Capítulo 20 · Iván habla
La residencia Los Naranjos olía distinto cuando ya sabía que la policía iba a volver.
No olía menos a lejía. No olía menos a caldo ni a pañales limpios ni a crema de manos.
Pero el edificio había cambiado el modo de hacer ruido.
Las auxiliares caminaban más juntas. Las puertas se cerraban con más cuidado.
En recepción, Marisol Torres tenía el uniforme bien planchado y la cara de quien había pasado la noche pensando en una sola frase.
No preguntó por Rafael.
Tampoco por Iván.
Miró a Sergio, luego a Gálvez, luego a Inés. A Nora la vio al final. Fue una mirada breve y rápida. De esas que se apartan para no quedarse pegadas.
—Está arriba —dijo—. No ha querido desayunar. Solo café.
—¿Quién está con él? —preguntó Sergio.
—Un vigilante del centro en el pasillo. Y una auxiliar de mañana. No han entrado.
—Bien.
Gálvez dejó la carpeta sobre el mostrador.
—Entrevista de preservación de testigo. No interrogatorio. No traslado. No prensa. No comentarios en pasillo.
En el descansillo, antes de seguir, Gálvez repartió la pauta en voz baja: relato libre, advertencia de fiabilidad y nada de nombres cerrados hasta que Iván los trajera por sí mismo.
El director de Los Naranjos apareció desde el despacho con dos botones mal abrochados en la bata. Había aprendido, en pocos días, a no adelantarse a Nora. Aquella mañana tampoco se adelantó a Gálvez.
—Por supuesto.
—Y la habitación 207 no se toca —añadió Sergio.
El director parpadeó.
—¿Perdón?
—La habitación 207 queda congelada. Sin cambio, sin reorganización, sin mejora, sin cama nueva, sin baño más cómodo y sin palabra bonita para un traslado.
El director miró a Gálvez.
—Había una propuesta interna. Por seguridad. El señor Lobato está lejos de enfermería.
—La propuesta queda donde estaba —dijo Gálvez—. En papel. Y el papel me lo va a dar ahora.
El director se detuvo. Después asintió. A veces la obediencia tardaba menos cuando venía de una carpeta oficial.
Subieron por la escalera.
Nora iba detrás.
También eso venía decidido.
Gálvez se lo había dicho en el coche antes de bajar.
—Aranda pregunta. Inés levanta acta. Robles graba. Yo corto si algo se tuerce. Tú escuchas.
—Sé escuchar.
—Lo sé. Por eso vienes.
Generosidad, no. Cálculo. Gálvez había firmado una delimitación de funciones y no pensaba regalarle a Aranguren una foto de Nora dirigiendo a un testigo vulnerable en una residencia intervenida por miedo.
Robles caminaba un paso por delante con una grabadora digital. Inés llevaba el acta ya encabezada. Sergio no llevaba cuaderno. Llevaba la placa en el bolsillo interior.
En la segunda planta, el pasillo tenía la misma luz amarilla de la primera mañana. La habitación 209 seguía cerrada. En la puerta había un precinto y una hoja con firma judicial. La 207 estaba al lado, con una silla fuera y un vigilante demasiado grande para una silla tan pequeña.
El vigilante se levantó.
—No ha salido nadie.
—Gracias —dijo Sergio.
Antes de llamar, Gálvez volvió la cabeza hacia Nora.
No dijo nada.
No hacía falta.
Sergio llamó una vez.
Desde dentro, Iván Lobato dijo:
—Si van a entrar, dejen la placa en la mesa cuando crucen la puerta.
Gálvez levantó una ceja.
Sergio abrió la puerta.
—Buenos días, Iván.
—Buenos días, inspector Aranda. No cierre del todo. Las puertas cerradas hacen que la gente hable más bajo.
—La dejamos entornada.
Entraron.
La habitación 207 estaba igual que la primera vez. La cama hecha con demasiada precisión. La radio pequeña en la mesilla. El vaso de agua. El reloj con números en relieve. La ventana mal cerrada en la esquina superior. La silla de Nora ya no estaba donde había estado. Alguien la había retirado.
Mejor.
Iván estaba sentado en la butaca. Sin gafas oscuras. Con los ojos claros abiertos hacia ningún sitio. Las manos sobre los muslos.
Sergio sacó la placa y la dejó sobre la mesa auxiliar. El metal sonó poco.
Gálvez hizo lo mismo.
El segundo golpe fue más grave.
Iván inclinó la cabeza.
—Una pesa más.
—La mía —dijo Gálvez.
—Entonces usted manda.
—Hoy mando que hable sin que nadie le empuje.
