El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) El Retumbar de los Gigantes
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El Retumbar de los Gigantes

La luz de la mañana filtraba su calidez entre las copas altas, cuando los titanes avanzaban tranquilos por el bosque. Los árboles se mecían apenas con su paso; el aroma de musgo y savia los envolvía. No había apuro, solo la calma después de la pérdida, y el latido suave del mundo.

Ara, aún montada sobre Lume, rompió el silencio con una chispa de travesura en los ojos:

—¿Y si corremos? —propuso con una sonrisa mientras miraba a Kael y Thoren—. Solo por un momento… como cuando uno olvida las heridas.

Kael y Thoren se miraron entre sí. Thoren arqueó una ceja.

—¿Estás segura? Valgor pesa lo mismo que una montaña.

—Y Samvarg no es precisamente una gacela —agregó Kael con una media sonrisa.

Pero ambos conocían realmente el poder de sus titanes.

—Eso no me asusta —respondió Ara, inclinándose hacia adelante—. ¡Vamos!

Ara alzó una mano y de inmediato la vegetación frente a ellos comenzó a plegarse suavemente, como si el bosque respondiera a su emoción. Lume dio un paso elegante, luego otro más rápido… y con una explosión de energía contenida, se lanzó al frente.

Samvarg bufó con energía, y en cuanto Kael asintió, el lobo titán salió tras ellos. Valgor tardó un segundo más en arrancar, pero Thoren, con una risa contenida, lo animó con un fuerte golpe en el costado:

—Vamos, gigante perezoso. No dejarás que nos humillen.

Y así comenzó. La carrera atravesó los caminos de raíces, las hondonadas cubiertas de helechos, los claros llenos de flores.

Aunque eran enormes, los titanes se movían con una precisión inesperada.

Valgor y Samvarg no eran lentos: estaban diseñados para resistir, sí, pero también para cazar, para moverse como parte de la naturaleza misma.

Al principio, Ara tomaba la delantera con ligereza, Lume deslizándose como un susurro sobre el manto verde.

Ella abría el sendero, permitiendo que los otros pudieran seguir sin arrasar la vida del bosque.

La fauna también se apartaba de sus caminos, unos se perdían al costado del bosque, otros escalaban los árboles que no habían sido perturbados, algunos de detenían a observar cómo atravesaban el bosque.

Pero entonces, detrás, los verdaderos colosos comenzaron a desplegar su poder.

Samvarg, ágil como una sombra gélida, movía sus patas con precisión felina, sus músculos tensos como arcos.

Cada zancada era limpia, fluida, y sus ojos brillaban con instinto depredador.

Saltaba entre troncos, evitaba ramas con movimientos calculados al milímetro, su jinete inclinado sobre su lomo, el viento arremolinando su capa, el corazón latiéndole como un tambor de guerra, fusionado con la velocidad.

Valgor, en cambio, era pura potencia. Su peso parecía imposible de contener, pero su control era aún más impresionante.

Sus patas de roca apenas tocaban la tierra antes de impulsarlo nuevamente, y aunque era el más grande, su capacidad para adaptarse era feroz.

Se inclinaba con perfección en las curvas, agachaba su cuerpo inmenso para colarse por hendiduras entre los árboles, moviéndose como una montaña viva que sabía domarse a sí misma.

La competencia se volvió feroz. El bosque se convertía en un borrón verde a su alrededor.

Pinos, helechos, riachuelos y laderas temblaban con su paso, un espectáculo en parte aterrador y parte magnífico, difícil de creer.

Pasaban como si el mundo entero estuviera quieto y ellos fueran lo único en movimiento.

Kael gritó por la emoción, con una risa cortante, mientras Thoren rugía órdenes a Valgor con intensidad salvaje.

Ara, al darse cuenta de que los otros dos titanes no se quedaban atrás, sonrió divertida, pero también sorprendida. ¿Cómo era posible? Su ciervo era ágil, veloz, hecho para los bosques. ¿Cómo podían seguirle el ritmo?

Entonces lo decidió.

—¿Quieren jugar rudo? —murmuró.

Y sin previo aviso, la vegetación detrás de ella comenzó a cerrarse.

