BLOQUE 2 #3
Por primera vez, podían encontrar algo que Varela no había llegado a ver.
—¿Qué cambia desde este nuevo alto?
Tomás abrió una reconstrucción de visibilidad.
—La cabecera sigue siendo compatible.
—¿Y Porta Alba?
—La bajada encaja mejor.
Eso era importante.
La ruta desde el nuevo sector probable del alto hacia Porta Alba requería menos ajustes.
No demostraba el camino exacto.
Pero aumentaba la coherencia entre fuentes.
Adrián observó.
—Entonces la posición antigua de la señal corrige también la vista.
—Indirectamente.
Todo dependía de devolver cada referencia a su lugar histórico.
Una pequeña corrección al comienzo cambiaba el resto del recorrido.
Lucía observó el mapa.
Eso explicaba por qué Varela insistía tanto en el punto de partida.
El error se propagaba.
—¿Hay alguna construcción actual en ese nuevo sector?
Tomás señaló.
Sí.
La ciudad moderna ocupaba el lugar.
No podían observar libremente toda la zona.
Pero parte correspondía a espacio público.
—No vamos ahora —dijo Lucía.
Adrián la miró sorprendido.
—¿Por qué?
—Porque primero quiero una fuente independiente para el alto.
No repetirían el error de convertir una convergencia cartográfica en descubrimiento físico.
Riveiro asintió.
—De acuerdo.
Lucía observó la franja.
—Necesitamos registros de quienes llegaban.
—¿Otra vez?
—Sí.
Si algún documento describía qué veían desde ese punto o cuánto tardaban desde la señal hasta el alto, podían contrastar el modelo.
Tomás sonrió.
—Manuel habría dicho lo mismo.
Lucía no respondió.
El trabajo ya no pertenecía únicamente a Varela.
Habían empezado a construir sobre él.
Cuando salieron del estudio, el cielo se había cubierto otra vez.
Adrián caminó en silencio durante varias calles.
Después dijo:
—Ahora sí estamos encontrando cosas que el anónimo no tiene.
—Eso parece.
El teléfono vibró.
Lucía se detuvo.
Número desconocido.
Abrió.
«Movieron el alto.»
Adrián dejó escapar una risa seca.
—No puede ser.
Lucía sintió algo distinto.
El mensaje no podía derivarse de las notas de Varela.
El cambio acababa de surgir de una fuente que, según Riveiro, él no conocía.
Escribió:
¿Cómo sabe eso?
Esta vez la respuesta llegó casi de inmediato:
«Porque Riveiro acaba de corregir su mapa.»
Lucía se quedó completamente quieta.
Adrián miró hacia atrás.
El estudio de Tomás quedaba a varias calles.
—Entonces está hablando con Riveiro.
—O ve su trabajo.
Lucía llamó inmediatamente a Tomás.
Respondió.
—¿Sí?
—¿Le dijiste a alguien lo que acabamos de encontrar?
—No.
—¿Mandaste el mapa?
—No.
—¿Está conectado a algún sistema compartido?
Silencio.
—Guardo copias en una carpeta sincronizada.
Lucía sintió que aparecía una explicación técnica y perfectamente racional.
—¿Quién tiene acceso?
—Solo yo.
—¿Seguro?
Tomás tardó.
—Manuel tenía acceso.
—¿Sigue activa su cuenta?
Silencio.
Eso era suficiente.
—Revisalo ahora.
—Lucía...
—Ahora.
Tomás se dirigió a su computadora.
Pasaron unos segundos.
—La carpeta compartida sigue vinculada a una cuenta de Manuel.
Lucía sintió que el misterio de los mensajes empezaba a perder parte de su aparente omnisciencia.
Si alguien tenía acceso a la cuenta o al dispositivo de Varela, podía ver cambios recientes en archivos compartidos.
No necesitaba estar siguiéndolos físicamente.
—Desconectá esa cuenta —dijo.
Tomás dudó.
—Hay material de Manuel ahí.
—Hacé una copia forense antes. No borres nada.
—De acuerdo.
Adrián observó.
—Entonces quien tiene el acceso puede ver los mapas.
—Sí.
Eso explicaba cómo el anónimo había sabido de una pista nueva.
No estaba dentro del archivo.
No los observaba desde una mesa cercana.
Podía estar entrando a recursos digitales que Varela había compartido con colaboradores.
La investigación contemporánea acababa de volverse más concreta.
Lucía escribió al remitente:
Está usando el acceso de Manuel a los archivos compartidos.
No hubo respuesta.
Esperó.
Nada.
Por primera vez, el silencio pareció diferente.
No un juego.
Una retirada.
Adrián observó.
—Lo encontraste.
—Encontramos una forma en que puede saber algunas cosas.
No necesariamente su identidad.
Pero sí un mecanismo.
Lucía guardó el teléfono.
—Tenemos que revisar todas las cuentas compartidas de Varela.
—Con autorización.
—Sí.
Eso podía revelar accesos posteriores a su muerte.
Fechas.
Dispositivos.
Quizá direcciones de conexión si los servicios conservaban registros.
No lo harían ellos sin permiso.
Pero podían informar a quien correspondiera.
El anónimo ya no era una presencia casi sobrenatural.
Era alguien utilizando infraestructura digital de un investigador muerto.
La explicación era más simple.
Y mucho más inquietante.
Porque significaba que no solo tenía fotografías antiguas.
Podía seguir entrando en espacios de trabajo que nadie había cerrado después de la muerte de Varela.
Lucía miró hacia la calle.
Los registros medievales habían empezado a mostrar cómo los peregrinos eran orientados cuando no conocían Santiago.
Ahora otra clase de registro podía ayudarlos.
No nombres de personas que llegaban hace siglos.
Registros de acceso.
Personas que, en el presente, seguían entrando donde ya no debían.