El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) Lo que Aún Respira Bajo las Ruinas #2
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Lo que Aún Respira Bajo las Ruinas #2

Salieron de la vieja casa y emprendieron el camino en silencio, por los senderos grises y las sombras húmedas que rodeaban la parte baja de la ciudad. Los edificios oxidados parecían observarlos con ojos vacíos.

—¿Qué quiso decir con eso? —susurró Thoren.

—Ni idea… —dijo Kael.

La madre de Miko hablo con voz baja.

—Ahí abajo, en las entrañas de la ciudadela… viven los últimos de la tribu de la naturaleza. Pero ya no queda mucho. Familias rotas, niños sin padres. Y cada día, desaparece alguien más.

—¿Nadie hace nada? —preguntó Kael, endureciendo el tono.

—Están ciegos… o demasiado asustados. Siguen esperando. Creen que la Titan de la Naturaleza se levantara para salvarlos. Dicen que el “Pacto de los Cielos” se está cumpliendo… que pronto volverá la paz.

—¿Creen? ¿O se los hacen creer? —dijo Thoren con voz amarga.

La mujer no respondió de inmediato.

—Por eso me fui. Algo no encajaba. El silencio de la Titan… la calma falsa… No podía quedarme esperando algo que ya no parecía real.

Caminaron varios minutos más. El aire se volvió más denso, cargado de polvo y electricidad latente.

Un silencio incómodo los cubrió mientras avanzaban por callejones cada vez más estrechos.

Pronto, las construcciones se volvieron más industriales: esqueletos metálicos asomaban entre la niebla, torres de concreto agrietadas se alzaban como cadáveres olvidados de otra era.

Finalmente, llegaron a las afueras de la antigua fábrica.

—Aquí nadie busca —dijo la madre de Miko mientras empujaba la verja chirriante—. Ni siquiera ellos.

Ara miró a Kael, desconcertada.

—¿Ellos?

La mujer no respondió.

El interior olía a óxido, aceite viejo y recuerdos. Pasaron por viejas grúas y trenes abandonados hasta llegar a una zona amplia, agrietada, donde la penumbra ocultaba formas colosales.

Más allá de la reja, se alzaban las Torres de la Fábrica Vieja, un complejo de torres semiderruidas, ennegrecidas por el hollín y el tiempo. El edificio central, de unos sesenta metros, aún conservaba su silueta colosal, como un gigante dormido entre los escombros.

Dentro del edificio principal, los ecos de un pasado olvidado aún resonaban.

Grúas inmóviles colgaban de vigas rotas.

Vagones de transporte cubiertos de polvo estaban alineados como ataúdes gigantes.

Una densa neblina azulada se filtraba por las grietas del techo, cubriendo todo con un manto de silencio.

Valgor yacía como una montaña inmóvil, cubierto de polvo y acero. Samvarg estaba en un rincón, la escarcha aún expandiéndose bajo su cuerpo. Lume, oculto entre dos estructuras caídas, respiraba apenas.

“Han regresado” dijo Valgor, su voz como un temblor bajo sus pies.

—Sí —respondió Kael—. Y no traemos buenas noticias.

Samvarg alzó la cabeza apenas, su ojo azul brillando entre la escarcha.

“Lo sabemos.”

Lume giró levemente, su tono suave pero triste.

“No podemos hacer más… si ellos no quieren ser salvados” dijo Samvarg.

Hubo un silencio. Solo el eco lejano del viento entre las vigas acompañaba la escena.

—Entonces… esperaremos —dijo Thoren al fin.

Kael miró a los titanes, luego a sus compañeros.

—Por ahora.

La madre de Miko soltó una risita seca, casi burlona.

—Vaya, qué vida deben haber tenido allá fuera… —dijo con sarcasmo—. Dicen eso como si este fuera un lugar libre. Aquí cada paso que das puede despertar a los muertos... o algo peor.

Kael tensó la mandíbula.

—Queremos saber la verdad. ¿Quién los vigila?

—Nosotras no sabemos nada —dijo la anciana, sin emoción—. Solo somos viejas cansadas. Aquí nadie sabe nada. Y los que alguna vez supieron, dejaron de hablar... o dejaron de existir.

Ambas se dieron media vuelta para salir.

Los tres jóvenes quedaron en medio de la inmensidad de la fábrica, rodeados por acero, sombras y secretos. Detrás de ellos, la madre de Miko se detuvo antes de marcharse. Por un instante, su mirada pareció vacilar.

—Escuchen bien... —dijo sin volverse—. Si oyen algo allá arriba, no suban. Si ven luces que se mueven sin fuente, apaguen las suyas. Y si alguien los llama por su nombre... no respondan. Y, sobre todo, no usen sus poderes por ningún motivo.

