El silencio de Santiago (Los Secretos de España 4) BLOQUE 3 #3
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BLOQUE 3 #3

—¿Con qué grado de seguridad?

Rodrigo señaló una nota:

«Compatible. No demostrado.»

Lucía sonrió apenas.

—Seguía siendo él.

Adrián observó.

—Entonces la ruta tiene una lógica.

Lucía asintió.

Los peregrinos llegaban.

Algunos podían esperar a compañeros rezagados.

Si era necesario, alguien regresaba hacia el camino oriental para asistirlos.

Después continuaban hacia el Apóstol.

Eso no tenía nada de ritual secreto.

Era solidaridad organizada alrededor de la llegada.

Rodrigo miró el plano.

—Manuel decía que esa explicación era demasiado sencilla para gustarle a quienes buscaban algo extraordinario.

Lucía observó.

—¿Quiénes?

—No dio nombres.

—¿Otra vez la persona que quería llegar antes que él?

—Supongo.

Lucía lo miró.

Rodrigo corrigió.

—No lo sé.

Mejor.

Adrián preguntó:

—¿Qué teoría competía con la de Varela?

Rodrigo dudó.

—Había gente que interpretaba la señal como marcador de un acceso reservado.

—¿Reservado a quién?

—Peregrinos con determinados permisos. Autoridades. Personas vinculadas con instituciones concretas.

—¿Qué fuentes sostienen eso?

—Ninguna que yo haya visto de manera concluyente.

Lucía observó.

Ahí podía estar el conflicto.

Una piedra con inscripción hacia Lavacolla y el Apóstol podía presentarse como un marcador de una ruta especial.

Pero las fuentes que ellos habían encontrado explicaban una función mucho más ordinaria.

Organizar la llegada y el auxilio a rezagados.

La misma evidencia material podía ser interpretada de maneras opuestas si se ignoraban los registros administrativos.

—¿Quién defendía la ruta reservada? —preguntó Lucía.

Rodrigo tardó demasiado.

Adrián lo notó.

—Sabe quién.

Rodrigo miró hacia la ventana.

—Hay un investigador.

—Nombre.

—Álvaro Reigosa.

Lucía tomó nota.

—¿Historiador?

—Investigador independiente. Ha publicado sobre itinerarios medievales y tradiciones jacobeas.

—¿Conocía a Varela?

—Sí.

—¿Discutían?

—Mucho.

Lucía no convirtió eso en sospecha.

La rivalidad académica podía ser intensa sin producir ningún delito.

—¿Reigosa conocía la pieza sesenta y dos?

Rodrigo asintió.

—Sabía que existía.

—¿La había visto?

—Creo que no.

—¿Sabía de la inscripción?

—Manuel cometió el error de mencionársela.

Adrián observó.

—¿Cuándo?

—Una semana antes de morir.

Lucía sintió que otra línea contemporánea aparecía.

Reigosa podía ser la persona a la que Varela temía que llegara primero.

No era seguro.

—¿Qué hizo después?

—Empezó a preguntar por la colección Mosquera.

—¿Entró?

—No lo sé.

Eso tendrían que averiguarlo.

Lucía pidió el contacto.

Rodrigo se lo dio.

Antes de marcharse, mostró una última hoja.

—Esto llegó a mi correo dos días después de la muerte de Manuel.

Lucía se quedó quieta.

—¿De quién?

—Una dirección que no reconocí.

El mensaje no tenía texto.

Solo una imagen.

Rodrigo la abrió.

Era una fotografía del mismo muro de San Paio.

Pero había sido tomada mucho más cerca.

En la base aparecía una marca señalada con un círculo digital.

Debajo de la imagen figuraba:

«Aquí no termina.»

Lucía miró a Adrián.

Era el mismo estilo de los mensajes que estaban recibiendo.

—¿Conserva el correo original?

—Sí.

Eso podía permitir algún análisis técnico, aunque no necesariamente identificar al remitente.

—¿Respondió?

—No.

—¿Por qué no lo contó antes?

—Porque pensé que era alguien continuando la obsesión de Manuel.

Lucía observó la frase.

Aquí no termina.

El remitente conocía la corrección del trazado.

Sabía que San Paio era solo un tramo.

Y dos días después de la muerte de Varela ya estaba enviando indicaciones.

Eso significaba que la campaña de mensajes no había comenzado con ellos.

Había empezado antes.

—¿Alguien más recibió cosas parecidas? —preguntó Lucía.

Rodrigo negó.

—No que yo sepa.

Lucía guardó una copia de los datos básicos del mensaje con autorización.

Después salieron.

Adrián esperó hasta estar en la calle.

—Entonces tenemos a Reigosa.

—Tenemos un investigador que conocía la pieza.

—Y quería una interpretación distinta.

—Eso dice Rodrigo.

—Y preguntó por los Mosquera.

—También según Rodrigo.

Adrián respiró.

—No me vas a dejar sospechar de nadie nunca.

—Podés sospechar todo lo que quieras. Lo que no podés es convertirlo en hecho.

Caminaron unos metros.

La lluvia todavía no había comenzado aquel día.

Lucía observó el cielo.

Necesitaban hablar con Reigosa.

Pero había algo más urgente.

Varela había escrito:

«Encontré el nombre anterior.»

Si recuperaban ese nombre, podían ubicar el punto de llegada correcto sin depender de la piedra desaparecida.

Y entonces las cuarenta y dos varas dejarían de ser solo una cifra.

Podrían devolverlas al camino para el que habían sido medidas.

Lucía miró hacia el centro histórico.

La señal había desaparecido.

Su posición había cambiado antes de desaparecer.

El nombre del lugar también había cambiado.

Cada transformación había borrado una parte de la lectura original.

Pero ninguna la había destruido por completo.

Las piezas seguían existiendo en documentos separados.

Solo necesitaban volver a encontrarse.

Y Varela, pocas horas antes de morir, parecía haber conseguido exactamente eso.