El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) La Cacería del Murmullo Verde
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La Cacería del Murmullo Verde

Ya pasaba del mediodía, pero el cielo aún irradiaba con la claridad serena de las costas puras.

Kael, más calmado gracias a las palabras de Samvarg, viajaba sobre el lomo del titán, en silencio.

Sus pensamientos fluían aún, pero sin la neblina densa que antes los cegaba.

Thoren, por su parte, cabalgaba el lomo de Valgor, también en silencio, meditando con la quietud pesada de un guerrero que sabe que lo más difícil aún no llega.

Kael mantenía la mirada perdida en el horizonte.

El mar, a su izquierda, danzaba bajo la luz, calmado como una bestia dormida.

A su derecha, el bosque oscuro seguía levantándose como una muralla verde, imponente, silenciosa y ancestral.

No había canto de aves, ni crujir de ramas. Solo viento, mar y pensamientos.

Fue entonces cuando algo alteró el pulso de Kael.

Una figura. Un fulgor verde. Un destello… fugaz… entre los árboles.

—¿Lo viste…? —murmuró para sí mismo, alzando la vista.

Apenas un segundo, y la forma desapareció.

Pero volvió a aparecer unos pasos más adelante.

Kael se irguió y alzó la voz:

—¡Deténganse! ¡Allí! ¿Lo vieron? ¡Entre los árboles!

Thoren frunció el ceño.

—¿Otra de tus bromas, Kael? ¿Cómo lo del “pez con dientes más grandes que tu ego “?

—No, esta vez es real.

Samvarg, entonces, alzó el hocico al viento. Sus fosas nasales se abrieron con profundidad. El titán soltó un aullido grave, como una nota sostenida en la sinfonía del bosque.

La vibración del sonido sacudió las hojas.

Kael sonrió.

—Samvarg lo huele… hay algo ahí.

Y como si el mismo bosque diera paso, volvió a aparecer: Una estela de luz verde, serpenteante, veloz… danzando entre los árboles como si los conociera desde siempre.

Thoren se tensó. —Podría ser una trampa.

Kael lo miró con determinación. —Solo hay una forma de saberlo.

Samvarg no necesitó más. En silencio, se lanzó al galope.

Valgor y Thoren se quedaron atrás. —¡Rodearemos por fuera! ¡Eviten destruir el bosque! —gritó Thoren, mientras ambos tomaban rumbo paralelo.

Kael alzó la mano en señal de afirmación mientras se inclinaba sobre el lomo de Samvarg, fijando la vista al frente.

Su cuerpo, como un rayo de escarcha viva, se internó por la senda natural que el bosque comenzaba a abrir. Sus patas se movían con una precisión majestuosa, y sus zancadas esquivaban con gracia cada obstáculo.

El bosque los recibió con susurros invisibles.

Las ramas crujían bajo la brisa, los troncos gruesos exhalaban niebla desde sus grietas, y hongos brillantes decoraban la base de los árboles.

El aire era denso, cargado de tierra húmeda y esencia de corteza viva.

Samvarg se movía con agilidad sorprendente para su tamaño, evitando troncos caídos, saltando elevaciones, girando entre pilares de madera ancestral.

La estela verde danzaba frente a ellos, como jugando a ser atrapada.

Kael indicaba con voz firme:

—¡A la izquierda, por la grieta!

Samvarg giraba con una gracia casi felina.

—¡Detrás de esa roca cubierta de musgo!

El lobo aulló brevemente cuando la estela desapareció. Kael miró en todas direcciones. Y de pronto, un presentimiento.

—¡Alto!

Samvarg clavó sus garras en el suelo y se detuvo de golpe, justo al borde de un risco oculto tras helechos gigantes.

Abajo, una depresión natural se abría en el corazón del bosque. Un claro lo bastante amplio para que su tamaño resultara peligroso. El sol se colaba por las copas altas, creando haces de luz como columnas celestiales.

Allí, en el centro del claro... una jauría de criaturas se movía con ansiedad.

Los seres tenían la forma de linces mitológicos, pero mucho más grandes —cada uno medía más de 10 metros de largo. Su pelaje brillaba como hojas cubiertas de escarcha, y en sus ojos resplandecía un fulgor ámbar.

Movían sus garras con ansiedad, rascando la tierra como si algo los llamara desde abajo. Daban vueltas, se olfateaban entre sí, gruñían.

Kael lo notó.

—Están buscando algo. Algo importante.

Samvarg asintió mentalmente.

“Bajemos.”

Se desplazaron por un flanco del risco, por un terreno más inclinado pero firme. Cuando tocaron fondo, Samvarg lanzó un rugido de hielo para marcar presencia.

Los linces no se movieron.

Se giraron lentamente… y los miraron.

Sus músculos se tensaron. Uno se irguió sobre sus patas traseras.

La batalla era inevitable.

El primero en atacar fue el más joven, ágil y temerario. Saltó en dirección a Kael, pero una muralla de hielo se alzó frente a él en pleno vuelo. Chocó y cayó de pie, aturdido.

Dos más atacaron por los flancos. Samvarg giró sobre sí mismo, su cuerpo formó un torbellino gélido. Sus zarpas golpearon sin herir, lanzándolos varios metros atrás.

Kael saltó del lomo de Samvarg y aterrizó en el centro del claro. Con sus manos congeló el suelo bajo sus pies, deslizándose como un guerrero sobre cristal, golpeando con un puño que cubrió de hielo a cada criatura que se acercaba.

—¡Retrocedan! ¡No queremos hacerles daño!

Una de las bestias intentó morderle la pierna. Samvarg rugió, saltando entre Kael y el lince, empujándolo de vuelta con el lomo.

El resto de la jauría, viendo que no eran enemigos mortales, se replegó poco a poco. Las heridas eran superficiales. El mensaje estaba claro: no eran amenazas.

El alfa de los linces —uno de pelaje verdoso con marcas como líquenes brillantes— soltó un gruñido y ordenó la retirada. El resto de la jauría desapareció entre los árboles.

El silencio volvió.

Samvarg y Kael se miraron.

—Estaban cavando justo aquí... —dijo Kael, acercándose al centro del claro.

Apartó ramas, tierra y hojas húmedas. Al cabo de unos minutos, sus dedos chocaron con algo firme.

Una superficie de metal negro, con bordes redondeados. Kael retiró más tierra hasta descubrir una —cápsula extraña.

Tenía inscripciones en espiral. Pequeñas luces verdes parpadeaban tenuemente en su superficie.

Kael posó la mano sobre una de las runas.

La cápsula vibró suavemente, emitiendo un pulso de luz que iluminó brevemente el rostro de Kael y los ojos de Samvarg.

—Esto... no pertenece a este lugar.