El secreto del Cabo 1 — CABO DE GATA. 14 de abril de 2025
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El secreto del Cabo

El secreto del Cabo

Por Oscar Montero

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1 — CABO DE GATA. 14 de abril de 2025

Día de la muerte de Pablo Soto .

El teléfono sonó dos veces en el frío despacho de Madrid. Antes del tercer tono, él contestó:

—¿Novedades?

—Lo sabe todo, incluido lo nuestro. Le estamos siguiendo.

—Tenéis luz verde. Que parezca un accidente.

Pablo Soto conocía aquella carretera como si fuera una cicatriz propia.

El asfalto estrecho, las curvas afiladas, toda la belleza del Cabo de Gata ante él. Era su refugio. Su rutina. Su manera de pensar sin que nadie le molestara.

Acarició el manillar de la moto y aceleró. La noche había caído demasiado rápido, teñida de un azul casi negro. En la radio del casco sonaba una canción suave que no llegó a terminar.

En el retrovisor aparecieron un par de luces, lejanas al principio. No le dio importancia. A esas horas siempre había algún turista perdido volviendo hacia San José.

Las luces crecieron. Se acercaron demasiado deprisa. Demasiado rectas.

Era un Mercedes gris, silencioso. Pablo redujo ligeramente para dejarlo pasar. El coche redujo también.

Frunció el ceño.

Aceleró.

El Mercedes gris respondió.

—Venga ya… —murmuró, sintiendo el primer pinchazo de inquietud.

La carretera se estrechó al empezar el ascenso hacia el Mirador de la Amatista. Un tramo sin arcén, sin margen para tonterías. Pablo mantuvo la trazada. El coche volvió a pegarse; estaba a menos de un metro de su rueda trasera, sin llegar a tocarlo.

No hizo falta.

Las luces largas se encendieron de golpe, bañándolo todo en blanco.

La visibilidad se volvió niebla. La moto se movió bajo él como si peleara por escapar del resplandor.

Pablo levantó una mano para pedir distancia.

Nada.

El Mercedes gris seguía ahí, respirando en su nuca.

Pasó el Mirador de la Amatista y una curva apareció como una boca negra. Una curva cerrada, traicionera incluso de día.

Pablo apretó los frenos. Una maniobra normal. Controlada.

Pero las luces del Mercedes volvieron a encenderse justo detrás; cegándolo en el momento exacto en que necesitaba ver el punto de entrada a la curva.

Un instante.

Una duda.

Un error mínimo.

La rueda delantera pisó grava. La moto se inclinó más de lo debido. Pablo intentó corregirla, pero era demasiado tarde, ya estaba todo perdido.

Por instinto, por puro pánico, tiró del manillar hacia fuera para no comerse el guardarraíl de frente.

Y entonces ocurrió.

Pablo salió disparado. El acantilado lo engulló antes de que pudiera gritar.

Durante la caída, Pablo alcanzó a ver el coche detenerse unos metros más adelante. Sin moverse. Sin apagar el motor.

El viento silbó en sus oídos.

El suelo se abrió como un pozo.

Y luego, oscuridad .