El silencio de Santiago (Los Secretos de España 4) CAPÍTULO 29 Identidad del buscador
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CAPÍTULO 29 Identidad del buscador

BLOQUE 1

Álvaro Cid pidió hablar con ellos al día siguiente.

No escribió a Nuria.

Tampoco utilizó a Samuel como intermediario.

Envió un correo directamente a Lucía y dejó una frase en el asunto:

«Ya no tiene sentido seguir trabajando por separado.»

Lucía lo leyó dos veces.

Durante años, Cid había hecho exactamente lo contrario.

Había seguido documentos por su cuenta, retenido referencias hasta comprobarlas y entregado información incompleta cuando consideraba que los demás estaban interpretando demasiado rápido.

Incluso después de acercarse a las mismas conclusiones que Manuel Varela, la desconfianza entre ambos había impedido que sus investigaciones terminaran integrándose.

Y hacía pocos días había cruzado un límite mucho más serio.

Había entrado en un sector para el que no tenía autorización y retirado una fotografía de un archivo técnico.

La había devuelto.

Había explicado que necesitaba leer la referencia del reverso.

Eso permitía comprender su motivación.

No justificaba lo que había hecho.

Lucía respondió:

«Podemos hablar. En el archivo. Con Nuria presente.»

Cid aceptó.

Llegó diez minutos antes.

Lucía lo reconoció porque Nuria ya les había mostrado una fotografía.

Álvaro Cid tenía algo más de cincuenta años, llevaba una carpeta de documentos bajo el brazo y parecía mucho menos enigmático de lo que habían terminado imaginando.

No había nada en él que sugiriera la figura obsesiva construida involuntariamente alrededor de sus mensajes.

Parecía cansado.

Eso fue lo primero que Lucía notó.

Cansado de verdad.

Como alguien que hubiera pasado demasiadas noches tratando de cerrar una investigación que siempre avanzaba un documento y retrocedía dos.

Nuria no lo saludó con afecto.

Tampoco con hostilidad.

—Álvaro.

—Nuria.

Adrián permaneció junto a Lucía.

Cid dejó la carpeta sobre la mesa.

—Antes de empezar, quiero decir algo sobre la fotografía.

Lucía esperó.

—No tenía derecho a sacarla.

No hubo excusas.

Eso le sorprendió.

—Pensé que podía devolverla antes de que nadie notara que faltaba. Necesitaba el reverso y la pizarra no se leía en la copia digital. Fue una estupidez.

Lucía asintió.

—Sí.

Cid aceptó la palabra sin reaccionar.

—Ya estoy respondiendo por eso donde corresponde.

Bien.

No necesitaban discutirlo más.

Lucía señaló la carpeta.

—¿Qué trajiste?

—Lo que debí compartir hace años.

Nuria lo miró.

Cid abrió.

No eran documentos originales.

Eran reproducciones, referencias y transcripciones con signaturas completas.

Eso era importante.

Cada afirmación podía verificarse.

—Nada de esto tiene que creérmelo nadie —dijo—. Está todo referenciado.

Lucía sintió que por fin estaban hablando el mismo idioma.

Cid sacó el primer documento.

Era una copia de la relación donde aparecía la piedra de la Vuelta.

Ya la conocían.

Después mostró una fotografía antigua del bloque antes de su traslado.

También la habían visto.

El tercer documento era distinto.

Una ficha de investigación redactada muchos años antes de que Nuria publicara el primer mapa del recorrido paralelo.

Lucía leyó la fecha.

—¿Vos ya estabas trabajando sobre esto entonces?

—Sí.

—¿Por qué?

Cid tardó.

—Por un error en un catálogo.

Eso era inesperado.

La ficha pertenecía a una colección de referencias pétreas procedentes de reformas urbanas.

Una entrada decía:

«Piedra de señalización, procedencia desconocida.»

Cid había encontrado después una fotografía antigua donde aparecía una pieza semejante en el corral que ellos ya habían reconstruido.

—Pensé que podía identificar la procedencia —explicó.

—¿Por interés en el Camino?

—No al principio.

Eso era importante.

Cid no había comenzado intentando demostrar una teoría sobre peregrinos.

Había empezado con una atribución patrimonial.

—Quería saber de dónde había salido una piedra mal catalogada.

Lucía observó.

Eso explicaba mucho.

La investigación había nacido del objeto.

Manuel, en cambio, había llegado a la pieza desde el recorrido.

Dos direcciones opuestas.

Cid continuó.

—Encontré primero la referencia del corral. Después aparecía la Vuelta. Cuando intenté localizarla en los planos publicados, algo no funcionaba.

Riveiro se acercó.

—Porque estaba desplazada.

—Sí. Aunque tardé bastante en entender por qué.

Cid había utilizado la ubicación tradicional de la Vuelta.

La misma que más tarde adoptaría el blog.

Pero la piedra no encajaba con los linderos.

—Durante meses pensé que la procedencia del bloque estaba mal.

—¿Y cuándo cambió eso? —preguntó Adrián.

Cid sacó otra copia.

«No se dé por distinta la casa de la Vuelta de la del Costado, pues solo mudó el nombre del lugar.»

La misma relación que ellos habían encontrado.

—Cuando vi esto.

Entonces comprendió que no tenía dos lugares.

Tenía dos nombres.

Lucía observó.

—Y ahí empezaste a sospechar que los mapas estaban superponiendo fases.

—No inmediatamente.

Cid no intentaba presentarse como alguien que hubiera entendido todo desde el comienzo.

Eso le daba credibilidad.