Concluyo.

—Es momento de irme, ya dijimos demasiado.

Y sin más palabras, salieron de la fábrica desapareciendo entre la niebla.

Ara se abrazó a sí misma, sus ojos aún mirando la entrada por donde se habían ido.

—¿Qué es este lugar?

Thoren suspiró.

—Un refugio.

—O una trampa —añadió Kael en voz baja.

Arriba, en las ruinas del tercer nivel, una lámpara colgante se movió ligeramente, como si algo invisible hubiese pasado rozándola.

Nadie lo notó.

Aún.

Thoren se quedó en silencio unos segundos, observando sus manos con el ceño ligeramente fruncido. La luz tenue del refugio apenas delineaba su rostro, pero su voz rompió la quietud con una mezcla de duda y frustración.

—¿Por qué no quieren que usemos nuestros poderes? —preguntó finalmente, sin esperar una respuesta directa.

Los demás intercambiaron miradas. Nadie supo qué decir. Había muchas conjeturas, pero ninguna certeza. El silencio pesó un momento antes de que Ara suspirara y hablara con voz baja.

—Este lugar... es más triste de lo que pensaba. —Miró hacia la entrada mientras acomodaba sus mantas—. Hay algo más aquí. Algo oscuro que no quieren que veamos. Lo sienten todos... pero nadie lo dice.

Kael asintió con lentitud, como si también lo hubiera sentido, pero no quería aceptarlo.

Ara, se sentó cerca de una de las lámparas de savia, y continuo.

—Ese niño… Miko —dijo—. Él dice que me recuerda, pero yo no recuerdo nada. Nada de él, ni de ese sitio. Y aun así… hay algo en su voz, en su forma de mirarme…

Thoren no la interrumpió, pero cuando habló, lo hizo con un leve temblor que delataba un pesar antiguo.

—Es muy similar a mi hermana. No solo por el nombre… también por la forma en que sonríe, aunque esté herido. Por eso me cuesta verlo. Por eso… por eso no quiero dejarlo solo.

Ara lo miró, con los ojos más suaves que antes.

—¿Qué le paso a tu hermana? — pregunto de manera directa, Thoren se quedó en silencio, no sabía cómo decirlo o si era buena idea siquiera contarlo. Ara lo noto, así que decidió cambiar de tema.

—Yo tampoco quiero dejarlo solo —dijo—. No podemos irnos sin ayudar, sin entender qué está pasando aquí. Lo que sea que ocurra… lo siento en la piel. No me iré sin hacer algo.

Kael resopló, irritado, aunque no con enojo real.

—No somos bienvenidos, Ara. Y no vinimos a salvar aldeas escondidas. Este lugar… este no era nuestro objetivo.

—Pero lo es ahora —replicó ella, alzando la voz con decisión.

—¿Por qué? —Kael se incorporó, clavando la mirada en ella—. ¿Por un niño que no conocemos? ¿Por recuerdos que no tienes? ¿O por esa extraña culpa que te carga desde que llegamos?

Thoren se levantó también, interponiéndose.

—¡Ya basta! Nadie está pensando con claridad, pero tampoco podemos ignorar lo que hemos visto. No se trata solo de Miko… ¡Es toda la gente de aquí! Algo anda mal, y si no ayudamos, ¿quién lo hará?

Kael apretó los puños. Ara iba a decir algo más, pero en ese momento, un temblor leve recorrió el suelo.

Los tres giraron al unísono.

Desde la sombra de la fábrica, los Titanes intercedieron, majestuosos incluso en la penumbra, proyectaban una presencia que hacía que el aire se sintiera denso, como si el tiempo mismo se ralentizara.

El Titán del Hielo fue el primero en hablar, su voz como el eco de una tormenta lejana.

“La sabiduría a veces pesa más que el valor” dijo con calma “No son bienvenidos aquí. Y su permanencia solo traerá más peligro para los que aún respiran en esta cuidad”

El Titán de Tierra asintió con gravedad.

“Es tiempo de marcharse. No porque huyan… sino porque las raíces de este mal no nacen aquí. Si quieren respuestas, deberán seguir el camino hasta el final”

Kael bajó la mirada, luego alzó el rostro con decisión.

—Entonces iremos. Buscaremos al culpable… a la fuente. Esto no termina aquí.

Thoren con los brazos cruzados se lo interpreto a Ara. Después no dijo nada al principio, pero después de un instante, murmuró:

—No es lo que quería… pero está bien. Iremos. Aunque aún creo que deberíamos quedarnos a ayudar.

Ara bajó la cabeza con pesar. Luego, con un suspiro, accedió.

—Al menos… prometamos regresar, si podemos.

