El Silencio del Sin Rostro (La Guerra de los Eternos 1) Raíces Errantes
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Raíces Errantes

El viento se había calmado.

Los pasos sobre la nieve eran lo único que hablaba entre las montañas blancas. Aunque el cielo seguía gris, una luz suave descendía sobre el grupo, como si el mundo quisiera ofrecer un respiro.

Thoren escupió a un costado. La saliva chisporroteó al tocar el hielo, como si portara aún calor de volcán.

—¿Sabes qué extraño de mi tierra?

Kael no respondió. Sabía que Thoren hablaría de todos modos.

—El olor a tierra mojada después de una lluvia profunda. Allá el suelo no crujía. Retumbaba. Cada paso tenía eco. Aquí todo es silencio... como caminar entre huesos.

Kael lo miró de reojo, sin desacelerar el paso.

—Y sin embargo sigues hablando.

Thoren soltó una risa áspera, el tipo de carcajada que sale sin querer, cargada de polvo viejo.

—Alguien tiene que hacerlo o me convierto en un bloque de hielo como tú.

Caminaba unos pasos detrás de Kael.

—¿Alguna vez has probado sopa de musgo rojo? —preguntó, alargando las vocales para distraer el pensamiento.

Kael arqueó una ceja.

—No.

—Pues no deberías. Sabe cómo si una piedra te hubiera escupido en la boca después de morir.

—Poético.

—Realista —sonrió.

A su lado, caminando lento, pero con una seguridad absoluta, Valgor avanzaba.

Su silueta era la de un bisonte colosal, pero cada parte de su cuerpo parecía contener la historia misma del mundo.

Sus patas parecían raíces gruesas cubiertas de piedra fértil.

De su espalda nacían formaciones que parecían menhires primitivos, tallados por el tiempo.

Su pelaje, más musgoso que lanudo, tenía zonas donde crecían líquenes brillantes, y vetas doradas recorrían su cuello como venas antiguas.

Sus cuernos eran un misterio en sí: múltiples, ramificados, como ramas endurecidas que se alzaban al cielo. Cuando respiraba, un polvo terroso flotaba de sus fosas, como si su aliento fuera el polvo de eras pasadas.

“La tierra aquí no canta. Solo murmura.” Su voz mental llegó a Thoren como un susurro grave, como si le hablara desde el centro del planeta.

Thoren asintió, cansado. Su pecho dolía, pero no era físico.

—Lo sé, viejo amigo.

“Has cambiado desde la caverna.”

—Y tú desde que decidiste crecer árboles en la espalda —bromeó Thoren, señalando una protuberancia de líquenes vivos.

Valgor no contestó. Pero la tierra bajo sus patas pareció asentir.

Kael caminaba adelante, acompañado por Samvarg, quien se movía como un espíritu glacial, sin romper la nieve, sin romper el silencio.

—¿Tú y Valgor siempre se hablarán así? —preguntó Kael.

Thoren frunció el ceño.

—¿Así cómo?

—Como una pareja de esposos viejos y sabios.

Thoren se rio fuerte, con eco entre los árboles helados.

—Pues claro. Lo odiaba al principio. Aunque casi me pisa cuando hice mal mi prueba. Pero el muy terco no tuvo de otra que quedarse conmigo. Tal vez le caí simpático. O tal vez le recordaba a una montaña joven con mal genio.

—Te pareces más a una roca despostillada con complejo de héroe.

—Sí, pero una que aún aguanta el hielo.

Caminaron un rato más. El viento volvió a soplar, esta vez con aroma salado. Tal vez se acercaban a una costa lejana. Kael bajó la mirada, sus pensamientos anclados en el vaivén de los copos. Sus tatuajes brillaron débilmente, como si reaccionaran al cambio de clima.

Samvarg se detuvo. Su lomo se tensó, pero no en alerta, sino con una sensación contenida.

Kael lo sintió también.

El mundo se hacía más pesado. Como si algo ancestral los estuviera observando desde muy lejos. Pero no lo mencionó. No aún.

Thoren carraspeó. Se detuvo y clavó una estaca pequeña en la nieve, marcando el punto.

—Necesito sentarme. O me van a crecer raíces.

Kael no protestó. Se inclinó y comenzó a recoger ramas secas, poco comunes en este lugar. Algunas parecían de cristal envejecido. Las encendió con su aliento helado, creando una llama azul sin humo.

—Comamos algo —dijo, dejando caer sus guantes al suelo—. Nos lo ganamos.

Thoren se dejó caer con un gemido exagerado, pero la sonrisa era real. El fuego chisporroteó bajo la protección de una roca curva. Samvarg se echó cerca, su aliento congelando el suelo. Valgor se recostó con lentitud, como una montaña que se toma el tiempo de dormir.

Y por unos minutos… solo se escuchó el crujido de la leña y el sonido de dos amigos compartiendo silencio.