No de forma violenta, sino precisa, como un castillo de naipes cayendo en orden inverso.

Troncos se entrecruzaban, raíces se alzaban, ramas descendían como brazos danzantes, haciendo que el sendero desapareciera tras ella.

La naturaleza, por instinto o por voluntad, le respondía.

Thoren y Kael apenas tuvieron segundos para reaccionar. Valgor, con un giro lateral impresionante, se desvió hacia un camino oculto a la izquierda. Samvarg, más ágil aún, saltó hacia arriba, atravesando un hueco entre dos ramas que se cerraban justo tras su lomo.

Pero no se rindieron.

Ambos titanes continuaron, esquivando todo a su paso.

Valgor se abrió paso por un lecho pedregoso, midiendo sus pasos con precisión.

Lanzando bufidos poderosos. Samvarg se deslizaba por pendientes, corría sobre troncos caídos, se impulsaba con patas traseras como un lobo en plena cacería. Todo el entorno se cimbraba.

Aun así… no era suficiente.

Ara, al ver que sus amigos la alcanzaban, abrió paso con ramas que se apartaban mágicamente frente a ella. Pero Lume, animado por la competencia, soltó un bufido suave que vibró en el aire. Una conexión sutil los unió entonces.

Ara apenas tuvo tiempo de aferrarse. Pero no era miedo lo que sentía: era asombro.

Porque mientras el viento les golpeaba el rostro, mientras sus cuerpos se deslizaban entre troncos y ramas con una agilidad antinatural, notó cómo su piel se fundía en luz, cómo sus brazos se tornaban hojas, y sus pies raíces fugaces.

Lume no había disminuido la marcha: había aumentado.

Y ella se volvió parte de él en movimiento. No necesitó detenerse ni un segundo.

Así ambos, en sincronía, comenzaron a brillar. Una luz verde los rodeaba desde sus patas, sus cuerpos, su silueta entera. Y en un suspiro, se transformaron en una estela de energía que surcó el bosque sin tocar nada, como un viento entre las hojas.

La estela de luz esmeralda cruzó el bosque con una elegancia sobrenatural, sin romper ni una hoja, sin mover una piedra. Pasaron como un suspiro de vida pura, dejando un rastro de calma vibrante que se desvanecía tan rápido como apareció.

Kael tiró de Samvarg.

—¡Alto!

Ambos detuvieron a sus titanes poco después. No porque se hubieran rendido, sino porque ya no había nada delante de ellos. Ara y su titán habían atravesado el bosque más allá de la vista. No quedaba rastro, ni huellas, ni ruido. Solo el eco de algo antiguo y sagrado.

Kael bajó la mirada.

—Eso fue...

—No se puede competir con un espíritu del bosque —dijo Thoren, recuperando el aliento.

Kael, aún con la adrenalina en la sangre, asintió, sin palabras.

Tardaron varios minutos en alcanzarla.

Cuando por fin emergieron del bosque, vieron a Ara de pie sobre una colina amplia, Lume inmóvil junto a ella. El sol bañaba el valle con su luz tibia.

Frente a ellos se extendía un valle majestuoso: montañas inmensas lo rodeaban como murallas antiguas, y muy abajo, en medio de ellas se alzaban las ruinas de una ciudad olvidada.

Un lugar en ruinas.

Ara no hablaba. Sus ojos se perdían entre los restos de lo que alguna vez fue una ciudad.

Edificios destruidos, esqueletos metálicos cubiertos por vegetación, vehículos oxidados, caminos partidos.

Era como si la tierra hubiera intentado olvidar, pero el tiempo no hubiera alcanzado para borrar del todo el crimen.

Los vestigios de un tiempo que ya no les pertenecía.

Kael bajó de Samvarg y se aproximó lentamente. Thoren se quedó unos pasos atrás, con el ceño fruncido.

—¿Qué es eso? —preguntó Ara en voz baja, casi temiendo la respuesta. Solo sintió un escalofrió recorrerle la espalda. El ciervo titán bufó suavemente, sus ojos clavados en las ruinas.

Kael apretó los labios. Su mirada se perdió entre los restos calcinados de lo que una vez fue civilización.

—Es el cadáver del mundo.

Y nadie dijo nada más.