Inés preparó el acta. Robles dejó la grabadora sobre una bandeja limpia y dijo la fecha, la hora y los nombres de los presentes. Cuando nombró a Nora, añadió:
—Presente como apoyo de memoria operativa. Sin dirección de la entrevista.
Iván sonrió apenas.
—Eso también suena a papel.
—Es papel —dijo Gálvez—. Pero hoy protege.
Sergio se sentó en la silla más cercana a la puerta. Gálvez quedó de pie, junto al armario. Nora se apoyó en la pared, a la altura de la ventana. Desde allí podía ver las manos de Iván y la cara de Sergio. Nada más.
Suficiente.
Gálvez había ordenado una pauta sencilla: primero relato libre, después contraste de lo ya declarado, ningún nombre nuevo si Iván no lo traía. Sergio la tenía escrita en una hoja sin membrete.
—Iván —dijo Sergio—. Antes de volver a la noche de Rafael, necesito que hable de trabajos antiguos. Agosto de 1998. Centros, talleres externos, cualquier servicio que recuerde. Dígame lo primero que le venga sin que yo le dé nombres.
Iván no movió las manos.
—San Bernardo.
Sergio esperó dos segundos.
—¿Lo ha dicho por recuerdo propio?
—Sí.
—Díganos qué era San Bernardo para usted.
—Un centro. Menores. Pasillos con eco. Un piano vertical en una sala que no estaba hecha para música.
—¿Durante cuánto tiempo estuvo allí?
—Una semana. Quizá menos. Los días, cuando uno no ve el calendario, dependen de quién abre la puerta.
—¿Quién le llevó?
—Una fundación. No recuerdo el nombre limpio. Tenía una palabra administrativa. No la deje como segura.
Nora registró la cautela, no la palabra.
—Sin nombres sobre la mesa —dijo Sergio—. ¿Qué personas recuerda de esa semana?
—Una voz de hombre que sabía pedir sin pedir. Una mujer que corregía nombres en una lista. Y otra que no levantaba la voz nunca, pero conseguía que los niños bajaran la suya.
—¿Algún apellido que pueda sostener solo?
Iván tardó.
—Montoro. O algo muy cerca. Lo he oído alrededor. No lo pongo en San Bernardo sin ayuda.
Inés no levantó la vista del acta. Robles comprobó que la luz roja de la grabadora seguía fija.
Sergio esperó.
—¿Qué hacía usted allí?
—Lo que decía el contrato. Afinar un piano vertical viejo. Y escuchar ejercicios.
—¿Qué ejercicios?
—Palmas. Campana. Llave. Puerta. Una cosa sonaba y alguien respondía. Si el adulto no quedaba conforme, repetían. Yo estaba con el piano. No con los niños.
Gálvez buscó a Sergio con la vista.
Nora no se movió.
Sergio mantuvo la voz en el mismo sitio.
Sergio no abrió la declaración anterior. No la leyó en voz alta. Miró a Gálvez antes de seguir.
—Ahora volvemos a esa noche —dijo—. No quiero que repita lo que ya consta. Quiero que separe.
—Ya estamos en Los Naranjos.
—A esa noche.
—Sí.
—Diga primero lo que puede sostener sin ayuda.
Iván puso las manos boca arriba sobre los muslos. No como quien se entrega. Como quien deja una herramienta en la mesa.
—Dos golpes bajos. Rafael diciendo adelante. La otra voz diciendo buenas noches. Conversación baja. Rafael diciendo «yo no hice nada». Un roce de tela. La cama cediendo poco. La respiración cambiando. Después, el hueco.
La habitación quedó quieta.
Inés escribió. No adornó nada.
—El objeto del armario —dijo Sergio.
—Golpe de madera hueca. Metal en el marco al salir. Eso oí. La palabra paraguas vino después.
—¿Después de quién?
—Del pasillo. De Marisol. De ustedes. De todos los que necesitaban una forma para el sonido.
—Lo visual que declaró.
Iván bajó las manos un centímetro.
—Ajeno: bufanda, abrigo oscuro, borde claro, mano en el marco.
—¿Quién le dio esas palabras?
Iván volvió la cara hacia la mesa donde estaban las placas.
—Un hombre sin placa.
—¿Nombre?
—No limpio.
—¿Voz?
—Limpia.
—Eso ya lo dijo.
—Porque sigue siendo lo que tengo.
Gálvez cruzó los brazos.
—Iván, si alguien le presionó, necesitamos saber cómo.
—No me presionó de la forma en que ustedes pueden escribir.
—Cuéntelo con sus palabras.
Iván buscó el vaso. Lo encontró. Bebió un sorbo pequeño y lo dejó donde estaba.
—La dirección hablaba de moverme cerca de enfermería. A otra habitación. Otro pasillo. Otro baño. Otro timbre. Para ustedes eso es mejora. Para mí es perder una ciudad.
