El sello de los diez Chapter 41
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Chapter 41

Los días posteriores a la entrega del registro tenían el aire viciado de las convalecencias.

Marco Foscari se sentaba ante su escritorio en la Cancillería Secreta, con el código de los Diez a sus espaldas y una ventana abierta al patio interno del Palacio Ducal.

Veintitrés patricios habían sido arrestados en apenas cuatro horas; otros tres se habían entregado voluntariamente.

El senador Alvise Contarini, el padre de Isabetta, había elegido negociar su ruina enviando una confesión completa a cambio de una pena reducida.

Marco había leído aquella confesión tres veces.

El nombre de Isabetta no aparecía por ninguna parte, eliminado con la misma precisión con la que se arranca una página de un libro.

Su tarea ahora era redactar el informe oficial para los Inquisidores, reconstruyendo la cadena de la conspiración desde el oro de Viena hasta los astilleros del Arsenal.

Fue entonces, mientras repasaba la sección financiera de la Sociedad del León Spezzato , cuando se detuvo.

Las cuentas no cuadraban .

No era un error burdo, sino un desfase de «milímetros contables»: el peso total del oro procesado aquel verano era superior en cuatrocientos cincuenta ducados a lo registrado en las salidas hacia el Senado.

Cuatrocientos cincuenta ducados habían entrado en el sistema y se habían evaporado sin dejar rastro certificado.

Marco bajó de inmediato hacia el sestiere de San Polo para ver a Giambattista Moro , el contable de la Ragion Vecchia, un hombre con los dedos permanentemente manchados de tinta y treinta años de experiencia detectando errores ajenos.

—Cuatrocientos cincuenta ducados —repitió Moro tras cotejar los registros independientes—. Es exacto. Yo mismo lo anoté como una discrepancia para verificar en septiembre, pero septiembre fue... agitado.

—¿De dónde viene ese oro? —preguntó Marco.

Moro abrió un cuaderno de verificación. —Del proveedor externo de lingotes: un tal Giovanni Battista Zorzi , proto-ingeniero del Arsenal.

O al menos así figuraba, porque Zorzi desapareció de las nóminas en junio sin dejar rastro.

Los ducados producidos con su oro no están en el Tesoro ni en ningún inventario.

Los custodios de la Ceca juran no haberlos visto nunca.

Marco sintió esa frialdad característica de cuando la mente resuelve un enigma antes de que las palabras lo formulen.

— Autenticación —dijo Marco en un susurro—. ¿Qué tipo de marca llevan esos ducados?

Moro sacó de su cajón un paño de lana y puso sobre la mesa un ducado de oro.

Bajo la luz de la ventana, el perfil del Dogo y el león alado parecían auténticos, pero el sello de validación del Consejo de los Diez era distinto.

Era más profundo. Más nítido. Como si hubiera sido impreso con una matriz de calidad superior a las oficiales de la Ceca.

Marco comprendió entonces el alcance del sabotaje.

Gradenigo y Contarini habían tenido acceso al registro original durante tres días antes de entregárselo a Isabetta.

En ese tiempo, habían arrancado las páginas que explicaban la existencia de esos cuatrocientos cincuenta ducados acuñados con un sello falso.

Marco se levantó y se ajustó el manto. Gradenigo había huido, pero las pruebas del fraude no podían desaparecer tan fácilmente. Tenía otra carta que escribir, pero esta vez no era para los Inquisidores, sino para un hombre que, sin saberlo, estaba a pocos pasos de la libertad.