Los tres asintieron con solemnidad. El silencio volvió a caer en la fabrica, después de un tiempo cenaron algo, y poco a poco cada uno fue acomodándose para dormir, con el peso de lo vivido ardiendo aún bajo sus párpados cerrados.

A la mañana siguiente… partirían.

Las criaturas vigilaban. Samvarg, el coloso de hielo, yacía como una montaña blanca de pelaje helado y respiración profunda.

Valgor, el bisonte pétreo, apenas se distinguía de una colina, con su lomo cubierto de musgo y piedras que brillaban suavemente bajo la luz rota.

Lume, en cambio, se mantenía alerta, inmóvil, junto a Ara.

Ella dormía. Pero no en paz.

Sus párpados temblaban. Su cuerpo se estremecía.

Y en su mente…

Un chirrido metálico. Voces lejanas. Frías. Un grito. No de terror… sino de obediencia forzada.

—¡No! ¡No, otra vez no…! —la voz de una niña resonaba, pero parecía venir de ella misma.

Luces rojas. Agujas. Las agujas. Frías. Largas. Penetrando carne viva. Un nombre en su mente: Miko. Luego, borrado. Como si lo arrancaran.

Ara, atada. Un bisturí. Y algo más profundo: pensamientos plantados, memorias forzadas.

¿Estoy soñando… o recordando?

Gritos. Ella gritando. Ellos riendo. Los doctores con rostros deformes por máscaras siniestras.

Un fogonazo. Una explosión.

Y de pronto, el bosque. Pero no este. Un bosque rojo. Las hojas como sangre seca. Ara corría, jadeando, sin rumbo.

Manos ensangrentadas.

A lo lejos, una silueta.

Kael. Muerto. Desfigurado totalmente.

Unos pasos más.

Thoren. Cortado. Despedazado. Fragmentos humanos colgando de los árboles.

Ella corría más fuerte, huyendo de algo, o de sí misma. No lo sabía. Sentía el desagrado en su pecho. El asco. El vacío.

Y entonces…

Un aullido. Largo. Trágico. Samvarg. Gritando en la distancia.

Ara cayó al suelo en el sueño.

Y en la realidad… despertó con un grito ahogado.

Kael se incorporó al instante, aún con los ojos entrecerrados. Thoren creo una cuchilla por reflejo. Lume alzó la cabeza, su luz palpitando de forma errática. Samvarg gruñó bajo, y Valgor levantó lentamente su cráneo de roca.

—Ara… ¿Ara? —la voz de Kael fue la primera en calmarse.

Ella se llevó ambas manos al rostro, temblando.

—Estoy bien —dijo, pero su voz era hueca, quebrada—. Solo… una pesadilla.

Thoren la observó, aún con la cuchilla entre los dedos.

—¿Soñaste… algo malo?

Ara tardó en responder. Se levantó sin mirar a ninguno y salió de la fábrica, y empezó a caminar entre estas. Kael y los demas la siguieron.

La noche no tenía estrellas. Solo sombras.

—Vi cosas —dijo al fin—. No sé si las soñé…

o si las recordé. Gritos, agujas… voces.

Miko. Yo… estaba atrapada. Torturada. Pero no sé si eso ocurrió…

o si lo imaginé por lo que me han contado.

A veces siento que sus historias se mezclan con mi mente…

como si fueran mías. Como si me las hubieran insertado…

—Estás recordando —dijo Kael, sin dudar.

—O estoy perdiendo la cabeza —susurró ella.

Silencio. Solo la respiración de los titanes a lo lejos. Hasta que Samvarg levantó la cabeza. Sus ojos brillaron como cuchillas bajo la luna.

Kael se tensó. Thoren también lo sintió. Valgor emitió un gruñido profundo, como un temblor en la tierra.

—¿Qué pasa? —preguntó Ara, al verlos alertarse.

Kael cerró los ojos un instante.

—Samvarg dice que algo nos observa.

Thoren miró a su alrededor con lentitud. Valgor giró su enorme cráneo, escaneando el horizonte con ojos como pozos de obsidiana.

—¿Dónde? —Ara preguntó. Lume caminó a su lado, su luz bajando levemente, como si también lo presintiera.

—No lo saben. No lo vemos. Pero está allí. Muy cerca. No es un animal.

Samvarg gruñó, esta vez más fuerte. Un sonido que erizó la piel de todos.

—Dice que no estamos solos.

El mundo contuvo el aliento.

Kael giró lentamente en círculo, los dedos rozando sus cuchillas que comenzó a crear en sus manos.

—Todos despiertos. Todos en guardia. Algo está jugando con nosotros.

Las sombras parecían más densas. Más vivas.

Y en algún rincón lejano de las ruinas… algo observaba.