El sello de los diez Chapter 16
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Chapter 16

La tía de Isabetta —hermana menor de su madre, viuda de un comerciante de especias y residente en Cannaregio desde hacía treinta años— abrió la puerta sin hacer preguntas.

Era el tipo de mujer que había vivido lo suficiente como para saber que las preguntas de noche traen respuestas que es mejor oír por la mañana.

Le preparó la habitación de invitados, puso chocolate caliente al fuego y regresó a la cama.

Isabetta no durmió. Permaneció sentada en la silla junto a la ventana que daba al río, con el chocolate enfriándose y la mente trabajando en lo que había hecho y en lo que ya no podía deshacer.

Los seis folios copiados estaban en manos de Marco; el registro de citas estaba en manos de Marco; la lista de nombres estaba en manos de Marco.

Ninguno de esos documentos era suficiente por sí solo, pero todos juntos darían a los Inquisidores material para emitir veinte órdenes de arresto en una hora.

La parte que la mantenía despierta no era el peligro, sino el pensamiento sobre su padre.

Contarini era un hombre que había elegido traicionar a la República por razones que ella comprendía: poder, supervivencia económica y la convicción de que Venecia ya estaba acabada.

No era un estúpido, sino alguien que había mirado al futuro y elegido el bando equivocado.

Isabetta había mirado al mismo futuro y había elegido de forma distinta.

Había decidido que el nombre de una ciudad valía más que el de una familia .

Hacia las cuatro de la mañana oyó las campanas de San Giovanni e Paolo dar la hora.

En algún lugar de la ciudad, los esbirros de los Inquisidores estarían llamando a puertas que no volverían a abrirse.

Isabetta se bebió el chocolate frío de tres tragos y esperó al alba.