Chapter 39
Venecia, Pasado y Presente
En menos de una hora, los Inquisidores de Estado ordenaron el arresto de veinte patricios.
Las góndolas negras de los Diez se deslizaron por los canales en la noche, discretas y silenciosas, mientras en los palacios de San Polo, Dorsoduro y Cannaregio se abrían puertas que no volverían a abrirse en años.
Alvise Contarini fue arrestado en su palacio en San Tomà a las tres de la mañana; Isabetta no estaba en casa, pues lo había previsto todo con antelación.
Marco e Isabetta se encontraron en el Molo al amanecer, demasiado cansados para las palabras.
Un correo partió hacia París con una bolsa de ducados auténticos y una nota para Giacomo Casanova : «La Ceca está a salvo.
Venecia te debe su libertad» . Sin embargo, Marco conservaba una inquietud: al entregar el registro, había notado un peso y una consistencia diferentes en la sección de la Ceca, una imperfección invisible que decidió no mencionar, pero que no olvidaría.
Hoy. La segunda inspección en San Giorgio in Alga duró cuatro horas.
Matteo pasó el georradar metro a metro por el presbiterio mientras Valeria redactaba el acta y Elena fotografiaba cada señal.
La anomalía en el rincón noreste era inequívoca: una cavidad de unos treinta centímetros a cuarenta de profundidad, con una firma metálica en el fondo.
Matteo forzó el suelo con la palanca mientras Valeria activaba el protocolo de tutela de urgencia.
El hueco estaba revestido de plomo y, en su interior, envuelto en piel encerada, hallaron el registro .
Elena firmó el acta de entrega a la Marciana esa misma noche, con las manos temblando por la adrenalina acumulada.
Aunque los abogados de Vance presentaron una solicitud de acceso urgente para verificar el hallazgo, esta fue rechazada preliminarmente mientras se realizaba la catalogación.
Era una victoria parcial; la audiencia del TAR se pospuso treinta días, pero Vance tenía recursos para esperar.
Tres semanas después, Elena regresó al laboratorio para leer el registro con calma, bajo la luz adecuada.
En la laguna, el sol naciente sobre San Giorgio Maggiore iluminaba las piedras mojadas de una ciudad cuyos cimientos, protegidos por la alianza entre la historia y la tecnología, parecían finalmente a salvo del tiempo y de los hombres .