Lo Que No Puedo Sanar
Bosque profundo, rodeado de árboles altos, con luciérnagas flotando como pequeños fuegos fatuos. La luna llena se asoma entre las ramas.
Ara se desliza en silencio fuera del improvisado campamento, donde Kael y Thoren duermen cerca de una fogata apagada. El lomo verde y cálido del ciervo la espera a unos metros, como si ya supiera que ella vendría.
—No hagas ruido —le susurra al ciervo, acariciando su cuello con suavidad.
Samvarg alza la cabeza desde la sombra, su ojo azul brilla apenas, pero no se mueve. Valgor, más atrás, también observa desde la distancia. Ambos sienten lo que va a intentar, pero saben que no deben intervenir. Es su decisión.
La escena cambia. El bosque profundo, rodeado de árboles altos, con luciérnagas flotando como pequeños fuegos fatuos.
La luna llena se asoma entre las ramas. Ara cabalga en silencio entre los árboles, hasta llegar a un claro cubierto de helechos y flores nocturnas.
La luz de la luna baña el lugar como si lo hubiese elegido.
El ciervo se detiene, y Ara baja lentamente.
—Aquí... será aquí —murmura, sentándose en medio del claro.
Respira hondo. Cierra los ojos. Extiende las manos sobre su abdomen, donde todavía guarda heridas internas, no físicas, sino memorias.
Su tobillo brilla apenas, la marca natural reacciona a su concentración. Las flores cercanas se abren como si también esperaran.
Ara murmura algo, no aprendido, sino nacido de la memoria de la naturaleza. Intenta canalizar su poder, sentir el flujo de vida en ella... pero nada ocurre. Siente un leve tirón en el pecho, como una cuerda rota.
—¿Por qué no puedo...? —murmura, frustrada.
Lo intenta de nuevo. Con un poco más de fuerza, pero es en vano, los recuerdos no vuelven, su cuerpo se tensa, la tristeza comienza a volverse una molestia irritante.
Respira profundo, decide intentarlo una vez más, se concentra, esta vez aprieta con fuerza sus ojos. Más intensa. Las plantas tiemblan, el viento se arremolina, el bosque parece contener el aliento. La luz de la marca crece. Algo responde.
Y de pronto— ¡Dolor!
Un golpe seco en la cabeza. Un alarido. Gritos metálicos. Frío. Líquido inyectado en sus venas. Cuerpos colapsando. Puertas cerrándose.
Ella huyendo, corriendo entre pasillos, sangrando.
Ara abre los ojos de golpe, jadeando, sudando frío. Se lleva las manos al rostro, aterrada, temblando.
—No... no... ¿qué fue eso...? —susurra, con la voz quebrada.
El ciervo se acerca, lentamente. Se arrodilla junto a ella, baja la cabeza, tocando su frente con la suya. Su luz cálida pulsa, envolviéndola. Ara rompe en llanto.
—No puedo... no puedo... Si intento sanar, me rompo. No tengo el valor... no tengo la fuerza...
Se acurruca contra el cuello del ciervo, abrazándolo con desesperación. Él no responde con palabras, pero su cuerpo irradia paz. Ara se aferra a esa calma, no puede contener sus lágrimas de frustración y tristeza, hasta que, agotada, cae dormida entre sus patas.
Al amanecer...
Kael se despereza al sentir el sol filtrarse. Thoren bosteza, buscando con la mirada a Ara.
—¿Dónde está Ara...? —pregunta, extrañado.
Justo entonces, se escucha el crujido de ramas. El ciervo entra al campamento con pasos lentos. Sobre él, dormida, viene Ara. Su rostro está mojado, los ojos hinchados. El ciervo se detiene junto al fuego y la deja descender con cuidado, como si no quisiera despertarla.
Kael la cubre con una manta. Thoren frunce el ceño, preocupado.
—¿Está bien?
—Debe estar cansada —responde Kael, bajando la voz—. Tal vez se levantó muy temprano.
Durante el desayuno, Ara se sienta con ellos, pero no toca su comida. Mira el fuego apagándose. Sus ojos parecen perdidos.
—¿Dormiste algo? —pregunta Thoren.
—No mucho —dice ella, forzando una sonrisa—. El bosque estaba inquieto anoche. Me costó relajarme.
Ara dudó unos segundos, como si sopesara la mentira fácil, pero finalmente negó con la cabeza y decidido hablar.
