Capítulo 44 — Voces en la Sala
El juicio se prolongó durante casi dos semanas, con sesiones que Elena no se perdió ni una sola vez, sentada siempre en la primera fila junto a Marcos y, en los días finales, junto a su padre, que había viajado desde Madrid al enterarse de que por fin habría respuestas sobre la muerte de Isabel.
El fiscal, un hombre metódico de Faro llamado Dr. Ribeiro, desgranó durante días el entramado financiero descubierto en la caja de caudales: catorce sociedades registradas en Madeira y en las Islas Vírgenes Británicas, todas ellas vinculadas, a través de una compleja red de testaferros, a Manuel Coelho.
Peritos forenses financieros explicaron ante el tribunal cómo el dinero del contrabando se había ido "limpiando" a lo largo de décadas mediante inversiones inmobiliarias, entre ellas varios terrenos que después se habían revalorizado gracias a decisiones urbanísticas tomadas por el propio Manuel desde su posición de alcalde.
El testimonio más esperado, sin embargo, fue el de Marcos.
Vestido con un traje sencillo que Elena nunca antes le había visto, subió al estrado con las manos visiblemente temblorosas y relató, sin omitir ni un detalle doloroso, lo que había presenciado aquella noche de niebla veinte años atrás: la discusión entre Isabel y Manuel en el acantilado, el empujón fatal, las amenazas posteriores que lo habían silenciado durante dos décadas.
—¿Por qué habla ahora, después de tantos años? —preguntó el abogado defensor de Manuel, en un intento por desacreditar su credibilidad.
—Porque durante veinte años tuve demasiado miedo para hacer lo correcto —respondió Marcos, con la voz quebrada pero firme, mirando directamente al jurado—.
Y porque conocer a Elena me hizo entender que proteger mi silencio ya no era proteger a nadie.
Era simplemente perpetuar la misma injusticia que mató a su madre.
Tio Aurélio, el viejo pescador, también testificó, corroborando desde el estrado, con la misma voz cascada con la que se lo había contado a Elena en el puerto, las dos siluetas que había visto aquella noche en el acantilado.
Su testimonio, el de un hombre sin ningún interés personal en el resultado del juicio más allá de aliviar su propia conciencia, resultó decisivo a ojos de muchos observadores.
El propio Manuel Coelho, llamado a declarar, mantuvo durante casi toda su intervención una negativa fría y calculada, hasta que el fiscal presentó, una a una, las fotografías encontradas en la cueva, mostrándolo claramente supervisando los desembarcos ilegales décadas atrás.
Ante la evidencia irrefutable, su discurso se desmoronó en fragmentos de justificaciones contradictorias que solo terminaron de hundir su defensa.
Elena, escuchando cada palabra desde la primera fila, sintió que veinte años de preguntas sin respuesta se iban cerrando, una a una, ante sus propios ojos.
No sintió la euforia que había imaginado en sus momentos de rabia más profunda.
Sintió, en cambio, un alivio tranquilo y agotado, el de quien por fin puede dejar de cargar un peso que no le correspondía llevar sola.
Su padre, sentado a su lado el día de la sentencia, le tomó la mano con fuerza cuando el juez pronunció el veredicto de culpabilidad.
—Isabel estaría orgullosa de ti —le susurró, con los ojos anegados en lágrimas que llevaba veinte años conteniendo—. Y Carmen también. Aunque nunca supiera decírtelo bien en vida, sé que lo estaría.