Sergio no interrumpió.
—El hombre no vino esa noche a prepararme.
Había venido antes. Semanas, quizá. Cuando empezó lo del traslado.
Me dijo que la 207 todavía podía mantenerse si yo no daba problemas.
No dijo cuáles. No dijo: haga esto y se queda.
No dijo: si no, se va. La gente como él no necesita decir las cosas enteras. Sabe dejar que uno las termine.
—¿Quién más habló de ese traslado?
—La dirección. No sé si alguien sabía qué estaba haciendo él.
—¿Alguien del personal?
Iván levantó la cabeza un centímetro.
—Marisol no. Marisol me pone el vaso donde debe. Eso no es delito.
Gálvez hizo una marca mínima con el dedo sobre la carpeta. Inés lo vio. Siguió escribiendo.
—La llamada a Marisol —dijo Sergio—. Necesito que sea suya o ajena.
—Mía.
—La hora también.
—Sí.
—¿Por qué a las cinco y cincuenta y ocho?
—Porque a las cuatro todavía podía mentirme. A las cinco también. A las cinco y cincuenta y ocho ya no encontré dónde poner la mentira.
A Nora se le fue la vista hacia el suelo. La contuvo. Las manos de Iván seguían boca arriba.
Sergio bajó la voz solo un grado.
—Rafael murió porque alguien entró en su habitación.
Iván no contestó.
—Usted no mató a Rafael.
—Pero esperé.
—Sí.
Gálvez no corrigió a Sergio. Nadie lo hizo. Había frases que debían quedar como estaban.
Iván cerró los dedos.
—El inspector Vidal me dijo una vez que no diera nada sin placa.
La habitación cambió de peso.
Nora sostuvo la pared con la espalda. No con las manos.
—Me lo dijo después de lo de la niña —continuó Iván—. Yo no le hice caso. Años después abrí la puerta a una voz que no traía metal. Esa fue mi parte.
Sergio dejó que pasaran cuatro segundos.
—¿Ese hombre volvió ahora por usted?
—Volvió por algo que yo todavía hacía mal.
—¿Qué?
—Confundir orden con verdad.
Robles comprobó la luz roja de la grabadora. Nadie llenó el silencio.
—Hay otra cosa —dijo Iván.
Sergio no se movió.
—Dígala.
—No la dije la primera vez porque no estaba limpia. No sé si la oí entera o si la pared me la dio rota. No quiero vestirla mejor de lo que llegó.
—Diga lo que llegó.
Iván orientó la cara hacia la pared que separaba la 207 de la 209.
—Entonces.
Inés dejó de escribir.
—¿Solo esa palabra? —preguntó Sergio.
—La palabra limpia, sí.
—¿Quién la dijo?
—Rafael.
—¿En qué frase?
Iván apretó los labios. Tardó seis segundos.
—Algo como: «Aquí ya no queda nadie de entonces». O «ya no queda nadie de entonces». No puedo darle más limpio que eso.
Sergio levantó la vista hacia Gálvez. No hacia Nora.
San Bernardo se movió en la cabeza de Nora. También Vallecas. También la lista incompleta.
Nada cerró. Todavía.
Gálvez recibió la vista de Sergio.
—Consta como literal parcial —dijo Gálvez—. Con advertencia de fiabilidad.
Inés volvió al papel.
—Consta.
Iván respiró por la nariz. Una vez. Casi sin ruido.
—Ya está —dijo.
—No —respondió Sergio—. Ahora empieza lo limpio.
Gálvez cerró la carpeta.
—Protección de testigo. Habitación congelada. Revisión de visitas de las últimas seis semanas. Y el traslado interno, si existe en papel, en mi mesa antes de que yo baje la escalera.
Iván giró la cara hacia Nora por primera vez desde que habían entrado.
No la miró.
La encontró.
—Inspectora Vidal.
Gálvez levantó un dedo.
Sergio esperó.
—Puede contestar —dijo Gálvez—. No preguntar.
Nora no se separó de la pared.
—Sí.
—Su padre escuchaba antes de escribir.
—Haga eso conmigo.
—Le están escuchando.
Gálvez abrió la puerta.
El pasillo entró con ruedas de carro, voces bajas y olor a desayuno tarde. La residencia seguía funcionando porque las residencias no sabían detenerse del todo.
Nora salió la última.
En la puerta de la 209, el precinto seguía intacto. El papel judicial se movió un poco con el aire del pasillo. Una esquina se levantó y volvió a pegarse a la madera.
Sergio caminó a su lado hasta el descansillo.
—Entonces —dijo.
Nora bajó un escalón.
La palabra ya no cerraba nada.
Abría.