—Intenté sanarme anoche —admitió, su voz apenas audible, como si temiera que decirlo en voz alta le hiciera daño otra vez—. Me alejé sola… con él —acarició con suavidad el cuello del ciervo, quien bajó un poco la cabeza como en apoyo—. Pero… no pude. No funcionó.
Thoren dejó la cuchara en la olla y se acercó sin decir nada aún.
—¿Te hizo daño? —preguntó Kael, con una mezcla de inquietud y suavidad.
—No físicamente —respondió ella, mirando el fuego con una tristeza que se filtraba en cada palabra—. Pero cuando lo intenté… algo se abrió dentro de mí. No quiero hablar de eso ahora, solo… no estoy lista. Pero sí sé que aún no puedo hacerlo. No estoy bien.
El silencio que siguió fue cálido, no incómodo. Thoren se sentó a su lado, su mano pesada descansando sobre su hombro con un gesto tan firme como fraterno.
—No vas a quedarte así, Ara —dijo con determinación—. Vamos a llegar a donde sea necesario, cruzar lo que sea, hablar con quien haga falta. Pero no vamos a dejarte atrapada en eso. Tú mereces sanar. Mereces vivir completa.
Kael se sentó al otro lado, sus ojos azul hielo fijos en ella, con una calidez que contrastaba con su elemento.
—No tienes que intentarlo sola otra vez. No lo hagas. Estamos aquí. Tú no eres la única que quiere que te encuentres… también nosotros lo queremos, porque tú eres parte de nosotros.
Ara bajó la mirada, una pequeña sonrisa apenas curvó sus labios. Luchaba contra las lágrimas, pero esta vez no eran de dolor, sino de alivio.
Desde el fondo del campamento, la voz grave y sabia de Valgor resonó en sus mentes, como si surgiera desde la misma tierra.
“Las raíces más profundas también tiemblan cuando algo intenta arrancarlas. Pero son esas las que sostienen al bosque en la tormenta”
A su lado, Samvarg elevó apenas la cabeza y su pensamiento fue claro y directo:
“La fuerza no está en sanar pronto, sino en resistir hasta que llegue el momento justo”
Thoren interpreto esto para Ara, ella entendió estas palabras, alzó la vista hacia ellos, agradecida. Tocó su marca en el tobillo, que brillaba muy levemente, y asintió.
—Gracias. No saben cuánto significa para mí… no tener que fingir con ustedes.
Thoren sonrió ampliamente.
—Nunca lo hagas. No estamos aquí para eso. Estamos para seguir adelante… juntos.
Kael asintió y tendió una taza de infusión caliente hacia ella.
—Toma. Te hará bien. Y después… entrenamos suave. Nada de explosiones esta vez.
Ara soltó una risita ahogada entre la tristeza. Tomó la taza, la sostuvo entre sus manos con reverencia, y miró al fuego como si al fin pudiera sentir su calor en paz.
El ciervo se sentó a su lado, rozando su mejilla con el hocico. Su luz titiló levemente, como una luciérnaga agradecida.
Y en ese momento, aunque su alma aún dolía, ya no estaba sola en la oscuridad.
Samvarg y Valgor miran a Ara desde la distancia. Ambos sienten lo que ocurrió. Saben que el viaje que ella debe hacer, es más profundo que cualquier herida visible.
El sendero se abría sin violencia, como si la misma tierra reconociera el paso de Ara.
El ciervo titánico que la cargaba, de cuerpo cubierto en corteza viva y ojos como esmeraldas antiguas, avanzaba con elegancia.
No necesitaba forzar el terreno; bastaba con la voluntad silenciosa de Ara para que las raíces se apartaran, las ramas se curvaran y la maleza se hiciera a un lado.
Tras cada paso, la naturaleza volvía a su sitio, como si nada ni nadie hubiera pasado jamás.
A unos metros detrás, Kael cabalgaba sobre el lomo helado de Samvarg, cuya presencia majestuosa provocaba que el aire se volviera más denso, más serio.
Y más atrás aún, Valgor avanzaba con pasos que hacían vibrar suavemente el suelo, su silueta colosal asemejando una montaña ambulante.
Thoren, firme sobre él, mantenía la mirada atenta al horizonte.
Por un buen rato no hablaron. El sonido del viento sobre las hojas, el crujir suave de las raíces moviéndose, los acompañaba como un coro natural. Entonces fue Kael quien rompió el silencio.
