo más fuerte que su miedo.

—Entonces estarás… —murmuró Thoren—. Pero si llegamos a caer, yo… me aseguraré de que tú no caigas primero.

Ara se acercó un paso. —No quiero que prometas eso.

—No es promesa —dijo Thoren, mirándola directo a los ojos—. Es decisión.

Ella no respondió. Solo se acercó y colocó una mano sobre su brazo, con una suavidad que contrastaba con todo lo que los rodeaba. Kael se levantó sin decir nada, dándoles ese momento. Caminó hacia la puerta.

Samvarg lo recibió con un pensamiento claro y frío como el hielo que vigila desde las montañas:

“El viento cambia, hermano. El enemigo vendrá. Pero esta vez… no seremos los que huyen”

Valgor añadió, desde lo profundo de la tierra:

“Donde ustedes luchen, nosotros resistiremos. No por órdenes. Por convicción”

Kael apretó los puños.

—Entonces pelearemos —susurró—. Por ellos. Por Ara. Por lo que queda de este mundo.

Y en lo alto, la luna se asomó entre las nubes negras. Silenciosa. Testigo de la promesa que no se dijo en voz alta, pero que todos, en su interior, sabían que marcaría los días por venir.