Capítulo 20
No me molesta que la abeja reina se haya marchado. Creyendo que podría disfrutar de un momento de calma, me dirijo a la biblioteca. ¿Y si me sumergiera en el estudio del Papiro de Hunefer? Quizás con un poco de paz pueda descubrir el secreto de la caja.
Apenas me había acomodado en un sillón cuando volvió a sonar el timbre. Como estaba sola, no dudé en soltar una buena retahíla de palabrotas antes de levantarme e ir al vestíbulo. Abrí la puerta de golpe.
—¿Quién es esta vez?
Me detengo a mitad de frase al ver a Anne Drésin en el umbral. Vestida con un traje azul marino, con el cabello rubio recogido en una coleta, me mira con los ojos muy abiertos, como si tuviera una verruga en la nariz.
—Perdona, Anne, pensé que era esa horrible de Angadrem Le Roy... No le caigo bien... Y es mutuo —suelto atropelladamente antes de contenerme y moderar mis palabras—. No es que tenga nada en contra de ella, es solo que...
—Es insoportable, eso lo sabe todo el mundo.
Pero su familia ha hecho generosas donaciones para reconstruir las casas del paseo marítimo tras el huracán del 87.
Su padre participa activamente en el proyecto de reconstrucción del faro.
Además, este mes abre su salón de té en Foisic.
A partir de ahora, tendremos que aguantarla.
O más bien prescindir de ella, porque seguro que nunca me votará en las próximas elecciones.
—¿Quieres pasar a tomar un café?
—No puedo. Esta tarde tengo una reunión con un inspector de la Seguridad Social.
Viene a echarme la bronca. Por lo visto, algunos de mis electores se aprovechan del aislamiento del pueblo para no pagar sus cotizaciones.
.. Quiere revisar los anuncios clasificados del periódico local para pillar a los vendedores ambulantes.
—¿Necesita venir hasta aquí para eso? —me pregunto.
—¡Sí! «Ar Gazetenn» solo se distribuye en Foisic.
Christine Morvan, la jefa de correos, es la redactora jefa.
Se negó a publicarlo en internet, y como insiste en que muchos artículos estén escritos en bretón, le deseo mucha suerte a nuestro inspector.
Pero bueno, a lo que iba: he venido a traerte el MC113.
—¿El MC113?
Abro los ojos de par en par, intentando recordar dónde y cuándo he oído ese término.
—Sí, para poner la denuncia en la policía. Ya sabes, lo del hilo en la escalera. Paul Jégou, nuestro sargento jefe, no abrirá una investigación sin este formulario.
Saca un formulario amarillo y azul del bolso y me lo entrega. Lo miro: está plagado de casillas en blanco. ¡Menuda forma de perder una hora!
—¿De verdad es necesario? —protesto, nada convencida—. Tenía entendido que estaba de vacaciones.
—Exacto, Paul vuelve pronto. Pondré tu MC113 encima del montón. Se ocupará de tu caso en primer lugar.
¡Qué tranquilizador! Pero entonces pienso: ¿y si me asesinan antes de que pueda rellenar este maldito formulario?
Cuando Anne se marcha, me dirijo a la cocina.
Lo que iba a ser un vistazo rápido a través de la puerta del patio se convierte en una larga contemplación.
¡La vista basta para captar la atención de cualquiera, especialmente la de una mujer!
Con las mangas remangadas hasta los codos y el ceño fruncido por el esfuerzo, Alban se afana en arrancar un arbusto muerto.
Cada golpe de pico me provoca escalofríos.
¡Menudo hombre! Vuelve la cabeza hacia mí y me pilla con la nariz pegada al cristal. Doy un salto hacia atrás, y la radiante sonrisa que me dedica me ilumina por dentro. Entiendo por qué la abeja reina está loca por él. No es que yo lo esté, claro.
Por suerte, el timbre me salva de seguir con la introspección.
¡Dios mío, hoy esto parece la estación de Atocha!
Me apresuro a abrir, esta vez sin agresividad.
Los saludos habituales mueren en mi garganta cuando veo a Rimbaud cubierto de barro.
Deja caer una piedra llena de babas a mis pies y ladra con los ojos brillantes de esperanza.
—Nos libramos de la señorita Le Roy —me dice Corentin sin aliento, tan pringado como mi perro.
De los dos sale un olor nauseabundo.
—¡Guau!
Rimbaud se retuerce y me da con la pata.
—¡Quieto! —lo regaño.
—Es que tuvimos que andar por los acantilados —continúa Corentin—. Nos caímos en un charco de algas viscosas. La señorita Le Roy estaba furiosa. Se le rompieron las medias y se manchó la falda.
—¡Oh, pobrecita! —exclamo, sin poder reprimir una sonrisa de satisfacción.
—Gritó mucho. Rimbaud y yo tuvimos que salir corriendo para escapar de ella. Luego le enseñé a Rimbaud a hacer rebotar piedras en el agua. Ahora se le da muy bien traer guijarros, ¿a que sí, Rimbaud?
Mi perro empuja la piedra hacia mí con el hocico y ladra emocionado. Corentin la recoge y la lanza al jardín. En un instante, Rimbaud sale disparado tras ella.
—Es fuerte, ¿eh? —se maravilla el niño cuando mi perro vuelve a dejar el trofeo a sus pies.
—¡Muy fuerte! Pero ahora vosotros dos tenéis que lavaros.