—Nunca deja de sorprenderme —dijo, observando cómo una cortina de helechos se abría justo antes del paso del ciervo—. Cada vez que lo haces, Ara, es como si el bosque mismo se inclinara ante ti.
Ara ladeó el rostro hacia él, una leve sonrisa dibujándose en sus labios.
—No lo hago yo —respondió—. Ellos me escuchan. Yo solo… pido.
Thoren murmuró desde su posición, más lejos, pero aún audible.
—Eso es justamente lo que hace que funcione.
La voz de Valgor resonó entonces, únicamente en la mente de Thoren. “Su conexión no es impuesta. La naturaleza obedece porque la reconoce como parte de ella. Como hija, no como ama.”
Thoren asintió levemente, y al ver que Ara lo miraba con curiosidad, explicó:
—Valgor cree que no controlas la naturaleza, sino que ella misma te acepta. Por eso no dejas huella al pasar.
Kael añadió:
—Tiene sentido. Nadie en nuestra tribu aprendió a moverse así por los bosques. Ni siquiera los más sabios. Tú no te impones, Ara. Tú sanas, guías, conversas con la vida. Es distinto.
—¿Creen que eso significa algo más? —preguntó Ara, suavemente—. Quiero decir… si soy capaz de hacer esto, ¿por qué no recuerdo a mi tribu? ¿O al titán que me dio este don?
Samvarg habló entonces solo a Kael: “Díselo. El Corazón Verde no manda a sus hijos por el mundo. No así.”
Kael frunció ligeramente el ceño y asintió, como quien reúne palabras con cuidado.
—Ara… Hay algo que todos hemos pensado, incluso nuestros titanes —dijo—. Tú llevas el don del Titán de la Naturaleza. Eso es innegable. Puedes sanar heridas, guiar animales, mover árboles con una mirada… Todo eso significa que la Titán Thae’Lun te consideró digna.
—¿Thae’Lun? —repitió Ara, saboreando el nombre como si despertara algo olvidado en sus labios.
—Thae’Lun, el Corazón Verde —dijo Thoren desde atrás, su voz grave como una raíz vieja—Es una de las más antiguas.
Dicen que cuando duerme, la vida crece sobre ella.
Que su cuerpo se convierte en bosque, en hogar de aves, es cuna de ecosistemas enteros.
Pero no está dormida. Protege a su tribu, sana este mundo, oculta en algún lugar profundo de este mundo.
—Y si tú tienes sus dones —continuó Kael—, significa que perteneces a esa tribu. Pero lo curioso… lo extraño… es cómo llegaste. En una cápsula. Tal vez desde el cielo.
Thoren tomó el hilo:
—Thae’Lun no lanza a sus hijos desde el cielo. Ella no puede hacer eso. Ella no crea tecnología ni manda misiones. Ella siembra. Sana. Guarda. Nunca hemos oído que enviara a nadie fuera de su tribu. Menos aún a través de una cápsula.
Samvarg habló de nuevo para Kael: “Y sin embargo… la semilla fue plantada en el lugar justo, en el momento exacto. Eso no es casualidad.”
Kael volvió a mirar a Ara.
—Tal vez no te envió la titán. Pero eso no cambia que ella te eligió. Que sus dones están en ti. Lo que cambia es… el por qué.
Thoren bajó la vista unos segundos, como midiendo sus propias palabras.
—Si no viniste con un propósito natural… entonces viniste con uno mayor. Algo que aún no vemos. Algo más grande que nosotros, que nuestras guerras, que nuestras pérdidas.
Ara se quedó en silencio. El ciervo brilló suavemente bajo ella, con una luz verde más intensa que de costumbre. No era miedo lo que sentía. Era un peso dulce, una responsabilidad silenciosa. Algo que no nacía del deber… sino del llamado.
—Entonces… ¿cree que mi destino es diferente? —preguntó, finalmente.
—Creo —dijo Kael, con calma— que cuando lleguemos a tu tribu, o al lugar donde está Thae’Lun… las respuestas estarán allí. Pero no serán simples.
—Tal vez —añadió Thoren— no solo llegaste para curar lo que fue herido. Tal vez también llegaste para salvar lo que aún puede crecer.
Y entre ramas que se cerraban suavemente a su paso, continuaron el viaje. Dejando detrás un bosque intacto, y avanzando hacia un destino que ninguno de ellos podía imaginar por completo.