—Primero corregí esa casa. Después encontré otra duplicación. Más tarde apareció una piedra mencionada en dos posiciones.

—La señal desplazada.

—Sí.

Y entonces empezó a considerar que el problema podía ser sistemático.

No una falsificación.

No un mapa inventado.

Una reconstrucción confeccionada con piezas verdaderas colocadas en tiempos incorrectos.

Nuria observó.

—¿Eso fue antes de escribirme?

—Sí.

—Entonces cuando me dijiste que teníamos un punto correcto por una razón equivocada ya sabías todo esto.

—Sabía una parte.

—Y no la explicaste.

Cid bajó la mirada.

—No.

No había una defensa convincente.

Simplemente no lo había hecho.

—¿Por qué? —preguntó Lucía.

Cid tardó.

—Porque había trabajado demasiado tiempo solo.

Lucía esperaba otra explicación.

Cid continuó:

—Cuando uno lleva años siguiendo una línea, empieza a comportarse como si los documentos fueran suyos. No lo son. Pero uno termina creyendo que tiene que proteger la investigación hasta estar seguro.

Eso era una confesión más interesante que cualquier excusa.

—Y cuando apareció el blog —añadió— vi afirmaciones que me parecieron demasiado fuertes. Pensé que si daba todos mis documentos iban a terminar utilizados para reforzar una teoría que yo ya creía equivocada.

Nuria lo miró.

—Así que nos dabas partes.

—Sí.

—Y las partes nos hicieron equivocarnos más.

Cid asintió.

—Sí.

No intentó escapar de la contradicción.

Lucía observó la carpeta.

—¿Cuándo apareció Manuel?

—Después.

Varela había contactado a Cid a partir de una referencia enviada a Nuria.

Al principio sus conversaciones fueron hostiles.

No por cuestiones personales.

Por método.

Manuel todavía defendía algunos segmentos de la ruta paralela.

Cid sostenía que varios pertenecían a fases urbanas diferentes.

—Él pensaba que yo estaba usando la piedra para destruir un mapa que no había estudiado suficientemente.

—¿Y tenía razón?

Cid pensó.

—En parte.

Eso era importante.

—Yo conocía muy bien la pieza. Él conocía mejor el recorrido.

Exactamente lo que habían terminado descubriendo.

Cid mostró una serie de correos impresos.

No eran especialmente dramáticos.

Discutían linderos.

Fechas de obra.

Lecturas de inscripciones.

Nada parecido a dos hombres enfrentados por un secreto.

La tensión había nacido de cuestiones históricas concretas.

Uno decía:

«No podés usar la posición del bloque en el corral para reconstruir su orientación anterior.»

Otro respondía:

«Tampoco podés ignorar que la inscripción mira hacia el lado compatible con el paso.»

Lucía leyó.

Ambos tenían parte de razón.

La posición tardía no conservaba necesariamente la orientación original.

Pero las memorias de obra sí podían ayudar a reconstruirla.

Eso era lo que terminarían resolviendo mucho después.

Adrián preguntó:

—¿Cuándo dejaron de discutir?

Cid sonrió apenas.

—Nunca.

Nuria también sonrió.

Lucía entendió que no lo decía como algo negativo.

Las últimas conversaciones entre Cid y Manuel habían sido más productivas precisamente porque ninguno aceptaba una conclusión sin exigirle respaldo.

Cid sacó una libreta.

—La última vez que hablé con él fue dos días antes de que muriera.

Nuria quedó completamente quieta.

Ya conocían esa llamada.

Pero no su contenido completo.

—¿Qué te dijo? —preguntó.

Cid abrió una transcripción realizada después de la conversación.

No era una grabación.

Era su propia nota.

Por tanto, Lucía sabía que debía tratarla como recuerdo de Cid, no como cita verificable de Manuel.

Cid pareció entenderlo.

—Esto lo escribí yo después. No pretendo que sea un documento de Manuel.

Bien.

Leyó:

«La ruta paralela no existe como ruta estable. Estamos viendo estados distintos de la llegada colocados sobre un solo plano.»

Lucía sintió una confirmación enorme.

Eso coincidía con las notas independientes de Varela que ellos sí habían encontrado.

No dependía únicamente del recuerdo de Cid.

Nuria bajó la mirada.

—Entonces ya estaba seguro.

Cid negó.

—Manuel casi nunca estaba seguro de esa manera.

—Pero había abandonado nuestra teoría.

—Sí.

Eso parecía claro.

Varela no había renunciado a la existencia de variantes reales.

Había renunciado a interpretarlas como un itinerario alternativo continuo.

Esa diferencia debía mantenerse.

Cid pasó otra página.

—Después me dijo algo que entonces no entendí del todo.

Lucía esperó.

—Que la piedra no era la solución.

Adrián observó.

—¿Qué quería decir?

—Que si la encontrábamos antes de entender los cambios de la ciudad, íbamos a usarla para confirmar lo que cada uno ya creía.

Eso coincidía casi palabra por palabra con varias notas de Manuel.

El mapa debe explicar la piedra.

Lucía sintió que la figura de Varela empezaba finalmente a cerrarse.

No como poseedor de una revelación.

Como investigador que había aprendido de sus propios errores.

Cid continuó:

—Yo seguí buscando el bloque de todos modos.

Nuria lo miró.

—Hasta entrar donde no debías.

Cid asintió.

—Sí.

Ahí estaba la contradicción.

Cid entendía teóricamente la necesidad de contexto.

Pero su obsesión por cerrar la identificación material lo había llevado a actuar precisamente en contra de ese principio.

Eso lo hacía más humano.

También más responsable de lo ocurrido.